
Parte 1
Fuente: Nuestro País
por Rogelio Cedeño Castro
29 de diciembre, 2009
El solo hecho de pensar que el acto de emitir un voto en las próximas elecciones generales del primer domingo de febrero, va a transformar, en alguna medida, los elementos o componentes esenciales que conforman aquellas situaciones de nuestra vida cotidiana que más nos afectan y nos duelen de verdad o, menos aun, en el caso de aquellos otros, que por una vía más general, compleja y abstracta, terminarán por influenciar, de una manera negativa o favorable, el universo de nuestra inmediatez, constituye el acto de la mayor de las ingenuidades posibles. Pese a lo anterior, el propósito, no siempre explícito, de intervenir en un determinado proceso electoral, votando o no, es el de ejercer alguna influencia sobre el curso de los acontecimientos, ya sea dentro de una dimensión psicológica e individual o sociológica, al calor de algunos rasgos de la coyuntura histórica. Es así como, a partir de estas consideraciones iniciales intentaremos, a lo largo de las próximas semanas, introducir el debate sobre un asunto tan delicado y sobre el que, por lo general, no hay ninguna verdadera discusión, al interior de las mal llamadas sociedades democráticas del cambio de siglo.
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Al candor de muchas almas, que de verdad piensan que vivimos en una sociedad
democrática, se unen la perfidia y el halago de los intereses de las elites
políticas locales, enraizadas en el mundo de la vieja política
costarricense, para quienes vivir de la política y de la mentira
sistemática constituye la única realización posible. Es entonces, cuando la
demagogia o el arte de seducir o engañar a las masas, haciéndolas escuchar
lo que presuntamente resulta de su agrado, muestra sus mejores galas y la
política legislativa de los vendepatrias, impulsores del TLC con los Estados
Unidos y su agenda complementaria, propia del grupo de los 38 diputados, más
el voto de la tránsfuga Andrea Morales, se presenta como algo lejano y
perteneciente a otra galaxia.
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De esta manera, los cómplices del liberticidio de hace pocos meses atrás,
dentro del plenario legislativo, juegan a presentarse, a lo largo de la
campaña electoral, como antagónicos y hasta como salvadores de la nación
(¿¿¿??), de tal manera que doña Laurita se limita a decirnos que se trata de
seguir adelante, no importa si esto quiere decir hacia el precipicio. Ni
siquiera en esto se muestra firme y honesta con sus mentores, los Hermanos
Arias, para quienes ir hacia adelante, es seguir la con la defensa a
ultranza de sus intereses particulares y nada más. Su sospechoso populismo
(mala palabra para el régimen) se torna sólo comparable con los malabares
que lleva a cabo, con gracia y audacia, don Otto Guevara y sus seguidores
del Movimiento Liberticida para ganarle la partida a su otra cara dentro de
la derecha radical del régimen, representada por la angelical doña Laurita,
todo ello en contraste con la falta de glamour de don Ottón Solís y su
indefinida indefinición, con la que ha conducido a la acción ciudadana, a
una de sus campañas políticas más anodinas. ¿Seguirá don Ottón pensando que
la política puede hacerse en el vacío y sin asidero alguno en el plano de la
realidad?
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Los graves problemas de legitimación presentes en toda la región
centroamericana alcanzaron su cúspide con el golpe militar del 28 de junio
anterior, en Honduras, con el que se derrocó al presidente Manuel Zelaya y
se notificó al resto de los países latinoamericanos que la era de las
democracias de baja intensidad, con escasa o ninguna participación popular
efectiva, había terminado y que, de ahora en adelante, cada vez que los
intereses oligárquicos y la geopolítica imperial se vean afectados, los
gorilas saldrán de los cuarteles con la bendición de los medios de
comunicación masivos, al servicio del régimen imperante, cuya tarea será la
de decir que no hubo ningún golpe militar, sino una renovación del poder
político. La derecha con su vocación totalitaria no dudará en acudir a
cualquier arma, incluso a la audaz mentira de que ella y nadie más
representa a la democracia en la región, denostando a una vieja izquierda,
poco dada al estudio y al ejercicio de la imaginación, la que aún no logra
sacudirse de los pecados totalitarios del estalinismo, que durante mucho
tiempo representó al único socialismo realmente existente, haciendo
imposible la conciliación entre socialismo y democracia, al ignorar las
advertencias de Rosa Luxemburgo a Lenin y a Trotsky, allá en los albores de
la revolución rusa y las tradiciones ácratas del verdadero movimiento
libertario (anarquista).
