Análisis

La disputa por quién alimentará al mundo

Publicado el: Martes, 16 de junio del 2009

Nota del editor: Sin sustento, no hay libertad, no hay vida, no hay forma de resistir las injusticias diarias que vienen a oprimirlo a uno cada vez más. No hay libertad. El hambre es una de las injusticias más grandes de nuestros tiempos porque el alimento es un derecho humano que se le esta negando a por lo menos un cuarto de la población mundial. Estas semanas estaremos publicando diariamente diferentes piezas que nos ayuden a entender de dónde viene el problema, cómo lo estamos creando y reforzando, qué parte juega el capitalismo y el modelo neoliberal y la construcción del sistema de agricultura en cada vez más grandes corporaciones que controlan quién puede comer y qué pueden comer y cómo afectan al medio ambiente y al problema actual del cambio climático. Pero también intentaremos de presentar alternativas, modelos de resitencia y ejemplos de cómo volver el control de nuestros alimentos a nuestras propias manos. Porque si podemos empoderarnos de nuestro alimento, podemos quebrar parte de la cadena que nos tiene amarrados a nuestra condición actual de desesperación.

soberalimentariapor Laura Carlsen
3 de noviembre de 2006

Cuando piensa en alimentación y agricultura, la mayoría de la gente no piensa en diversidad. Sin embargo, Jerry Pennick ubicó a la diversidad en el centro de la problemática cuando dijo al Congreso Binacional de Pequeños Agricultores y Campesinos: “La soberanía alimentaria sólo puede lograrse a través de una diversidad de sistemas agrícolas.”

Pennick es un dirigente de la Federación de Cooperativas Sureñas, una organización de pequeños agricultores afro-americanos en el sur de los Estados Unidos. Junto con unas 50 organizaciones de Estados Unidos y México, la diversidad a la que hizo referencia se manifestó en el encuentro de muchas maneras.

El Congreso Binacional se llevó a cabo del 26 al 29 de septiembre, con la participación de campesinos zapotecos, nahuas, mestizos, afro-americanos, mixes, y también de ascendencia europea de los Estados Unidos. Unió hombres y mujeres agricultores, investigadores y trabajadores; mexicanos y estadounidenses; desde agricultores con cientos de hectáreas hasta los que apenas cuentan con un pedazo de cerro.

Son diferentes, cierto, pero tienen una causa en común. Los agricultores mexicanos y estadounidenses se unieron porque su manera de vivir se encuentra amenazada. Ambos grupos están siendo expulsados de sus tierras a causa de los precios bajos y el control que ejercen las grandes corporaciones agrícolas sobre la producción y comercialización de sus productos.


La disputa por quién alimentará al mundo

A pesar de las tremendas amenazas económicas y políticas que tienen en su contra, estos agricultores no se consideran en peligro de extinción. Su posición es que, es la cadena alimenticia mundial la que está en peligro, si no se toman en cuenta sus necesidades y propuestas.

Los participantes describen la batalla como un conflicto sobre quién alimentará al mundo. Se sienten seguros de que no sólo tienen el derecho de cultivar y ser agricultores, sino que su supervivencia es clave para el abastecimiento alimenticio del mundo. La diversidad de las variedades de plantas que mantienen, su sabiduría acerca de ecosistemas locales, y la calidad de los alimentos que producen, son contribuciones a la sociedad que deben ser valoradas.

Los agricultores familiares muchas veces toman buenas decisiones, cuando los dejan. Decisiones buenas para el medio ambiente, para la tierra, para el consumidor y para el agricultor. Pero bajo el sistema actual usualmente no tienen elección. Ben Burkett sabe cultivar algodón y lo cultivó por años en su pequeña granja de Petal, Mississippi. Hoy el precio del algodón está en $0.52, recibe $0.72 del gobierno pero necesita $0.92 para ganar la vida cultivando algodón. El precio internacional está tan debajo de su precio de producción que aún con los subsidios gubernamentales ya no le alcanza para seguir esta siembra. En lugar de algodón, ahora esta cultivando sandía y con los pagos que recibe del gobierno para reforestar parte de su tierra devastada por el huracán Katrina, apenas gana lo suficiente.

