Nos acecha en cada rincón, desde Bolivia hasta los Estados Unidos. Pero está en todas partes de América Latina, y se ve siempre en la forma en la que tratamos a los inmigrantes nicaragüenses o haitianos en Chepe, en la forma como mantuvimos a nuestra población Afrocaribeña aislada a la fuerza hace medio siglo, o sencillamente cuando hace 17 años finalmente le dimos la ciudadanía a los indígenas ticos.

Está siempre intentando de ahogar nuestra sociedad para que nos mantengamos divididos, o sea, más fácil de reprimir.
White Privilege in the Americas
by Aisha Brown, Dedrick Muhammad.
April 22, 2009
Even though white privilege and racist socioeconomic orders in Latin America are different than those found in the United States, the deconstruction of the racial divide is something needed throughout the hemisphere.
“Usted quien es … Gánese el baloto para que se cambie el color.”
“Who do you think you are?…Go win the lottery and change your color,” a metro policeman whispered to Afro-Colombian leader Carlos Rosero, founding member of the Black Community Process (PCN). Rather than just being an isolated incident of racism in Latin America, this incident gives us a mirror, an insight as to how white privilege prevails in Latin America.
Latin America has a long history of white privilege and white supremecy: U.S. implementation of Jim Crow in the Panama Canal, brutal Dominican dictatorship that erased African presence from its history and its culture, the massacre of hundreds of thousands indigenous Mayans in Guatemala, and blancismento (whitetification) in Argentina (South America), in which governments actively recruited Europeans to emigrate to their nations in order to “whiten” the society of its heavily indigenous and African populations.
To its social implications, white privilege has permeated Latin America’s everyday language: “pelo malo” versus “pelo bueno” (good hair vs. bad hair), negrita used as both an insult and “term of endearment” for Latinos with “darker features,” and referring to one another by our race or complexion: morena, trigueña, indio, zambo.
On March 31, 2009, Grupo Afro Descendiente sponsored a discussion entitled White Privilege in Latin America: Myths and Realities as part of White Privilege Awareness Week. The panel featured indigenous persons from Peru and Guatemala, an afro descendant from Cuba, a mestiza from Mexico, and an African immigrant from Cote d’Ivoire. Each panelist shared personal accounts, reflections on their experience with white privilege in Latin America.
What we found was that white privilege began and has been reinforced in society through socioeconomic manipulation, cultural jokes/stereotypes, and paternalism often implemented by the Catholic Church and more recently the Evangelical movement. In every country in Latin America one will find that people of color are often the poorest, least educated, and least empowered/politically engaged in the society.
Even though there are high levels of integration in Latin America, intense segregation still exists. Often indigenous and Afro descendant populations live apart in communities that are somewhat isolated from the mainstream. This is prevalent throughout Central and South America among the garifuna and other indigenous Latin Americans. The country of Nicaragua for example is virtually divided into two countries by the rainforest: the West mostly inhabited by whites and the East populated mostly by people of color.
This segregation is highlighted by the lack of Afro and indigenous presence on Latin American television. There are very few reflections of people of color in the Latino media. Sabado Gigante, the most popular variety program throughout all of Latin America is the greatest example of this phenomenon. With the exception of the occasional reggaeton or bachata artist and/or a futbol player, people of color are largely excluded as members of the cast and even in the audience of the popular program. Internalized racism of Latin Americans has led our community to deny or reject their African and/or indigenous heritage. This practice further reinforces the idealization of whites in our society.
Further complicating the issue of white privilege for Latinos is living in a nation who has a different type of racial hierarchy than our homelands. The identity of Latino has practically become a racial category in this country. If you do not fit in the US perceptions of Black or white or Asian (yes there are Asian Latinos) you are designated as “Latino.” In the United States white supremacy followed the one drop rule, one drop of Black or Indigenous blood or any visible signs of these ancestries would exclude individuals of white privilege and condemn one to racialized disenfranchisement. The one drop blood was almost in reverse in Latin America; one drop of European blood or visible characteristics of European ancestry granted one access to some degree of white privilege and wealth, helping open the door for some people of color in Latin America to become part of the white elite of the country.
Like in many capitalist societies, money can buy privilege, but in Latin America it can also buy your whiteness. For generations Latin Americans have paid to change their race on their identification cards. Purchasing one’s whiteness has historically been a common practice for many Latinos of African descent. Yet this practice did not challenge white supremacy rather it found a loophole to gain access to white privilege. Our discussion of white privilege and the diverse racial characteristics of our communities allowed us to see that though the white supremacist socio-economic orders of our homelands are different than the ones found in the US the deconstruction of white privilege is something that is needed throughout the Americas.
Fuente: Institute for Policy Studies
Plan 3000
Resistencia y cambio social en el corazón del racismo
Raúl Zibechi
24 de abril de 2009
En plena ciudad blanca y racista, centro de la oligarquía agroexportadora, el Plan 3000 es una inmensa y pobre barriada de casi 300 mil habitantes, en su mayoría aymaras, quechuas y guaraníes; un micro-mundo integrado por las 36 etnias bolivianas. Una ciudad multicultural que resiste—en nombre de la igualdad—la cultura machista, prepotente y violenta de las elites locales.
“A las 12 en la rotonda, donde está el mojón con la bandera boliviana”, dijo
Junior. “A la rotonda del Plan”, digo al taxista. Luego de atravesar los ocho anillos de la ciudad, desde el casco viejo presidido por la elegante plaza 24 de Setiembre, la catedral y los edificios públicos de neta factura colonial, nos internamos en una zona casi descampada, de calles de tierra perforadas por máquinas que abren zanjas y remodelan caminos. Un sol de plomo castiga la rotonda, un círculo de quince metros de diámetro, suelo de tierra espolvoreada por el viento y media docena de palmeras enanas.
Alrededor giran micros, autobuses y coches haciendo sonar sus bocinas mientras las vendedoras del mercado vocean sus productos. Gruesas gotas de sudor resbalan por todo el cuerpo haciendo la espera interminable y asfixiante. Junior se acerca con una sonrisa, estira la mano con cortesía y decide caminar por el mercado para buscar una sombra donde conversar. Cruzamos la avenida Che Guevara y nos internamos en el laberinto de puestos saltando sobre enormes charcos.