Parte 2
Fuente: Nuestro País
Si la idea misma de tomar parte en unas elecciones determinadas, pero sobre todo de hacerlo dentro de los cánones de una cierta coyuntura histórica, ya sea emitiendo el voto o rehusándonos a votar, nos plantean toda una serie de interrogantes, de la más variada índole; nos encontramos también con la circunstancia de que, con mucha más razón y peso, el hecho mismo de concretar y plasmar en actos esas decisiones a tomar, las que habrán de traer las más diversas consecuencias, tanto en lo inmediato, como en el mediano y en el largo plazo, nos obligan a profundizar en la reflexión sobre el sentido más profundo de nuestros actos, no sólo como individuos, sino también como integrantes de una cierta colectividad social, al menos si no asumimos, en sus más siniestros alcances, las tesis políticas y sociales de la británica Margaret Thatcher, la más fiel mentora del capitalismo ultraliberal de este cambio de siglo, y lo que de ellas se desprende, acerca de que ella no veía ninguna sociedad y por lo tanto, la sociedad humana no podía tener una existencia efectiva, en contraste con la siempre real y hobbesiana (de Thomas Hobbes y su filosofía política) existencia de los individuos competitivos, fuertes y triunfadores.
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El drama que se vive en todo el istmo centroamericano, al finalizar la primera década del siglo XXI, no puede ser más desolador en todos los órdenes de la vida social, en especial por los cuadros de miseria y degradación social que se observan por toda la región. En esas condiciones jamás podrá construirse una paz firme y duradera dado el hecho de que, lo reiteramos una vez más, los acuerdos de paz de finales de los ochenta y principios de los noventa, nunca permitieron superar las causas, de orden social y económico, que llevaron al conflicto armado. En el ámbito de las decisiones y acciones propias de eso que llamamos la política, la mascarada electoral del domingo 29 de noviembre en Honduras, con que se buscaba legitimar el golpe militar, del 28 de junio pasado, es apenas el preludio de la ofensiva totalitaria, de corte fascista, con que las oligarquías centroamericanas buscan mantener, sin cambio alguno, un statu quo que sumerge a la mayorías del istmo en la miseria y la desolación.
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La mascarada electoral hondureña no anda muy lejos de la que tendrá lugar en Costa Rica dentro de pocas semanas, sólo que en nuestro caso la calidad del lavado de cerebro de que es objeto la mayoría de la población, le evita a los personeros del régimen imperante el acudir al desagradable recurso de echar los gorilas contra la población, tal y como sucedió en las calles de Tegucigalpa, San Pedro Sula y otras ciudades del vecino país. El caso de Honduras fue muy revelador en el sentido de cómo frente a una circunstancia histórica tan sombría la abstención electoral masiva, impulsada por el Frente de Resistencia al golpe militar, asume un sentido pleno, dentro de lo que se perfiló desde el inicio como una decisión, de naturaleza colectiva, a pesar de que la dictadura mediática regional e internacional pretendió ocultar y hasta negar que apenas una quinta parte de los electores inscritos acudieron a los centros de votación. Para la derecha regional, que maneja un discurso y unas prácticas democráticas solo de la boca para afuera, la elección del reaccionario Porfirio Lobo, con tan exiguas cifras, constituye una clara expresión de la voluntad soberana del pueblo hondureño, cuando en realidad de lo que se trata es de la consumación de la más grotesca mascarada electoral en el istmo, con los auspicios del imperio y sus secuaces regionales: Óscar Arias y doña Laurita allí incluidos.