De la misma forma, los miles de campesinos mexicanos que se han convertido en trabajadores agrícolas en Estados Unidos tampoco pudieron decidir libremente su destino. Los bajos precios y la falta de apoyo en el campo mexicano los han expulsado. “Muchos migrantes tienen que vender sus tierras para pagar el viaje a los Estados Unidos. Esta es una forma de despojar a las comunidades de sus tierras,” dice Carlos Marentes de la organización de trabajadores agrícolas de la frontera.

La mano de obra barata de los trabajadores sin derechos, sin el poder de la negociación colectiva y sin las prestaciones, es un factor importante e injusto en la competividad de la agricultura estadounidense, que así logra producir alimentos con tan bajos precios. Esto hunde a los mercados de otros países, cuyos agricultores se convierten en refugiados económicos.

Cada vez más son hombre y mujeres que salen en búsqueda de sobreviviencia. Mily Treviño, una organizadora de mujeres trabajadoras agrícolas de California, nota que las condiciones para las mujeres son aun peores, pero un liderazgo creciente está haciendo escuchar su voz y aumentando su fuerza en el sector.


Batallas compartidas: TLCAN y la Ley Agrícola de EU

Agricultores del país más rico y productivo en el mundo y campesinos mexicanos comparten más experiencias de lo que uno imagina.

Por ejemplo, el gigante transnacional Monsanto fue reconocido instantáneamente en inglés y en español. Agricultores mexicanos explicaron la importancia de su lucha para guardar, sembrar y proteger su semilla criolla. La contaminación del maíz por las variedades transgénicas fue un tema nuevo para los agricultores estadounidenses, pero es crítico para la existencia de la agricultura campesina mexicana. Compañías de biotecnología están lanzando una gran ofensiva para legalizar el cultivo de maíz transgénico en México y buscan sustituir las variedades criollas con sus variedades protegidas por patentes.

En los Estados Unidos, el cultivo de maíz transgénico no sólo es legal, sino constituye una gran parte de la producción total. El control sobre todo—desde la semilla a la comercialización, y pasando por el cultivo y el almacenamiento—está controlado en muchos casos por las empresas transnacionales, Monsanto entre ellos. Dejan poco espacio para otros patrones de producción; Burkett se queja de que para cultivar algodón ha tenido que usar semilla modificada porque es a menudo la única semilla disponible.

Muy importante es decir que ambos se encuentran apretados por un mercado internacional controlado por corporaciones grandes. La regulación de ese mercado para proteger y apoyar a los agricultores pequeños es un llamado común. En la declaración final de este encuentro, los agricultores demandan una “reforma profunda” de la Ley Agrícola de EE.UU. 2007: “Queremos una ley agrícola que posibilite un precio justo, garantizando un precio mínimo por encima de los costos de producción.”

También sugiere políticas públicas que apoyen la agricultura orientada, no a las granjas grandes corporativas, sino a granjas familiares y a la sustentabilidad: “Para lograr eso hay que disminuir la sobreproducción, por medio de programas de manejo de la oferta, de conservación, y con reservas agrícolas manejadas por los agricultores familiares. Queremos que se cumplan las leyes anti-monopolios, que han sido ignoradas en las últimas décadas, para disminuir el control peligroso de las agroindustrias de los mercados agrícolas.”

Esta declaración hace un llamado importante para quitar de la agricultura las reglas de libre comercio, sean de la Organización Mundial de Comercio, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el TLC Centroamericano u otros. También exige la eliminación del capítulo agrícola del TLCAN. Los participantes avisaron que la liberalización completa del maíz y fríjol expulsará aún más campesinos de sus tierras. Alicia Serafín Cruz de la Sierra Norte de Puebla dice, “No hay tierras, o hay tierras pero no hay precios porque en el mercado todo es más barato. La gente está muy desanimada, hay desnutrición… con el Tratado de Libre Comercio nos están machacando.”

Cuando surgió la cuestión de la viabilidad de renegociar el TLCAN, Marentes recordó a todos que la batalla contra el TLCAN ha durado más de una década. “Empezamos a luchar contra el TLC antes de la firma y esta lucha no ha terminado,” afirmó. Refiriendo las palabras de Cesar Chávez, dijo, “No hay luchas perdidas, solo hay luchas abandonadas.”

Laura Carlsen es directora del Programa de las Américas del International Relations Center (www.ircamericas.org) en la ciudad de México.

Fuente: Programa de las Américas

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