Sobre un piso de tierra enlodada por aguas hediondas, encima de taburetes de madera y bajo techos de chapa y lona, se aglomeran puestos de verduras y frutas, pollos y carnes rojas, las infinitas variedades de cereales y papas andinas y un sinfín de alimentos manipulados por mujeres de polleras largas y gestos frugales. Se intercalan con puestos de ropa, equipos de audio, DVD, cuadernos y bolígrafos, adornos y jabones, y las músicas nacidas de los más increíbles mestizajes.
Es imposible no recordar la Ceja de El Alto, sobre La Paz, el centro de la ciudad más india y combativa de América Latina. Muchos dicen que el Plan 3000 es El Alto de Santa Cruz, pero desde dentro se aprecian tantas diferencias como similitudes. En todo caso, el Plan 3000 fue un bastión que los paramilitares cruceñistas no pudieron doblegar. En setiembre de 2008, se convirtió en nuevo símbolo de la resistencia popular latinoamericana.
Una Miami sin mar
Una calamidad de la naturaleza está en el origen del barrio más poblado y extenso de Santa Cruz. La riada del año 1983 del rio Piraí hizo que tres mil familias fueran trasladadas a una zona semiurbana lejana del centro de la ciudad, que de inmediato recibió el nombre de Plan 3000. Construyeron sus viviendas y sus calles, pero debían comprar el agua una o dos veces por semana a vendedores particulares. “Era un lugar abandonado, sembradíos, estancias de ganado, cañaverales”, dice Junior Pérez, un joven ingeniero agrónomo activista en grupos juveniles del Plan.
Después empezaron a llegar migrantres de todo el país cuando, en 1985, el primer gobierno neoliberal del continente cerró las minas, la principal riqueza del país. Pero también llegaron afectados por las sequías, cambas pobres y collas nacidos en los más remotos rincones del país1. También fueron arribando al nuevo barrio gauraníes, chiquitanos y ayoreos, entre muchas otras etnias, del interior del departamento de Santa Cruz. “Esta es una zona multicultural”, asegura Junior. “Pasamos de los 10 mil habitantes iniciales a unos 250 mil, sin servicios, sin alcantarillado ni pavimentación, mucha inundación. Ahora sufrimos la epidemia del dengue”2.
Sin embargo, los nuevos pobladores se insertaban en una sociedad “urbana feudal, estratificada, señorial y dominada por una economía de trueque”3. Santa Cruz es diferente. Fundada en 1561 por soldados españoles, tuvo dos características que labraron su identidad: un fuerte aislamiento geográfico y la ausencia de riquezas naturales. Eso la mantuvo como un enclave colonial con un orden social estratificado en el que las diferencias sociales –nacidas del color de la piel y no del tamaño del bolsillo- se concentraran en el nivel simbólico.
“La zona de residencia en relación con la cercanía a la plaza, la vestimenta y el estar eximido de trabajo o de tener que trabajar representaban en una ciudad, en la cual las diferencias económicas eran limitadas, puntos de vista determinantes para marcar la posición de cada uno dentro del orden social”4. En suma, una isla colonial y “civilizada” rodeada de “salvajes”, tan lejos del Altiplano, que era el centro económico y político, como de Buenos Aires, capital del Virreinato del Rio de la Plata del que dependió desde 1776 . En la década de 1870, el movimiento político encabezado por Andrés Ibáñez, inspirado en la Revolución Francesa, funda el partido “Igualitarios” contra las estructuras estamentales de la ciudad.
Ibáñez proponía la abolición de la servidumbre de los indios y la distribución de las tierras no explotadas por los latifundistas. Aunque tuvo muchos seguidores fue atacado por la oligarquía local y perseguido por las autoridades centrales que lo ejecutaron en 1877. Hasta la Guerra del Chaco (1932-35) entre Bolivia y Paraguay, Santa Cruz permanece aislada del resto del país. Con la revolución de 1952 se reemplaza el orden estamental-feudal por el sistema electoral y se moderniza la región que registra un rápido crecimiento económico.
En 1950 Santa Cruz contaba con 41 mil habitantes; en 1998 supera el millón. Un 40% son collas que provienen del Altiplano y los valles; otro 40% son migrantes del interior del departamento; el resto son cambas, menonitas y japoneses. En 1952 Santa Cruz representaba el 3% del PBI de Bolivia; en 2004 supera ya el 30%, gracias a la exportación de gas a Brasil y Argentina y a la producción agropecuaria, con destaque de la ganadería y la soya. Aunque los rasgos materiales se han actualizado, las mentalidades evolucionan mucho más lentamente: una sociedad moderna coexiste con una mentalidad feudal.
Un buen ejemplo de esa mentalidad son los concursos de Miss Bolivia, uno de los orgullos de Santa Cruz. Las últimas doce ganadoras provienen de esa ciudad. Gabriela Oviedo, Miss Bolivia 2003, dijo que representa a “la otra Bolivia”, la “no indígena”, ya que en oriente son “blancos, altos y hablan inglés”. Una estudiante de derecho de 23 años, dijo algo muy similar: “Los bolivianos vienen a Santa Cruz porque es una Miami para ellos”5.
La conclusión del sociólogo Andrés Waldmann, un alemán que vive hace más de diez años en Santa Cruz y escribió una tesis notable sobre la cultura de las elites, suena lapidaria: “Una sociedad pueblerina, estamental y homogénea, ha sido reemplazada por otra urbana, estructuralmente heterogénea, en la cual los contrastes entre el lujo y la miseria, entre el buen mantenimiento de instalaciones privadas y el ruinoso estado de las públicas, entre organización y caos, entre estructuras de vida premodernas y modernas coexisten de manera desarticulada”6.