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La ausencia de un verdadero debate, con propuestas de fondo sobre el proyecto de país (si es que esto continúa siendo posible para los países que conforman la América Central) que estarían reflejando los distintos candidatos presidenciales en Costa Rica, a lo largo de esta no campaña electoral, no es sino el resultado de un hecho esencial: el que las decisiones más importantes acerca del rumbo, presuntamente nacional, para los próximas décadas, se tomaron en otro tiempo y lugar. La aprobación del TLC con los Estados Unidos (TLC-CAEU-RD), y sobre todo, la llamada agenda complementaria a ese tratado, por parte del Partido Liberación Nacional (entiéndase doña Laurita y sus muchachos) y el Movimiento Libertario (don Otto Guevara, el que pretende ahora hablar de cambios radicales, cuando estos ya ocurrieron en el peor sentido) constituyen los vectores que marcarán el rumbo de Costa Rica, durante un período histórico que va mucho más lejos que la presente y patética mascarada electoral de las últimas semanas. De ahí la ausencia de contenidos serios durante la fase inmediatamente anterior a las votaciones de febrero.
Parte 3
Fuente: Nuestro País
Los procesos o campañas electorales se mueven, por un lado, entre las manipulaciones de los grupos de poder económico quienes, por lo general, financian a sus favoritos para se encarguen de proteger sus intereses económicos y den soporte a sus ansias de dominación, en los más diversos órdenes de la vida social, y por el otro, en medio de los resultados de una serie de circunstancias y procesos al azar, donde la suerte –por así decirlo- entra a jugar con sus, a veces ciegas determinaciones, si nos atenemos a las bellas metáforas empleadas por Nicolás Maquiavelo (1469-1527), cuando hacía referencia al papel desempeñado por la fortuna y la virtud en el duro quehacer de la política. Es por ello que dentro del difícil arte de la política, aun de aquella con minúscula que llevan a cabo las mediocres y autistas elites criollas de la región, el curso de los acontecimientos puede dar lugar a verdaderas sorpresas, las que terminan dando al traste con las expectativas de aquellos que, de manera arrogante, afirman tener todo controlado, durante todo el tiempo.
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La mascarada electoral que vive Costa Rica en estos momentos, dentro de una sociedad en donde el autoritarismo político, social y cultural es cada día más notorio no es, en modo alguno, la excepción de regla como tampoco algunas similares como la de Honduras, hace pocas semanas, llevada a cabo en condiciones equivalentes al estado de sitio y con una, más que evidente, ausencia de garantías ciudadanas, o la de Chile, en donde como se dijo en el Diario La Nación, de San José Costa Rica, con una gran dosis de alivio para sus editores, los dos candidatos que tenían más posibilidades de triunfo son de la derecha: Es decir, la pìnochetista y la otra que, entre otras cosas, se ha encargado de administrar, de manera concertada, el modelo político y económico dejado por la dictadura militar empresarial de ese país, a lo largo de los últimos veinte años, desde que los militares abandonaron, de manera formal, el control del poder ejecutivo.
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Sucede que mientras los chilenos se preparan para una segunda ronda electoral o ballotage, para el día 17 de enero entrante, con el propósito de escoger (¿¿??) a sus gobernantes entre esas dos opciones de la derecha, sus
homólogos y también despistados ciudadanos costarricenses (¿cómo es que podrían no serlo?, dado el elaborado y totalitario manejo de los principales medios de comunicación que existe en ambos países) se disponen a emitir su voto, el primer domingo de febrero, para designar a su presidente y a sus diputados, quienes estarán en esos cargos sin posibilidad alguna de mandato revocatorio, durante los próximos cuatro años. En uno y otro caso resulta notoria la ausencia de democracia verdadera, lo que se traduce en una fuerte dosis de desgano entre el electorado, lo que en el caso de Chile llevó a que un candidato presidencial, hasta ahora casi desconocido, Marco Enríquez Ominani, obtuviera más del 20% de los votos emitidos en la primera ronda electoral, de mediados de este mes, lo que puso en crisis el modelo político hasta ahora imperante en Chile y evidenció asimismo su carencia de legitimidad.
