Análisis

Los estadounidenses son siervos gobernados por oligarcas

Publicado el: Viernes, 21 de agosto del 2009

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por Paul Craig Roberts
19 de agosto, 2009

“Dentro de poco no habrá clase media. Tendremos unos pocos, y sólo unos pocos lores, y todos los demás, mendigos.”
R.L. Bushman

“Nos estáis dividiendo rápidamente en dos clases – los extremadamente ricos y los extremadamente pobres.”
“Bruto”

Los estadounidenses piensan que tienen “libertad y democracia” y que los políticos tienen que rendir cuentas en las elecciones. La realidad es que EE.UU. es gobernado por poderosos grupos de interés que controlan a los políticos con donaciones a sus campañas electorales. Nuestros verdaderos gobernantes son una oligarquía de intereses financieros y militares y de seguridad, y AIPAC [lobby israelí, N. del T.] que influencia la política exterior de EE.UU. en bien de Israel.

Echemos un vistazo a la política económica. Es dirigida en beneficio de grandes firmas financieras, como Goldman Sachs.

Los que recibieron 700.000 millones de dólares en fondos del TARP [Programa de Alivio para Activos en Problemas] fueron los bancos, no los millones de estadounidenses que han perdido sus casas, puestos de trabajo, seguro de salud, y pensiones. Los bancos utilizaron ese obsequio de capital para hacer más utilidades. En medio de la peor caída económica desde la Gran Depresión, Goldman Sachs anunció beneficios récord en el segundo trimestre y grandes bonificaciones de seis dígitos para cada empleado.

La política de bajos tipos de interés de la Reserva Federal es otro regalo a los bancos. Baja su coste de fondos y aumenta sus beneficios. Con la derogación de la Ley Glass-Steagall en 1999, los bancos se convirtieron en casas de inversión de alto riesgo que comercian con instrumentos financieros como ser derivados de tasas de interés y valores respaldados con hipotecas. Con abundantes fondos suministrados casi gratis por la Reserva Federal, los bancos no pagan prácticamente nada a los depositantes por sus ahorros.

A pesar de la política de bajas tasas de interés de la Reserva Federal, los bancos comenzarán a partir del 1 de octubre a aumentar la tasa porcentual anual (APR) para compras con tarjetas de crédito y adelantos de dinero y estados de cuenta que tienen una tasa disuasoria por pago atrasado. Los bancos también están aumentando las tasas por pagos atrasados. En medio de la peor situación económica desde los años treinta, estadounidenses fuertemente endeudados, que están perdiendo sus puestos de trabajo y sus casas, son desangrados hasta la bancarrota por los mismos bancos que están siendo subvencionados con fondos del TARP y bajas tasas de interés.

Además, es el público estadounidense el que está metido en apuros por el dinero del TARP y las bajas tasas de interés. Como el presupuesto del gobierno de EE.UU. está en números rojos en más de un 50%, hay que prestarse el dinero del TARP en el extranjero o tiene que ser monetizado por la Reserva Federal. Esto significa más presión sobre el valor de cambio del dólar de EE.UU. y un aumento en los precios de importación y también inflación en el interior.

Por lo tanto los estadounidenses pagarán por el TARP y los subsidios a las bajas tasas de interés a sus gobernantes financieros a través de la erosión del poder adquisitivo del dólar. Lo que estamos experimentando es una masiva redistribución de los ingresos del público estadounidense al sector financiero.

Y esto sucede bajo un gobierno demócrata encabezado por el primer presidente negro de EE.UU., con una mayoría demócrata en la Cámara y en el Senado.

¿Existe un gobierno en alguna parte que represente menos a sus ciudadanos que el de EE.UU.?

Consideremos las guerras de EE.UU. Al escribir estas notas, el coste pagado en efectivo de las guerras de EE.UU. en Iraq y Afganistán es de 900.000.000.000 dólares. Si se suman los costes futuros ya incurridos de las prestaciones a veteranos, interés sobre la deuda, el uso no aprovechado de los recursos para propósitos productivos, y otros costes similares tal como han sido calculados por el economista del Nobel Joseph Stiglitz y la experta presupuestaria de la Universidad Harvard Linda Bilmes, “nuestro” gobierno ha derrochado 3.000.000.000.000 de dólares –3 billones de dólares – en dos guerras que no traen beneficio alguno para algún estadounidense cuyos ingresos no dependan del complejo militar/industrial, ante el que nos advirtió un general de cinco estrellas, el presidente Eisenhower.

Ahora es un hecho probado que la invasión estadounidense de Iraq se basó en mentiras y engaño del público estadounidense. Los únicos beneficiados fueron las industrias de armamentos, Blackwater, Halliburton, oficiales militares que logran ascensos más rápidos durante la guerra, y los extremistas musulmanes cuya argumentación fue confirmada por el gobierno de EE.UU. mediante su agresión no provocada contra los musulmanes. Nadie más se benefició. Iraq no amenazaba a nadie, y la captura de Sadam Hussein y su ejecución después de un juicio irregular y arbitrario no tuvo efecto alguno sobre el fin de la guerra o para impedir el comienzo de otras.