A grandes rasgos puede afirmarse que en Santa Cruz se ha creado un polo de crecimiento capitalista moderno que se siente diferente y superior al occidente indio boliviano, al que considera un lastre para el país. Pero hay algo más: los cambas de Santa Cruz son hoy minoría en su propia ciudad, algo que puede deducirse del diseño urbano. La ciudad fue delineada a partir de una plaza central, a la que no podían ingresar los indios hasta hace apenas unos años, y un conjunto de anillos concéntricos. Los tres primeros anillos son la ciudad consolidada. El cuarto es una zona de transición; pero ya existen ocho anillos.
Además de ser menos, se sienten rodeados por indios, por collas a los que desprecian…y temen. La elite cruceña se apoderó ilegalmente de tierras destinadas a la reforma agraria de 1953; se estima que serían entre 30 y 50 millones de hectáreas. Esa es la base de su riqueza. Desde el golpe de Estado del general Hugo Bánzer en 1971, los golpistas partieron siempre de Santa Cruz, de donde surgieron también todos los ministros de Agricultura, hasta el día de hoy.
La demanda de autonomía tiene dos vertientes: por un lado, es un intento por controlar las riquezas hidrocarburíferas a través del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH), motivo de enfrentamiento con el gobierno de Evo Morales. En segundo lugar, la autonomía es un intento por poner distancias con La Paz y el Altiplano, foco de las principales rebeliones desde la de Tupaj Katari en 1781. De alguna forma, es el modo de establecer un “cerco sanitario” que proteja los intereses de las elites locales.
Sobre este escenario contradictorio, se dibuja uno de los principales conflictos del continente: entre una elite rica, racista y excluyente, y una sociedad multicultural que está democratizando las relaciones sociales y culturales, e intenta revertir las desigualdades económicas.
Enfrentar el golpe cívico
Eduardo Loayza, director de Radio Integración, vive en el Plan 3000 desde hace 14 años. La emisora fue una donación del gobierno ante el monopolio mediático de la derecha y es administrada por once organizaciones sociales que gastan sólo mil dólares mensuales en mantenerla en el aire. “Hay cambios, hay más movimiento, más circulación, pero sobre todo la gente ha crecido en lo político. Esto era una bomba de tiempo que había que amortiguar para que no estallara. Pero al final llegó lo que tenía que llegar. La propia oligarquía lo hizo”7.
La discriminación hacia los collas fue creciendo de modo geométrico desde que Evo Morales llegó a la presidencia en enero de 2006. “Desde hace tres años hay agresiones contra manifestaciones y dirigentes, agresiones cobardes para intimidarnos, grupos de 20 con bates de beisbol”, dice Junior. Sostiene que los jóvenes y los habitantes del barrio empezaron a defenderse, a partir de 2005, de los ataques de la Unión Juvenil Cruceñista (UJC), grupo civil de carácter paramilitar.
Con el tiempo, 2008 será considerado como un año de rupturas. Remmy González, ingeniero y ex viceministro de Desarrollo Rural y Agropecuario, nacido en La Paz pero emigrado a Santa Cruz hace décadas, cree que la ofensiva de la derecha cruceñista fue integral y abarcó todos los planos. “El año pasado decidieron afectar económicamente al gobierno de Evo aumentando la inflación en enero y febrero. La soya es el alimento principal para el ganado, fija los precios de las carnes, del aceite comestible y la leche, y con la especulación todo empezó a subir. Paralelamente reclamaban la autonomía”8.
González fue nombrado para bajar la inflación, lo que consiguió apoyándose en los pequeños y medianos productores que proveen la mayor parte de la canasta alimenticia. “Se creó EMAPA (Empresa de Apoyo a la Producción de Alimentos) que ha procesado su aceite, vendido su arroz, tiene ahora una fábrica de harina de trigo y decide sus precios en base a los costos de producción, y así y todo tiene ganancias. Pero no da para comprar toda la producción y sólo incide en el 20% de los alimentos. Pero si el 80% restante se pone de acuerdo, no hay forma de bajar los precios”, dice Remmy.
EMAPA tendría que construir sus silos y plantas de procesamiento de aceite, una inversión que el Estado está ahora en condiciones de realizar. Pero no cuenta con personal especializado a nivel de gerencia. “En la empresa Aceite Fino el gerente gana 50 mil bolivianos; yo fui gerente de producción de EMAPA y mi sueldo era de 7.000 bolivianos. Si uno quiere profesionales de buen nivel es muy difícil. Y políticamente, la gente que ha llegado a ese nivel de conocimientos no quiere trabajar con este gobierno”9. Remmy sufre aún el acoso de sus vecinos por haber estado en un ministerio.
En el Plan 3000 los verdaderos enfrentamientos comenzaron el 4 de mayo de ese año decisivo. Ese día el Comité Pro Santa Cruz y la prefectura cruceña convocaron un referendo ilegal para la aprobación de un Estatuto Autonómico Departamental10. El Comité suele convocar “paros cívicos” en los que la Unión Juvenil Cruceñista asume funciones policiales, obliga a los comercios a cerrar, golpea a los que se niegan e impide con violencia que manifestantes populares lleguen hasta la plaza central. Suelen hacer pintadas con el lema “collas de mierda”.
Ese día en el Plan se organizó una vigilia desde las cinco de la madrugada ante las amenazas de invasión que había hecho la UJC. Animados con música de protesta, una multitud estimada en 10 mil personas se concentró en la rotonda para impedir la devastación de los cruceñistas. Hasta ese momento los grupos de choque sólo se habían enfrentado a pequeños grupos o personas aisladas a las que invariablemente golpeaban y humillaban. Con la multitud aún no se habían atrevido.
La derecha separatista iba ganando terreno. El 15 de agosto, mientras dos tercios de los bolivianos confirmaban en referendo a Evo Morales en la presidencia, los miembros de la UJC golpearon brutalmente en el suelo al mismo comandante de la policía de Santa Cruiz mientras era filmado por la televisión. “En ese momento se supo la verdadaera dimensión de la ‘crisis estatal’ en esos departamentos”11. A fines de agosto y principios de septiembre arreciaban los paros regionales en Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, exigiendo la devolución del IDH ya que el gobierno había decidido financiar con ese dinero un bono para los jubilados.