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Dentro de tan diversas circunstancias, y desde una perspectiva regional y continental, es que resulta conveniente, de acuerdo con nuestra modesta opinión, plantearse el debate acerca de la conveniencia de votar o no en unas elecciones determinadas, en un país y en una sociedad también determinados. Ahora bien, si el problema se plantea como una opción individual, al estilo de la tradición del anarquismo individualista de Max Stirner o Henry Thoreau, se trataría de seguir, en todos los casos, los preceptos de un determinado código de ética y en consecuencia no emitir nunca un voto, sin importar cuáles puedan ser las circunstancias específicas. Ahora bien, si de lo que se trata es de una decisión de naturaleza colectiva y por lo tanto social y política, en su sentido más amplio, el asunto resulta ser esencialmente diferente y sus consecuencias pueden serlo también sobre todo, si en este último caso, se busca producir algunos resultados que tengan cierto impacto sobre el conjunto de la vida
social y política.
Parte 4
Fuente: Nuestro País
El tema de la participación electoral no es un asunto simple, en cualquiera de las dimensiones, dentro de las que lleguemos a plantearnos su abordaje: ya sea como el resultado de una decisión, en estricto sentido personal, la que parte lo más profundo de la conciencia de los individuos, o como la consecuencia de una decisión colectiva, ya sea grupal o partidista.
Es por ello que no deja de llamarnos la atención en este debate, si es que cabe calificarlo de esta manera, la total inocencia de quienes conforman aquel sector que, por lo general, llama a votar por tal o cual opción de las que están hoy planteadas en la arena electoral, especialmente en cuanto al manejo del proceso de la elección en si misma.
Es decir, que parten de un supuesto equívoco, como es el de pensar de que las elecciones o comicios en Costa Rica, al igual que en otros países de la región, se manejan de una manera libre y honesta y que dentro de ellas, al parecer todos los contendientes tienen las mismas oportunidades. Nada más falso, como veremos a continuación.
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Para el caso de Costa Rica, la mal llamada Suiza Centroamericana, sobre todo por la aversión de las elites y clases dominantes hacia las consultas directas a la ciudadanía, propias de las más caras tradiciones y valores del pueblo helvético y su democracia cantonal, de la que tanto se ufanaba el filósofo político ginebrino Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), nos encontramos con que el verticalismo y la arrogancia centralista de quienes han detentado el poder desde tiempos inmemoriales, nos hace dudar de cualquier ilusión o expectativa democrática verdadera.
Por otra parte, es falso de toda falsedad, afirmar que en nuestro país los gobernados (por lo general víctimas del poder el estado y la burocracia, de cualquier signo ideológico) escogen a sus gobernantes cuando ingresan al recinto electoral, cuando en verdad los candidatos para ocupar tales puestos (con posibilidad de triunfo) surgen de la imposición del poder económico y familiar de unas cuantas camarillas. Se trata, a lo sumo de escoger, de manera colectiva, a los amos que sustituirán a los que, en estos momentos, nos dominan.
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Todo lo anterior con el agravante de que las elecciones generales de 2006, al igual que las anteriores, manejadas por el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), una pieza esencial del régimen oligárquico imperante, ni siquiera lograron satisfacer las demandas ciudadanas en cuanto a las condiciones mínimas de legitimidad y de legalidad en los procedimientos, en especial en lo que referente al recuento de los votos (elemental mi querido Watson, como solía decir Sherlock Holmes, la creatura de Sir Arthur Conan Doyle), por lo que ni siquiera estamos seguros de que el desgobierno de los Hermanos Arias fue el escogido por la ciudadanía. En otras palabras, que las elecciones de 2006 y el referéndum, de octubre de 2007 (el único de nuestra historia republicana) fueron fraudulentos, por muy diversas razones.
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Entre ellas, la manipulación del proceso electoral de 2006, por parte de algunas empresas encuestadoras, que llegó a ser uno de los actos más grotescos de que se tenga memoria, sin que casi nadie se atreviera a señalarlo en su oportunidad (destaco, a título de excepción, las valientes denuncias y el análisis del politólogo Alberto Cortés, en algunos artículos). Es así como dos semanas antes de la fecha de los comicios, el principal diario de la oligarquía publicó un titular de primera página en el que se afirmaba, por parte de una conocida empresa encuestadora, que su candidato, Óscar Arias desde luego, llevaba 25 puntos de ventaja sobre su principal contrincante, el señor Ottón Solís. Una vez efectuados los comicios los resultados fueron muy diferentes, como fue de conocimiento público y con grandes reticencias, por parte del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), se llevó a cabo el recuento manual de los votos, como un paso previo a la designación del candidato elegido, quedando muchas dudas flotando en el aire. En los comicios del próximo mes de febrero ni siquiera esto será posible, dada la arbitrariedad del régimen imperante en nuestro país, pues el TSE eliminó ese procedimiento y la declaración de elección se hará con base a los datos provisionales que envíen las juntas receptoras de votos. Es así como la mascarada electoral sigue adelante.