El coste de las guerras de EE.UU. es un inmenso lastre sobre un país en bancarrota, pero el coste incurrido por los veteranos podría ser aún mayor. La falta de vivienda es una condición corriente de los veteranos, así como el estrés postraumático. Los soldados estadounidense, que combatieron ingenuamente por las guerras de la industria de la munición, por los altos pagos a los directores de la munición, y por los dividendos y las ganancias de capital de los accionistas de la munición, pagaron no sólo con vidas y extremidades perdidas, sino también con matrimonios rotos, carreras arruinadas, desórdenes psiquiátricos, y sentencias de prisión por no cumplir con pagos de manutención de menores.

¿Qué ganaron los estadounidenses gracias a una guerra incosteable en Iraq que dura mucho más que la Segunda Guerra Mundial y que llevó al poder a chiíes aliados con Irán?

La respuesta es obvia: absolutamente nada.

Que ganó la industria de armamentos: Miles de millones de dólares en beneficios.

Obama es el candidato presidencial que prometió terminar la guerra en Iraq. No lo ha hecho. Pero ha escalado la guerra en Afganistán, comenzado una nueva guerra en Pakistán, se propone repetir el escenario yugoslavo en el Cáucaso, y parece determinado a iniciar una guerra en Sudamérica. Como reacción a la aceptación por el presidente de Colombia títere de EE.UU., Álvaro Uribe, de siete bases militares de EE.UU. en Colombia, Venezuela advirtió a los países sudamericanos que “comienzan a soplar vientos de guerra.”

Tenemos un gobierno de EE.UU., totalmente dependiente de la generosidad de extranjeros para financiar la tinta roja, que se extiende en grandes cantidades hasta donde llega la vista, totalmente dominado por el complejo militar/seguridad, que nos destruirá a todos a fin de satisfacer las expectativas bursátiles de Wall Street.

¿Por qué le importa a algún estadounidense quién gobierna Afganistán? El país no tiene nada que ver con nosotros.

¿Calcularon los comités de servicios armados de la Cámara y del Senado el riesgo de desestabilizar a Pakistán armado con armas nucleares cuando aceptaron la nueva guerra de Obama en ese país, una guerra que ya ha desplazado a dos millones de paquistaníes?

No, claro que no. Los corruptos recibieron sus órdenes de la misma oligarquía militar/seguridad que mandó a Obama.

La gran superpotencia estadounidense y sus 300 millones de habitantes están siendo destruidos por los estrechos intereses de los grandes bancos y por la industria de armamentos. La gente, y no sólo los estadounidenses, está perdiendo a sus hijos, esposos, hermanos y padres sin otro motivo que los beneficios de las corporaciones de armamentos de EE.UU. y los crédulos estadounidenses parecen enorgullecerse de que así sea. Esas pegatinas en sus coches, todo terrenos y monstruosas camionetas proclaman su ingenua lealtad a la industria de armamentos y a los corruptos en Washington que promueven guerras.

¿Llegarán a comprender los estadounidenses, aplastados y destruidos por la política de “su” gobierno, que siempre pone a los estadounidenses en el último lugar, quiénes son sus verdaderos enemigos?

¿Se darán cuenta los estadounidenses de que no los gobiernan sus representantes elegidos sino una oligarquía que es dueña del prostíbulo Washington?

¿Llegarán algún día a comprender los estadounidenses que son siervos impotentes?

Paul Craig Roberts fue secretario adjunto del Tesoro en el gobierno de Reagan. Es co-autor de “The Tyranny of Good Intentions.” Para contactos, escriba a: PaulCraigRoberts@yahoo.com

Traducción: Germán Leyens, Rebelión

Americans: Serfs Ruled by Oligarchs

by Paul Craig Roberts
August 19, 2009

“In a little time [there will be] no middling sort.  We shall have a few, and but a very few Lords, and all the rest beggars.”

R.L. Bushman

“Rapidly you are dividing into two classes–extreme rich and extreme poor.” “Brutus”

Americans think that they have “freedom and democracy” and that politicians are held accountable by elections.  The fact of the matter is that the US is ruled by powerful interest groups who control politicians with campaign contributions.  Our real rulers are an oligarchy of financial and military/security interests and AIPAC, which influences US foreign policy for the benefit of Israel.

Have a look at economic policy.  It is being run for the benefit of large financial concerns, such as Goldman Sachs.

It was the banks, not the millions of Americans who have lost homes, jobs, health insurance, and pensions, that received $700 billion in TARP funds.  The banks used this gift of capital to make more profits. In the middle of the worst economic downturn since the Great Depression, Goldman Sachs announced record second quarter profits and large six-figure bonuses for every employee.