Evo no pudo llegar a cinco de los nueve departamentos porque turbas de opositores bloquearon los aeropuertos. Entre el 9 y el 11 de setiembre parecía que la derecha estaba en condiciones de voltear al gobierno desde las calles: se tomaron instituciones, destruyeron oficinas estatales, ocuparon aeropuertos, persiguieron y dispararon contra opositores. En Santa Cruz fueron destruidas las oficinas de Canal 7 y de la radio estatal, oficinas públicas, locales sindicales y de partidos oficialistas, de movimientos campesinos y de ONGs fueron rodeadas, incendiadas y dinamitadas.
Aún puede verse el esqueleto de la Confederación de Pueblos Etnicos de Santa Cruz y los destrozos realizados en la Confederación Indígena del Oriente Boliviano, aunque están lejos del centro. Durante esos días calientes, miembros de movimientos, funcionarios estatales y de ONGs se refugieron en el Plan 3000, ya que era el único lugar en el que sentían a salvo.
Pero el 11 de setiembre la derecha fue demasiado lejos al masacrar una marcha campesina en Pando con el resulado de por lo menos 17 muertos, campesinos indefensos asesinados con ráfagas de ametralladoras. Los testimonios aseguran que ese día la gente pobre de Bolivia sintió que era hora de actuar, de frenar lo que Evo denunció como un “golpe cívico” contra las instituciones. El gobierno expulsó al embajador Philip Goldberg, denunciado por el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel como el gran articulador de la oposición, decretó el estado de sitio en Pando y movilizó al ejército. Los presidentes sudamericanos lo respaldaron a través de UNASUR.
En el Plan 3000 había una enorme tensión. El día 10, los separatistas rodearon y tomaron la terminal de autobuses “expulsando a los que hacían resistencia adentro, sin que el grupo de policías que se hallaba allí pudieran hacer nada”12. Los vecinos tuvieron claro que si ellos mismos no se defendían, nadie lo haría por ellos. El mismo día varios camiones llenos de “unionistas” llegaron por las varias entradas del Plan, golpeando sus escudos con palos para amedrentar a la gente.
Junior estaba en la rotonda y recuerda cómo fue el día 10. Comenzó muy temprano con la vigilia, pero el enfrentamiento más fuerte fue al mediodía: “Llegaron con escudos antimotines y cohetes de doce tiros de alto poder que pueden romper ladrillos y latas, y tienen un alcance de 50 metros y así nos empiezan a atacar. Nos hacen retroceder como dos cuadras. En esa acción caen algunos compañeros mayores que los golpean. Ahí hay una reacción. Gritamos, salimos todos y avanzamos. Logramos entablar un enfrentamiento cuerpo a cuerpo y liberamos nuestros prisioneros, y les tomamos prisioneros. Recuperamos nuestro territorio y los hacemos retirar como tres cuadras. Ahí tiene que interceder la policía que los resguarda y hace un pequeño cerco para protegerlos”.
“La radio transmitió todos los combates”, dice Eduardo Loayza. “Ya habían quemado Patria Nueva y Canal 7, y querían quemarnos la radio, nos quedaba sólo organizarnos y llamar a la gente a defender esto. La gente respondió. Nos llamaban de todas partes, nos decían qué sucedía: ‘que pasa un coche oscuro con unionistas, que están llevando cohetes, tal camión traslada handies’. Nos multiplicábamos porque la radio eran los ojos del pueblo, las manos, todo. Miles de personas, las mujeres, los jóvenes, niños con sus escuditos de lata de la calle, para pelear…cosas muy bonitas que van a quedar en la historia”.
Lugo se supo que el objetivo era tomar la rotonda para preparar la llegada de Branko Marinkovic, presidente del Comité Pro Santa Cruz, que ya tenía preparado su discurso. “Aquí no hay nada, aquí todos somos nosotros”, cuenta la leyenda que iba a decir. Pero el Plan resistió y ahora es un símbolo; y un bastión de la Bolivia multicultural.
Fragmentos del mundo Nuevo
La crisis de setiembre se resolvió a favor del gobierno y de los sectores populares. Durante los días más calientes, la Bolivia de abajo se movilizó con un impresionante cerco a Santa Cruz. “Por el norte, se dirigían desde el Chapare cochabambino. Por el este marchaban desde San Julián, Cuatro Cañadas y otros municipios. Por el suroeste desde las provincias de los valles mesotérmicos. Desde el sureste, merece subrayarse la participación de indígenas guraraníes” 13. Con machetes en la mano, discutieron entrar en la plaza central de Santa Cruz “para darles una lección”.
Se calcula que en el cerco participaron unos 30 mil indígenas, campesinos, colonizadores, sin tierra, pequeños comerciantes, obreros de la ciudad y el campo, estudiantes. Una parte venían del interior del propio departamento de Santa Cruz, guarayos, chiquitanos, guaraníes, además de los 20 mil que se movilizaron en el Plan 3000. El cerco a Santa Cruz reproduce, de alguna manera, el mítico cerco de Tupaj Katari a la colonial La Paz hace dos siglos. Con ese temor deberán convivir en adelante las elites separatistas.
El movimiento social del Plan se asienta en una enorme red informal de relaciones sociales densas, sumergidas en la vida cotidiana. El movimiento más fuerte es el de los “gremiales”, las trabajadoras del mercado que cuentan con unas tres mil personas organizadas. Las juntas vecinales están presentes en la mayor parte de los 107 barrios, intentan resolver los problemas de alumbrado, alcantarillado, el mantenimiento de las calles y ahora encaran la creación de la Quinta Sección Municipal, que le daría al Plan 3000 su autonomía legal. La propuesta es denominarla Ciudad Igualitaria Andrés Ibáñez.
“La mayoría trabajan para el día, trabajo informal, comercio, empleadas domésticas, lavanderas, construcción, albañiles, plomeros…. Si no sacan dinero un día, el siguiente no tienen para comer. Hay muchos cuartos de alquiler donde vive toda la familia pagando 250 bolivianos. El promedio es de cinco hijos por familia. Las calles las mantiene la gente. Abordan el tema de salud, agua, basura, y sobre todo la inseguridad ciudadana”, asegura Junior.