Parte 5
Fuente: Nuestro País
Desde que iniciamos esta reflexión por entregas acerca de lo que, según nuestro juicio, está ocurriendo de verdad en el mundillo de la política costarricense, hace ya algunos días, hemos procurado ser cuidadosos en el análisis de un tema tan complejo, aunque a simple vista –por así decirlo- no resulte serlo para un gran sector de la población. Es por ello que nos hemos cuidado, dentro de lo posible, de no prescribir recetas, ni entrar en el juego de las descalificaciones hacia muchos compañeros que, en lo referente al tema de la participación electoral, sostienen opiniones distintas y hasta antagónicas. En realidad, se trata de un ejercicio con el que pretendemos
dilucidar en voz alta los pro y los contra de las distintas tesis diferenciando, dentro de nuestras propias circunstancias, las situaciones puramente coyunturales de lo que son los enunciados o principios generales, propios de un ideario político, de verdad democrático. Desconocer la influencia de las primeras equivaldría a volverle la espalda a la realidad y hacer omisión de los segundos podría llevarnos al oportunismo más nefasto y
descarado.
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Dentro del despliegue de los elementos presentes en esta discusión, nunca llevada a cabo, en nuestro medio, de manera sistemática y teniendo en cuenta todos sus alcances, resulta también indispensable despegarnos de las visiones de corto plazo, las que por lo general empobrecen el análisis del fenómeno político y limitan las posibilidades de un tipo de acción que tenga efectos perdurables en ese campo. No estamos simplemente ante el hecho de que haya que votar hoy o evitar hacerlo mañana, o en alguna otra situación coyuntural, sino de visualizar los alcances de esas decisiones en el mediano y en el largo plazo, teniendo en cuenta todo el panorama social y político regional, lo que implica tener una visión que trascienda las fronteras del estado nacional (en este caso Costa Rica) dentro del cual habitamos, involucrando los conceptos de región (por ejemplo la América Central) y área continental en el análisis.
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La mascarada electoral que está teniendo lugar en Costa Rica, durante estos días, no les otorga a sus principales protagonistas, cuyas diferencias ideológicas son sólo circunstanciales (¿Es qué hay diferencias sustanciales entre don Otto, el liberticida y doña Laurita, la fascistoide vergonzante que vayan más allá de una cuestión de estilo?), un grado mayor de legitimidad que el que presuntamente obtuvieron los protagonistas de la que tuvo lugar en Honduras, el pasado domingo 29 de noviembre del año anterior: el dictadorzuelo Roberto Micheletti y el presunto ganador de esos comicios, el candidato del Partido Nacional, Porfirio Lobo, quienes se impusieron acudiendo al más descarado uso de todas las formas de violencia posibles y en donde la abstención electoral, impulsada por el Frente de Resistencia al golpe militar, fue el principal protagonista de la jornada. La violencia en nuestro medio, a diferencia del caso hondureño, reside en la desproporción de recursos financieros de que disponen los candidatos de la oligarquía y en el permanente lavado de cerebro que llevan a cabo los principales medios de (in)comunicación social, lo que impide que nuestra mascarada electoral sea mejor que la hondureña, una farsa que por cierto contó, en todo momento, con la complicidad de los actuales gobernantes de Costa Rica.
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La ausencia de una democracia verdadera que permita de verdad la expresión del sentir popular, se hace cada vez más notoria en ambos países centroamericanos, con el agravante para el caso de Costa Rica, de que estos hechos representan la pérdida de un cierto grado de democracia, mantenido al menos en el imaginario político, la que ha sido impulsada por el régimen de los Hermanos Arias, para quienes los problemas de la democracia no se resuelven con más democracia, si nos atenemos a unas declaraciones recientes de quien se desempeña como presidente de la república de Costa Rica. La dominación totalitaria en toda su brutalidad ha terminado por mostrarnos su verdadero rostro, dejando reducidas a la inanidad más absoluta las viejas ilusiones democráticas, por no decir libertarias en el buen sentido, cultivadas en el seno de una sociedad, en donde el autoritarismo es un asunto de larga data.
