Torturas, programas secretos e ilegalidades, forman parte indisoluble de sus “tareas”

por Marta G. Sojo (inter@bohemia.co.cu)
16 de octubre de 2009
Hay comentarios históricos de que nunca la Agencia Central de Inteligencia (CIA) olió bien. No pocos se preguntan por qué tanta “novedosa” sorpresa entre algunos personajes, si es evidente que las prácticas de esta entidad nunca han sido ortodoxas, y a cada rato salen a relucir las barbaridades en las que se ha visto envuelta más de una vez.
Las turbulencias en la actualidad siguen siendo más de lo mismo. Según testimonios recientes, se supo de la existencia de un programa ultrasecreto de espionaje del cual ni el propio actual director, León Panetta, había sido informado cuando asumió el cargo.
El programa no se había activado, aunque fue ordenado después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, y pasó a las sombras a petición del ex vicepresidente Dick Cheney. Tan oculto estaba que tampoco lo conocían los congresistas federales encargados en el Capitolio de los asuntos de inteligencia.
El plan incluía la creación de grupos paramilitares para el asesinato de miembros de la organización Al Qaeda en Paquistán y otras naciones. Estas revelaciones de que la CIA no informó al Congreso sobre un proyecto para asesinatos en el exterior impulsaron la turbulenta disputa entre la comunidad de inteligencia y varios dirigentes políticos, en medio de la cual siete ex directores de la Agencia solicitaron formalmente que no se investigue a la entidad para “no comprometer las operaciones encubiertas y la protección del país”.
Sin embargo, ya desde antes se ha venido hablando que la CIA destruyó alrededor de un centenar de cintas de interrogatorios secretos realizados en los últimos años, un procedimiento para suprimir las evidencias de las torturas y actos ilícitos que había ejecutado a partir de la declaración de guerra contra el terrorismo enarbolada por el ex presidente W. Bush, proceder que varias organizaciones no gubernamentales reclaman enjuiciar.
No hace tanto se publicó un informe en Estados Unidos sobre torturas en las denominadas “cárceles secretas” de la CIA, otro aspecto en debate. En sí, el informe no revela absolutamente nada nuevo. Lo diferente radicó en que esa información quedó asentada en blanco y negro en un documento. Además, han circulado cientos de fotos sobre el escandaloso asunto.
Entre las prácticas abusivas están las del simulacro de ahogamiento con agua, las amenazas de dispararles con pistolas a los retenidos, herirlos con taladros eléctricos, y las amenazas de asesinar a sus hijos o de “cometer atropellos sexuales en público contra las familias de los arrestados”.
Una añeja práctica
Algunas prácticas se repiten. Consta que las torturas con el uso del agua ya se practicaban en la Unión Americana desde el siglo XIX. Después en las cárceles de alta seguridad hasta la década de los años 50 del siglo anterior, y fueron oficialmente autorizadas durante la guerra de Vietnam. Ya a partir de 2001, la CIA continuó con la vieja usanza en sus centros clandestinos de detención, situados fuera de sus fronteras.
Por cierto, es ilegal totalmente que la CIA tenga cárceles bajo su control, puesto que no entra entre sus funciones practicar arrestos o internar civiles en prisiones dentro de territorio estadounidense. Por esa razón, los sospechosos que la Agencia captura en Afganistán, Iraq o en algún otro país, son enviados inmediatamente a penales improvisados en el extranjero.
Otros cuestionamientos tienen que ver con la actuación de los médicos que asistieron a sesiones de tortura, doctores y psicólogos responsables de tan execrables acciones, al igual que los torturadores, más quizás al violar el juramento que realizan los galenos de cumplir estrictamente la misión de salvar vidas.
Hasta el presente, Barack Obama no ha hurgado con fuerza en el infame pasado de la presidencia de W. Bush, pero cada vez hay más insistencia en indagar sobre las violaciones perpetradas por la anterior administración.
Como decía un comentario de la BBC de Londres, “hablar mal del Gobierno anterior es una estrategia que el actual presidente de EE.UU. ha usado discretamente en sus primeros meses de gobierno. Es una excusa discursiva que ha empleado algunas veces mientras pide mirar al futuro”.
No obstante, recientemente, y en una tentativa por apartarse de toda la suciedad que ha ensombrecido la imagen del país con la “cruzada contra el terrorismo internacional”, la Casa Blanca creó, según apuntan fuentes periodísticas, “una nueva unidad de interrogatorios que estará bajo la supervisión directa del Consejo de Seguridad Nacional, al tiempo que el secretario de Justicia, Eric Holder, nombró a un fiscal para que investigue un grupo de casos de abuso a prisioneros acusados de terrorismo, y contra quienes se emplearon las llamadas técnicas de interrogatorio mejoradas por parte de agentes o contratistas de la CIA”.
Reflexionaba Marco A. Gandásegui en un comentario publicado en ARGENPRESS, que en realidad el Gobierno “quiere abordar con guantes de seda y sin ensuciarse las manos, los abusos y las torturas que cometió su antecesor George W. Bush en su guerra contra el terrorismo. Pero no lo podrá hacer debido a lo complicado del asunto”. Y tiene toda la razón el analista.
Otros turbios socios
En todo este mejunje está involucrada la compañía de mercenarios Blackwater, luego de conocerse su papel en los programas secretos estadounidenses. Desde al menos el año 2002, Blackwater actúa en Afganistán y Paquistán para la CIA en trabajos “negros” o “sucios”. El periódico The New York Times publicó el 19 de agosto último que la empresa era, “la pieza central de un programa de asesinatos de la CIA ordenado por el ex vicepresidente Dick Cheney”.
A la vez se conoció que Blackwater prosigue ejerciendo un lugar principal “en la ampliada guerra aérea en Paquistán y Afganistán, donde se encarga de equipar y armar los aviones teledirigidos”. Al mismo tiempo, está siendo investigada por el Departamento de Justicia por posibles delitos, que abarcan el contrabando de armas y la comisión de homicidios, mientras que el Departamento del Tesoro la tiene bajo ojeriza por probable evasión de impuestos.
Habrá que ver en el futuro cómo avanzan estas pesquisas y si ellas pudieran afectar en algo a la actual administración, ya que su equipo de asesores tiene ciertos temores de que hurgar demasiado en la historia pudiera dañar la aprobación congresional a las propuestas impulsadas por Obama.
Pero el no hacerlo también traería resultados negativos, apuntan los analistas, quienes señalan que no llevar a cabo las investigaciones podría deteriorar la imagen del Presidente entre sus seguidores.
Sea como fuere, lo que sí es seguro es que el trabajo de la CIA ni cesará ni disminuirá. Sus espías continuarán diseminados por doquier, y tampoco desaparecerá la fama que le impregnó su tercer director, Alan Dulles, por ejecutar operaciones encubiertas y trabajos sucios, expediente por el cual arrastra su mala fama desde hace más de 60 años.
Como bien se decía en 1968 en un comentario de la revista Planeta, “la CIA es mucho más que un servicio de espionaje. Es un verdadero gobierno clandestino”.
Por eso queda por saber hasta dónde llegará el fiscal en la búsqueda de los culpables de las torturas, conspiraciones y otras ignominias, aunque por ley de la vida de la “democracia” gringa, si acaso pagarán los actores secundarios, porque las primeras figuras, como siempre, quedarán exoneradas.
Fuente: Bohemia