Para comprender cómo los habitantes de un barrio pobre resisten y derrotan a una poderosa oligarquía, parece necesario dejar de lado las grandes acciones para enfocarse en los modos como transcurre la vida cotidiana. De la mano de Beti Zaire, maestra de 30 años nacida en La Paz que emigró al Plan 3000 cuando tenía diez, es posible conocer algo más de esa vida cotidiana14. Beti vive en Toro Toro, uno de los primeros barrios del Plan a pocas cuadras de la rotonda. Su barrio cuenta con unas mil familias pero su vida gira en torno a la cuadra donde está el comercio de su madre, Felicidad; o sea, su vida se relaciona densamente con la de otras cincuenta familias.
Felicidad tiene una tienda de abarrotes donde vende sobre todo alimentos a sus vecinos. Tiene una libreta donde anota las compras de los que no le pueden pagar al contado. Esas familias le pagan cuando cobran el salario de la semana o la quincena. Cuando alguien no paga, la visita en su casa particular todas las veces que sea necesario, hasta que la convence de saldar la deuda. En todo caso, la existencia de una deuda no implica que la relación se deteriore o se rompa.
Antes de tener su propia tienda Felicidad vendía golosinas en la puerta de colegios, fiestas y discotecas, dentro o fuera del Plan 3000. Tanto su papá, un albañil incapacitado para trabajar, como su mamá, hablan aymara aunque Beti ya no domina la lengua materna. Las demás familias de la cuadra provienen de los más diversos rincones del país: La Paz, Sucre y Cochabamba, aunque también hay cambas y familias del interior de Santa Cruz. Felicidad es una referente del barrio aunque no ocupa cargo en ninguna institución.
Las relaciones con las familias vecinas son muy estrechas. Cuando hay algún enfermo, algo muy común en barrios sin saneamiento ni agua potable, los demás vecinos de la cuadra le llevan comida, remedios y algo de dinero para afrontar los gastos más urgentes. Pero sobre todo “consejos y compañía, que es lo principal, porque somos muy unidos”, dice Beti. Entre los valores parece tener tanta o más importancia la compañía, el diálogo o el simple “estar”, que el apoyo estrictamente material. Las vecinas suelen apelar tanto a las pastillas como a las hierbas medicinales como forma de curar enfermedades, pero las hierbas no se “consumen” como medicamentos ya que a su alrededor existe una cosmovisión que se trasmite de forma oral, en largos e íntimos diálogos sobre las ventajas de tal o cuál hierba.
En el barrio donde vive Beti funciona una junta vecinal que se reune en la plaza sólo cuando hay que tomar decisiones importantes. La última asamblea en la que participó fue para debatir sobre los medidores del consumo de agua. El agua no la instaló la empresa estatal sino ellos mismos a través de su cooperativa, Coplan, pero con los medidores deben pagar mucho más que antes. Por eso exigen que si les van a instalar medidores les cambien las viejas cañerías por otras nuevas.
El presidente de la junta es un señor mayor, jubilado, que tiene tiempo suficiente para hacer trámites municipales para sus vecinos. El cargo es honorario, como en todas las juntas vecinales, y los vecinos lo renuevan porque le tienen confianza, un valor muy apreciado en este barrio. Beti insiste en que los dos principales problemas son la salud y el alcantarillado, dos temas que van de la mano y consumen buena parte de las energías y los escasos ahorros de las familias.
El relato de Beti muestra la enrome riqueza de las relaciones sociales en un barrio del Plan 3000. Por un lado, enseña la escasa mercantilización de la vida cotidiana. La confianza personal o familiar tienen más valor que el dinero, como aparece en el caso de la libreta de las compras. El tiempo no se mide como una mercancía sino por la intensidad del vínculo, lo que permite dedicar mucho tiempo a los vecinos aún descuidando el comercio o la propia familia. No se vive como una pérdida sino como un “don”, parte de una relación de reciprocidad.
Por último, en un breve e incompleto examen, habría que destacar las diferencias de los liderazgos según géneros. Mientras Felicidad, la mamá de Beti, es una referente natural de su cuadra, sin ostentar ningún cargo, el presidente de la junta vecinal tiene un cargo formal aunque esté igualmente cimentado en la confianza personal. Podría decirse que mientras el cargo formal de la junta es “hacia afuera”, el de Felicidad es “hacia adentro” de la propia comunidad. Una división no jerárquica que suele es muy común en las formas de ejercer el poder en las comunidades indias y de los sectores populares.
Son estas las relaciones que se pusieron en movimiento cuando la ultraderecha cruceñista atacó el Plan 3000. Son las relaciones densas de la cotidianeidad las que permiten a los débiles derrotar a los poderosos; las mismas que hacen posible la vida en medio de tanta pobreza. Y algo más: esas mismas relaciones son las que pueden permitir, expandidas, crear un mundo nuevo, o sea el “otro mundo” posible que proponen los altermundialistas.
La política desde abajo
Durante los combates, cuenta Junior, esa multitud de decenas de miles tenía formas muy precisas. Los más jóvenes, varones pero también mujeres, iban delante al enfrentamiento cuerpo a cuerpo con los cruceñistas. En una segunda fila estaban las mujeres del mercado y los padres de familia con sus hijos pequeños. Los comerciantes apoyaban con agua y coca, y las mujeres del mercado cocinaban los desayunos para todos.
“Los grupos son como células improvisadas en cada barrio y no tienen nombre, se toman decisiones en asambleas en la rotonda, como en cabildos para la defensa. Sin jerarquías, sin comandantes. Eso es bueno porque cuando hay liderazgos se siguen otros intereses. La UJC es un grupo bastante organizado, tienen asesoramiento de militares retirados, manejan armamento bélico, usan escudos antimotines y tienen instrucción de orden cerrado y artes marciales. Como es una oligarquía empresarial es eficiente. Nosotros lo hacemos alrededor de un sentimiento y de la dignidad”, dice Junior con inocultable satisfacción.