The Federal Reserve’s low interest rate policy is another gift to the banks.  It lowers their cost of funds and increases their profits.  With the repeal of the Glass-Steagall Act in 1999, banks became high-risk investment houses that trade financial instruments such as interest rate derivatives and mortgage backed securities. With abundant funds supplied virtually free by the Federal Reserve, banks are paying depositors virtually nothing on their savings.

Despite the Federal Reserve’s low interest rate policy, beginning October 1 banks are raising the annual percentage rate (APR) on credit card purchases and cash advances and on balances that have a penalty rate because of late payment.  Banks are also raising the late fee. In the midst of the worst economy since the 1930s, heavily indebted Americans, who are losing their jobs and their homes, are to be bled into bankruptcy by the very banks that are being subsidized with TARP funds and low interest rates.

Moreover, it is the American public that is on the hook for the TARP money and the low interest rates.  As the US government’s budget is 50 per cent or more in the red, the TARP money has to be borrowed from abroad or monetized by the Fed.  This means more pressure on the US dollar’s exchange value and a rise in import prices and also domestic inflation.

Americans will thus pay for the TARP and low interest rate subsidies to their financial rulers with erosion in the purchasing power of the dollar. What we are experiencing is a massive redistribution of income from the American public to the financial sector.

And this is occurring during a Democratic administration headed by America’s first black president, with a Democratic majority in the House and Senate.

Is there a government anywhere that less represents its citizens than the US government?

Consider America’s wars.  As of the moment of writing, the out-of-pocket cost of America’s wars in Iraq and Afghanistan is $900,000,000,000. When you add in the already incurred future costs of veterans benefits, interest on the debt, the forgone use of the resources for productive purposes, and such other costs as computed by Nobel economist Joseph Stiglitz and Harvard University budget expert Linda Bilmes, “our” government has wasted $3,000,000,000,000–three thousand billion dollars–on two wars that have no benefit whatsoever for any American whose income does not derive from the military/security complex, about which five-star general President Eisenhower warned us.

It is now a proven fact that the US invasion of Iraq was based on lies and deception of the American public.  The only beneficiaries were the armaments industries, Blackwater, Halliburton, military officers who enjoy higher rates of promotion during war, and Muslim extremists whose case the US government proved by its unprovoked aggression against Muslims. No one else benefitted.  Iraq was a threat to no one, and finding Saddam Hussein and executing him after a kangaroo trial had no effect whatsoever on ending the war or preventing the start of others.

The cost of America’s wars is a huge burden on a bankrupt country, but the cost incurred by veterans might be even higher.  Homelessness is a prevalent condition of veterans, as is post-traumatic stress.  American soldiers, who naively fought for the munitions industry’s wars, for high compensation for the munitions CEOs, and for dividends and capital gains for the munitions shareholders, paid not only with lives and lost limbs, but also with broken marriages, ruined careers, psychiatric disorders, and prison sentences for failing to make child support payments.

What did Americans gain from an unaffordable war in Iraq that lasted far longer than World War II and that put into power Shi’ites allied with Iran?

The answer is obvious: nothing whatsoever.

What did the armaments industry gain?  Billions of dollars in profits.

Obama is the presidential candidate who promised to end the war in Iraq.  He hasn’t.  But he has escalated the war in Afghanistan, started a new war in Pakistan, intends to repeat the Yugoslav scenario in the Caucasus, and appears determined to start a war in South America.  In response to the acceptance by US puppet president of Columbia,  Alvaro Uribe, of seven US military bases in Columbia, Venezuela warned South American countries that the “winds or war are beginning to blow.”

Here we have the US government, totally dependent on the generosity of foreigners to finance its red ink, which extends in large quantities as far as the eye can see, completely under the thumb of the military/security complex, which will destroy us all in order to meet Wall Street share price expectations.

Why does any American care who rules Afghanistan?  The country has nothing to do with us.

Did the armed services committees of the House and Senate calculate the risk of destabilizing nuclear armed Pakistan when they acquiesced to Obama’s new war there, a war that has already displaced two million Pakistanis?

No, of course not.  The whores took their orders from the same military/security oligarchy that instructed Obama.

The great American superpower and its 300 million people are being driven straight into the ground by the narrow interest of the big banks and the munitions industry.  People, and not only Americans, are losing their sons, husbands, brothers, and fathers for no other reason than the profits of US armaments corporations, and the gullible American people seem proud of it.  Those ribbon decals on their cars, SUVs and monster trucks proclaim their naive loyalty to the armaments industries and to the whores in Washington who promote wars.

Will Americans, smashed and destroyed by “their” government’s policy, which always puts Americans last, ever understand who their real enemies are?

Will Americans realize that they are not ruled by elected representatives but by an oligarchy that owns the Washington whorehouse?

Will Americans ever understand that they are impotent serfs?

Paul Craig Roberts was Assistant Secretary of the Treasury in the Reagan administration. He is coauthor of The Tyranny of Good Intentions. This fall CounterPunch/AK Press will publish Robert’s War of the Worlds: How the Economy Was Lost. He can be reached at: PaulCraigRoberts@yahoo.com

Fuente: CounterPunch

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