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Cómo integrar las estrategias de izquierda

Direct Action, por Molly Fair (justseeds.org)

Direct Action, por Molly Fair (justseeds.org)

por José Luis Vega Carballo
18 de noviembre, 2009

El tema de las condiciones y la naturaleza de la lucha y las alianzas requeridas, siempre ha inquietado a las izquierdas desde la Revolución francesa y demás revoluciones burguesas que abrieron camino al triunfo del capitalismo. Fue asimismo abordado por los dirigentes de las revoluciones socialistas del siglo XX llevadas a cabo en distintos países en medio de guerras, contradicciones y crisis cíclicas propias de ese sistema. Caído el muro de Berlín y colapsado el modelo socialista soviético, el capitalismo entonces victorioso enfrenta hoy día quizás la más grave crisis de su historia por el fracaso del modelo neoliberal, abriéndose opciones de mudanza sistémica que plantean una vez más a las izquierdas la necesidad de debatir acerca de lo que implica el acceso al poder en sus distintas formas (electorales y no-electorales) bajo estas nuevas circunstancias histórico-políticas, muy críticas para el futuro de la humanidad y el planeta.

En primer lugar, resurge el debate sobre las alianzas entre las distintas variedades de izquierda: desde la vieja izquierda comunista o marxista-leninista, pasando por la reformista y socialdemócrata conservadora, hasta llegar a los sectores radicales o transformistas que añoran volver al tiempo de las grandes revoluciones del siglo XX. En segundo lugar, urge evaluar lo logrado en materia de acceso al poder gubernamental por la vía electoral  y parlamentaria usada por  muchos partidos y movimientos de izquierda -entre ellos por el llamado “progresismo” en países de Suramérica-, en vista de la tendencia a querer inmovilizarse en esta opción institucional y  descartar iniciativas que cuestionen las relaciones del poder real (económico-social) y la propiedad monopólica de los medios de producción y comunicación en manos empresariales y derechistas. En tercer lugar, también hay que sopesar los riesgos innegables de aliarse en cualquiera de esas vías con otras fuerzas y orientaciones hacia el centro-derecha del espectro político, con las cuales siempre resurgen los problemas del oportunismo que desatan choques entre diversas corrientes de la izquierda. Y, en cuarto lugar, conviene a la izquierda actualizar su identidad ideológica junto a su visión estratégica, político-programática y organizativa (incluido el tema de la dirección política) de cara a una renovada lucha por un Socialismo Nuevo; lucha en la cual no se repitan errores ni esquemas del pasado, en especial los que terminan provocando la integración y la estabilidad del capitalismo, como sucede con el neo-keynesianismo y el progresismo social-demócrata.

Se trata, entonces, de discutir como mínimo alrededor de esos puntos de agenda. Se vislumbran en ésta problemas antiguos por resolver junto a nuevos retos históricos surgidos en este siglo XXI, no solo en los grandes centros internacionales del capitalismo sino también en las periferias intermedias y más débiles que pretende dominar el G-20. Será clave enfocar, en ambos ámbitos, muchos problemas concretos de trasfondo, en especial la inestabilidad, fracturación y exclusión introducidos por la actual crisis sistémica mundial extendida desde la dimensión financiera y económica hasta otras que la complican y potencian sinérgicamente en varias esferas (geopolítica-militar, ecológica-energética, socio-cultural, ética-ideológica, etc.). Una coyuntura crítica, que hace brotar escenarios muy favorables para el despliegue de nuevas fórmulas de organización, movilización social y correlativa acción política de las izquierdas; proceso en el cual deberán superarse las limitaciones de aquellos esquemas de lucha que fracasaron o frenaron sustantivos avances hacia el poder, fuera por vía parlamentaria o extra-parlamentaria, precisamente porque fueron encasillados en una sola de esas vías sin disponer de fórmulas flexibles, eficaces y viables de combinación y complementación de opciones, con descuido a veces total de la necesidad de construir una hegemonía alternativa frente a la derecha, el Consenso de Washington y el G-8.

En fin, pareciera que lo más aconsejable a la hora de emprender una reflexión fructífera que abarque el tema de alianzas y las coordinaciones  es, como dicen los estrategas de la derecha, colocar todas opciones sobre la mesa, sin descartar ninguna a priori por un excesivo idealismo o prurito principista. Sin que esto deba implicar la renuncia a valores y aspectos esenciales definitorios y diferenciadores de una identidad contestaría de izquierda, entre ellos: el compromiso con la equidad, la solidaridad y la justicia; el respeto a la libertad y el pluralismo ideológico-cultural; la democratización y socialización de la propiedad de los medios de producción y comunicación; la sostenibilidad y la protección ambientales; la promoción de los Derechos humanos integrales; la preferencia por la ciudadanía frente a las jerarquías elitistas; el apego a la ética, la transparencia y la efectiva rendición de cuentas; el secularismo, etc.

Pero, donde hay que enfatizar la discusión y el trabajo conjunto es en el campo organizativo y del desarrollo estratégico con visión totalizante; un terreno donde debe converger el manejo táctico y de conjunto de todas las luchas tanto reformistas como contestarías y anti-capitalistas, surgidas en diversidad de frentes, cada uno con sus particularidades de socialidad y de tiempo-espacio histórico, incluidas las forjadas por las nuevas democracias populares del continente. Allí habrá que considerar la interrelación entre coyunturas particulares (cambiantes) y las estructuras sistémicas (más estables) que vertebran las relaciones Estado-sociedad civil en cada país o región; los escenarios de presente y de futuro; los niveles sectoriales junto a los locales, regionales y globales de organización, movilización y lucha prolongada. Y no dejar de pensar, al actuar e incidir a la vez en todas esas esferas, en la necesidad de sostener el norte de la integración inter-izquierdas para el ejercicio más completo y afirmativo en pos de la hegemonía, sin la cual resultaría imposible consolidar las iniciativas y los avances con unidad en diversidad frente a cualquier ofensiva derechista e imperial. En esto habrá que reconocer que la locomotora de la izquierda no debe quedarse a medio camino, anclada al  (pseudo) progresismo temeroso y conservador. Porque allí corre el riesgo de ser devuelta pendiente abajo, si deja de avanzar a través de esfuerzos contestarios y emancipatorios de alteración sistémica del capitalismo y de concomitante apertura de rumbos hacia un socialismo nuevo para el siglo XIX. Al respecto, siempre conviene recordar lo dicho por Rosa Luxemburg: “Quien apuesta únicamente por el reformismo, no apuesta por un objetivo socialista, sino por afianzar la senda del capitalismo”.

Fuente: Columna “Pensamiento Crítico”, Nuestro País

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