Siente que ahora que predomina la distensión, es la hora de sacar lecciones de la experiencia vivida. “Se llegó a reflexionar que la dirección política del MAS no influyó en esta resistencia, no hubo una estructura de dirección sino que fue la propia gente. Tampoco hubo apoyo de logística del gobierno ni del MAS sino del mismo combatiente que traía sus cosas, agua, comida y palos, y el mismo pueblo que por solidaridad apoyaba con agua, cohetes y eso. La gente desbordó al propio MAS, lo rebasó y hubo muchos cuestionamientos de que solo se dedican a la política grande pero no a estar con su pueblo porque es la acción de masas la que va a determinar el cambio político”.
Con matices apenas, Loayza enfatiza en la trascendencia de los combates de 2008. “Si el Plan no se hubiera levantado en septiembre otra sería la historia de Bolivia. Querían entrar a la rotonda y barrer con todo. Pero la gente no permitió. Hubo muchos caídos, heridos, mucho sacrificio de los hambrientos, de los que no tienen nada que perder. Todos se dan cuenta quién es el enemigo. Eso ha permitido madurar para evitar un golpe cívico”.
Junior está convencido que si no los hubieran frenado, los cruceñistas hubieran impuesto una especie de dictadura, “hubieran hecho su genocidio como pasó en Yugoslavia, en Kosovo. Pero aquí el pueblo se hizo respetar y eso ha superado a los propios políticos”.
Es muy probable que Bolivia esté viviendo una verdadera apertura democrática, pero sobre todo abajo, en las plazas, en los mercados, en las calles, en los espacios públicos. Remmy recuerda que hace apenas diez años, en 1997, visitó México y volvió sorpendido: “Cuando fui a un banco y vi un indígena atendiendo me pareció raro, y también había indios en los ministerios. Acá nunca había pasado algo así y cuando conté que allá los gerentes del banco eran indígenas me miraban raro, pero ahora aquí ya puede verse”.
El ex viceministro recuerda que mientras fue estudiante universitario nunca pudo asistir al comedor universitario porque había nacido en La Paz y estaba reservado sólo para cambas. Recuerda también que el padre del ex vicepresidnete Vìctor Hugo Cárdenas (1993-1997) debió cambiar su apellido de Choquehuanca al de Cárdenas para poder ingresar a la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, donde se graduó de topógrafo.
Ahora los indios llevan con orgullo sus ropas, sus nombres y sus apellidos, y se relacionan de igual a igual con los demás. Y han creado espacios donde las diferenicas se expresan todos los días sin establecer jerarquías. En el Plan, dice Loayza, “las identidades particulares se están mezclando porque de chicos se crían juntos todos los diferentes y conviven y apostamos a eso, a un nuevo boliviano sin taras mentales, que acepte todas las diferencias”.
“Mi abuelo fue a la Guerra del Chaco, mi padre fue dirigente sindical textil y fue torturado por la dictadura de Bánzer”, dice un Junior optimista pero prudente. La historia familiar lo empuja hacia delante, pero cuando hablamos del problema del poder, duda: “Ahí está nuestra debilidad. Puede volver a pasarnos lo mismo que en la independencia aunque ahora hay una multitud actuando… El problema es que los compañeros se drogan con el poder, ese es el problema cuando no hay norte político. Esto no es por tener poder, ya somos líderes pero no queremos ser dirigentes, acá hay un punto de inflexión para las nuevas generaciones…”
Notas
1. Camba es una palabra de origen guaraní que se utiliza para designar a las personas de tierras bajas (Santa Cruz, Beni y Pando). Collas se le dice a los emigrados de occidente, o sea a los indios. Ambos suelen usarse también como adjetivos con claro tono despectivo (Adrián Waldmann).
2. Entrevista a Junior Jazmani Pérez Vaca.
3. Adrián Waldmann, ob. cit. p. 19.
4. Idem pp. 20-21.
5. Martín Sivak, ob. cit. pp. 67-68.
6. Idem p. 29.
7. Entrevista a Eduardo Loayza.
8. Entrevista a Remmy González.
9. Un dólar se cotiza a siete bolivianos en marzo de 2009.
10. Fundado en 1950, el Comité Pro Santa Cruz es una instancia de las elites que opera en forma paralela a las instituciones del Estado. Aunque está integrado por 183 instituciones, incluyendo la central obrera, siempre estuvo controlado por las elites del poder económico y sus dirigentes siempre son varones. Para tener una idea de su poder, el alcalde informa antes al Comtié sobre sus decisiones que al Concejo Municipal (Waldmann, p. 118).
11. Marxa Chávez, ob cit.
12. Idem.
13. Marcelo Iván Paredes, ob. cit.
14. Entrevista-conversación con Beti Zaire.
Raúl Zibechi es analista internacional del semanario Brecha de Montevideo, docente e investigador sobre movimientos sociales en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor a varios grupos sociales. Escribe el “Informe Mensual de Zibechi” para el Programa de las Américas (www.ircamericas.org).