Parte 6
Fuente: Nuestro País
En esto del abstencionismo electoral, como en la decisión de emitir el voto en una determinada circunstancia no hay absolutos de ninguna especie, al igual que en otras dimensiones de la vida social y política. Resulta muy riesgoso, en uno y otro caso, renunciar a la posibilidad de influir sobre los acontecimientos y las tendencias políticas, en lo inmediato, como también en el mediano y el largo plazo, sobre todo si las consecuencias de esas decisiones pudieran resultar temibles. Es por ello que sólo la misma historia, a partir de ejemplos concretos, puede mostrarnos porque no pueden establecerse determinaciones rígidas, en uno y otro sentido. El caso de los anarquistas españoles en las elecciones de febrero de 1936, cuando decidieron votar por el Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda y republicanos, dadas las terribles condiciones de represión sobre el movimiento popular que existían en ese momento, constituye una buena demostración de lo que hemos venido afirmando.
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La inestable y débil República Española, instalada después del 14 de abril de 1931, cuando el Rey Alfonso XIII huyó del país, se vio sacudida por sus péndulos hacia la derecha y la izquierda, habiéndose impuesto la primera en las elecciones de 1933, lo que le permitió desatar una sistemática política de represión contra las organizaciones de la clase obrera y campesina, principalmente contra la Unión General de Trabajadores (UGT), de tendencia socialista y la Confederación Nacional del Trabajo de España (CNT), de de filiación anarquista que era la principal organización obrera de España, en vísperas de la Guerra (In) civil Española (1936-1939). Esta situación condujo a la rebelión obrera de Asturias, de octubre de 1934, la que fue reprimida, de manera cruenta, por las fuerzas militares comandadas por el futuro dictador fascista español, Francisco Franco. Lo cierto es, que en vísperas de las elecciones del mes de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular, contando con los votos anarquistas, había miles de presos políticos por toda España y el fascismo ya se preparaba para dar el zarpazo final, como en efecto ocurrió pocos meses después.
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Es decir que los elementos coyunturales o específicos, presentes en un momento histórico bien determinado, pueden llevar a una y otra decisión, tal y como fue lo ocurrido recientemente en Honduras, donde hubo que acudir a la abstención como una forma de impedir la consolidación de las actuaciones del régimen golpista de Roberto Micheletti, producto del golpe militar del domingo 28 de junio, del año anterior. De lo que se trató, en este último caso, fue de la deslegitimación de un proceso electoral, llevado a cabo en condiciones de represión masiva y sin garantías, de ninguna clase, para los opositores al régimen imperante y su constitución plagada de normas pétreas. Hoy el Frente de Resistencia contra el golpe militar en Honduras continúa su lucha para una refundación de la nación hondureña, un camino que pasa por la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente y una profunda transformación de todo el ordenamiento social, económico y político.
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En el caso de nuestro país, con unas elecciones generales a las puertas, las que tendrán lugar el primer domingo de febrero entrante, las decisiones políticas, individuales o colectivas, como es de suponerse están revestidas de una gran importancia, de ahí la necesidad de un análisis detenido y cuidadoso de todos los factores que intervienen en su materialización. Tanto las tesis abstencionistas como las de quienes propugnan la participación en los comicios, emitiendo el voto, deberían estar orientadas hacia la materialización de algún resultado concreto, en términos de la naturaleza del régimen imperante y ofrecer alternativas que vayan mucho más allá de las pobres visiones cortoplacistas, dentro de las que se mueven la mayoría de los integrantes de las elites políticas, las que por lo general limitan nuestra compresión de la complejidad de estos eventos sobre todo, insistimos de nuevo, en términos del mediano y el largo plazo. En Costa Rica, los reiterados fraudes electorales, ocurridos en los comicios más recientes y durante el referéndum del domingo 7 de octubre de 2007, no podrán seguir siendo pasados por alto. Prometemos continuar refiriéndonos a este tema.
Rogelio Cedeño Castro es profesor de Sociología UCR