Fuente: Programa de las Américas CIP
Youth and the Myth of a Post-Racial Society Under Barack Obama
By Henry A. Giroux
27 April 2009
With the election of Barack Obama, it has been argued that not only will the
social state be renewed in the spirit and legacy of the New Deal, but that the punishing racial state and its vast complex of disciplinary institutions will, if not come to an end, at least be significantly reformed.[1] From this perspective, Obama’s presidency not only represents a post-racial victory, but also signals a new space of post-racial harmony. In assessing the Obama victory, Time Magazine columnist Joe Klein wrote, “It is a place where the primacy of racial identity – and this includes the old Jesse Jackson version of black racial identity – has been replaced by the celebration of pluralism, of cross-racial synergy.”[2] Obama won the 2008 election because he was able to mobilize 95 percent of African-Americans, two-thirds of all Latinos and a large proportion of young people under the age of 30. At the same time, what is generally forgotten in the exuberance of this assessment is that the majority of white Americans voted for the John McCain-Sarah Palin ticket. While “post-racial” may mean less overt racism, the idea that we have moved into a post-racial period in American history is not merely premature – it is an act of willful denial and ignorance. Paul Ortiz puts it well in his comments on the myth of post-racialism:
The idea that we’ve moved to a post-racial period in American social history is undermined by an avalanche of recent events. Hurricane Katrina. The US Supreme Court’s dismantling of Brown vs. Board of Education and the resegregation of American schools. The Clash of Civilizations thesis that promotes the idea of a War against Islam. The backlash facing immigrant workers. A grotesque prison industrial complex. [Moreover] … [w]hile Americans were being robbed blind and primed for yet another bailout of the banks and investment sectors, they were treated to new evidence from Fox News and poverty experts that the great moral threats facing the nation were greedy union workers, black single mothers, Latino gang bangers and illegal immigrants.[3]
Missing from the exuberant claims that Americans are now living in a post-racial society is the historical legacy of a neoconservative revolution, officially launched in 1980 with the election of Ronald Reagan, and its ensuing racialist attacks on the welfare “Queens”; Bill Clinton’s cheerful compliance in signing bills that expanded the punishing industries; and George W. Bush’s “willingness to make punishment his preferred response to social problems.”[4] In the last 30 years, we have witnessed the emergence of policies that have amplified the power of the racial state and expanded its mechanisms of punishment and mass incarceration, the consequences of which are deeply racist – even as the state and its legal apparatuses insist on their own race neutrality.
The politics of racism has hardly disappeared from the landscape of American culture and the institutions that support it. Poor minority kids now find themselves on a fast track extending from school to juvenile courts to prison. And the number of poor and minority kids, now aptly called the “recession generation” by Dr. Irwin Redlener, president of New York City’s Children’s Health fund, has increased from 13 million before the economic meltdown to an expected 17 million by the end of the year. And who are these kids? These are the kids marginalized by race and class, who are largely seen either as a drain on the economy or stand in the way of market freedoms, free trade, consumerism and the whitewashed fantasies of a cleansed, Disneyfied social order. These are kids who, not only have to fend for themselves in the face of life’s tragedies, but are also supposed to do it without being seen by the dominant society. Excommunicated from the sphere of human concern, they have been rendered invisible, utterly disposable, and heir to that army of socially homeless that allegedly no longer existed in colorblind America. Most of them, if not homeless, live in dilapidated housing, attend schools that are underfunded and literally falling apart, receive food stamps and eat mostly junk food when they can get it. They are the major targets of gun violence, lack decent health care and they often find themselves in hospital emergency rooms. These are the kids who experience daily, whether on the street or in school, draconian discipline policies that endlessly criminalize every aspect of their behavior and increasingly banish them from the very institutions such as schools that remain their last chance for getting a fair shake in life. It gets worse. For instance, a full 60 percent of black high school dropouts, by the time they reach their mid-thirties, will be prisoners or ex-cons and the drop out rate is as high as 65 percent in some cities.[5] This apartheid-based system of incarceration bodes especially ill for young black males. According to Paul Street:
It is worth noting that half of the nation’s black male high-school dropouts will be incarcerated – moving, often enough, from quasi-carceral lock-down high schools to the real “lock down” thing – at some point in their lives. These dropouts are over represented among the one in three African American males aged sixteen- to twenty-years old who are under one form of supervision by the US criminal justice system: parole, probation, jail, or prison.[6]
As the toll in human suffering increases daily, Obama and his Wall Street advisers bail out the banks and the rich just as crucial social services for children are being cut back, unemployment is soaring into record numbers and more and more youth of color are disappearing into an abysmal pit of poverty, despair and hopelessness. Raised in a blood-drenched culture of violence mediated by an economic Darwinism that harbors a rabid disdain for the common good, poor minority kids appear to be completely off the radar of public concern and government compassion. And Obama, for all of his soaring poetic imagery of unity and justice, falls flat on his face by allowing his Secretary of Education Arnie Duncan to offer up reform policies that amount to nothing more than another version of Bush’s No Child Left Behind with its anti-union ideology and obsessive investment in measurement and accountability schemes that strips any talk of educational reform of any viability while turning schools into nothing more than testing factories – policies that disproportionately punish brown and black youth. These racially exclusionary set of policies and institutions have become especially cruel since the beginning of the neoconservative revolution in the 1980s, and are not poised to disappear soon under the presidency of Barack Obama – in fact, given the current economic crisis, they may even get worse.
In short, the discourse of the post-racial state ignores how political and economic institutions, with their circuits of repression and disposability and their technologies of punishment, connect and condemn the fate of many impoverished youth of color in the inner cities to persisting structures of racism that “serve to keep [them] in a state of inferiority and oppression.”[7] Not surprisingly, under such circumstances, individual suffering no longer registers a social concern as all notions of injustice are assumed to be the outcome of personal failings or deficits. Signs of the pathologizing of both marginalized youth and the crucial safety nets that have provided them some hope of justice in the past can be found everywhere from the racist screeds coming out of right-wing talk radio to the mainstream media that seems to believe that the culture of black and brown youth is synonymous with the culture of crime. Poverty is now imagined to be a problem of individual character. Racism is now understood as merely an act of individual discrimination (if not discretion), and homelessness is reduced to a choice made by lazy people.
Unfortunately, missing from the discourse of those who are arguing for the kind of progressive change the Obama administration should deliver is any mention of the race-based crises facing youth and the terrible toll it has taken on generations of poor black and brown kids. Bringing this crisis to the forefront of the political and social agenda is crucial, particularly since Obama, in a number of speeches prior to assuming the presidency, refused to adopt the demonizing rhetoric often used by politicians when talking about youth. Instead, he pointedly called upon the American people to reclaim young people as an important symbol of the future and democracy itself:
[C]ome together and say, “Not this time.” This time we want to talk about the crumbling schools that are stealing the future of black children and white children and Asian children and Hispanic children and Native American children. This time we want to reject the cynicism that tells us that these kids can’t learn; that those kids who don’t look like us are somebody else’s problem. The children of America are not those kids, they are our kids.[8]
But if Barack Obama’s call to address the crucial problems facing young people in this country is to be taken seriously, the political, economic and institutional conditions that both legitimate and sustain a shameful attack on poor minority youth have to be made visible, open to challenge and transformed. This can only happen by refusing the race-based somnambulism and social amnesia that coincide with the pretense of post-racial politics and society, especially when the matter concerns young people of color. To reclaim poor minority youth as part of a democratic vision and a crucial symbol of the future requires more than hope and a civics lesson: It necessitates transforming the workings of racist power arrangements both in and out of the government along with the market-driven institutions and values that have enabled the rise of a predatory corporate state and a punishing state that have produced a polity that governs through the logic of finance capital, consumerism, crime, disposability and a growing imprisonment binge.
The marriage of economic Darwinism and the racialized punishing state is on full display not merely in the rising rate of incarceration for black and brown people in the United States, but also in places like East Carroll Parish in Louisiana where inmates provide cheap or free labor at barbecues, funerals, service stations, and a host of other sites. According to Adam Nossiter, “the men of orange are everywhere” and people living in this Louisiana county “say they could not get by without their inmates, who make up more than 10 percent of its population and most of its labor force. They are dirt-cheap, sometimes free, always compliant, ever-ready and disposable….You just call up the sheriff, and presto, inmates are headed your way. ‘They bring me warm bodies, 10 warm bodies in the morning,’ said Grady Brown, owner of the Panola Pepper Corporation. ‘They do anything you ask them to do….’ ‘You call them up, they drop them off, and they pick them up in the afternoon,’ said Paul Chapple, owner of a service station.”[9] Nossiter claims that the system is jokingly referred to by many people who use it as “rent a convict” and is, to say the least, an “odd vestige of the abusive-convict-lease system that began in the South around Reconstruction.”[10] This is not merely an eccentric snapshot of small town racism, it is also an image of what kind of future poor minority youth might inhabit.
Treating prisoners as commodities to be bought and sold like expendable goods suggests the degree to which the punishing state has divested itself of any moral responsibility with regard to those human beings who, in the logic of free-market fundamentalism, are considered either as commodities or as waste products, and this is true especially of young people. At the same time, as racism has been relegated to an anachronistic vestige of the past, especially in light of Barack Obama’s election to the presidency, the workings of the punishing state are whitewashed and removed from the racialized violence that deeply influences and constrains the lives of so many young people. Consequently, the American public becomes increasingly indifferent to the ways in which the practices of a market-driven society – market deregulation, privatization, the hollowing out of the social state and the disparaging of the public good – wage a devastating assault on African-American and Latino communities, young people and, increasingly, immigrants and other people of color, who are relegated to the borders of American normalcy. Alarmingly, the punishing state, when coupled with the growing disappearance of newspapers and other crucial public spheres, not only produces vast amounts of inequality, suffering and racism, but also propagates collective amnesia, cynicism and moral indifference.
Under this insufferable climate of increased repression and unabated exploitation, young people and communities of color become the new casualties in an ongoing war against justice, freedom, social citizenship and democracy. While Obama speaks eloquently about the need to develop public polices that stress social investment rather than enriching the coffers of the rich, he has not produced adequate policies, especially in education, for whom poor and minority youth will no longer be viewed as either criminals or simply disposable. Instead of testing schemes, young people need structurally sound schools, smaller class sizes, high quality teachers, social programs that address the conditions that disable students from learning and a Marshall Plan committed to providing free education, health care, full employment through public works and a promise that the government is willing to invest as much time, money and resources in their future as it has invested so willingly in the past in the military-industrial complex and its expanding discourse of militarism. How much longer can a nation ignore those youth who lack the resources and opportunities that were available, in a partial and incomplete way, to previous generations? And what does it mean when a nation becomes frozen ethically and imaginatively in providing its youth with a future of hope and opportunity?
Notes
[1] For a brilliant analysis of the racist state, see David Theo Goldberg, “The Racial State” (Malden: Wiley-Blackwell, 2001).
[2] Joe Klein, “Obama’s Victory Ushers in a New America,” Time.com (November 5, 2008). Online: http://www.time.com/time/politics/article/0,8599,1856649,00.html.
[3] Paul Ortiz, “On the Shoulders of Giants: Senator Obama and the Future of American Politics,” Truthout.org (November 25, 2008). Online: http://www.truthout.org/112508R?print.
[4] Jonathan Simon, “Governing Through Crime: How the War on Crime Transformed American Democracy and Created a Culture of Fear” (New York: Oxford University Press, 2007), p. 59.
[5] Jason DeParle, “The American Prison Nightmare,” New York Review of Books, Vol. LIV, No. 6 (April 12, 2007), p. 33.
[6] Paul Street, “Segregated Schools: Educational Apartheid in Post-Civil Rights America” (New York: Routledge, 2005), p. 82.
[7] Angela Y. Davis, “Abolition Democracy: Beyond Empire, Prisons, and Torture” (New York: Seven Stories Press, 2005), p. 98.
[8] From a transcript entitled “Barack Obama’s Speech on Race,” New York Times (March 18, 2008). Online: http://www.nytimes.com/2008/03/18/us/politics/18text-obama.html?_r=1&scp=1&sq=%22Barack%20Obama’s%20Speech%20on%20Race%22&st=cse.
[9] Adam Nossiter, “With Jobs to Do, Louisiana Parish Turns to Inmates,” New York Times (July 5, 2006). Online: http://www.nytimes.com/2006/07/05/us/05prisoners.html.
[10] Nossiter, “With Jobs to Do, Louisiana Parish Turns to Inmates.”
Henry A. Giroux holds the Global TV Network chair in English and Cultural Studies at McMaster University in Canada. Related work: Henry A. Giroux, “The Mouse that Roared: Disney and the End of Innocence” (Lanham: Rowman and Lilttlefield, 2001). His most recent books include “Take Back Higher Education” (co-authored with Susan Searls Giroux, 2006), “The University in Chains: Confronting the Military-Industrial-Academic Complex” (2007) and “Against the Terror of Neoliberalism: Politics Beyond the Age of Greed” (2008). His newest book, “Youth in a Suspect Society: Beyond the Politics of Disposability,” will be published by Palgrave Mcmillan in 2009.
Fuente: t r u t h o u t







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