Internacionales

Fallo de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos favorece participación de empresas en las campañas electorales

Publicado el: Domingo, 24 de enero del 2010

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ver también Dinero y campañas en EEUU abajo

Fuente: La Jornada

Ya no habrá límite, podrán gastar sin restricciones para apoyar a candidatos

Obama cuestiona la decisión; advierte sobre “estampida de dinero” e intereses en la política

por David Brooks
22 de enero, 2010

Nueva York, 21 de enero. Al anular casi un siglo de doctrina y leyes, la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos determinó hoy que el gobierno no puede prohibir la plena participación de grandes empresas y otras organizaciones en la elección de candidatos, ya que eso sería una violación del derecho de la “libre expresión” enmarcada en la Constitución.

Con ello definió que las empresas tienen los mismos derechos que los individuos en torno a la libre expresión política. Ahora, las empresas podrán gastar sin restricciones en esfuerzos para apoyar, u oponer, a candidatos presidenciales o legislativos federales, algo que anteriormente tenía límites establecidos por doctrina, leyes, y fallos anteriores de la misma Suprema Corte.

En una respuesta casi inmediata, el presidente Barack Obama calificó la decisión como un revés para la democracia. “Con este fallo, la Suprema Corte ha dado luz verde a una nueva estampida de dinero de intereses especiales en nuestra política. Es una victoria mayor para las grandes petroleras, los bancos de Wall Street, las empresas aseguradoras de salud y los otros intereses poderosos que emplean su poder cada día en Washington para ahogar las voces de los estadunidenses comunes”.

Instó a legisladores a desarrollar una “respuesta fuerte” a la decisión, y varios líderes demócratas expresaron su intención de trabajar para restablecer las limitaciones sobre el gasto empresarial y de otras grandes organizaciones, incluso sindicatos, en los procesos electorales federales.

Varios senadores, como Patrick Leahy y Russ Feingold, hicieron eco de las palabras de Obama. Agrupaciones civiles también denunciaron el fallo. “Dejen caer una lágrima por nuestra democracia… La Suprema Corte ha fallado que las empresas tienen derecho a gastar montos de dinero ilimitados para influir en los resultados electorales”, declaró Robert Weissman, presidente de Public Citizen. “La libertad de expresión es para la gente, no para las empresas”, agregó John Bonifaz, director legal de Voter Action, y advirtió que ahora se abrirá una “torrente de dinero empresarial” sin precedente en el proceso electoral.

Mientras tanto, el liderazgo republicano celebró la decisión como un triunfo para la “libre expresión”. “Con la decisión monumental de hoy, la Suprema Corte tomó un paso importante en la dirección de restaurar los derechos de la Primera Enmienda (de la Constitución) de estos grupos, al fallar que la Constitución protege su derecho de expresarse sobre los candidatos políticos y temas hasta el mismo día electoral”, dijo el líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell.

La Corte se dividió al aprobar este fallo por 5 contra 4. En nombre de la mayoría el juez Anthony Kennedy leyó el fallo que declara que “el gobierno puede regular la expresión política empresarial… pero no puede suprimir esa expresión en sí”. Los cuatro jueces disidentes expresaron que permitir la “inundación” del dinero empresarial en el ámbito político electoral llevará a la corrupción de la democracia. “El fallo de la corte amenaza con minar la integridad de las instituciones electas a través del país”, afirmó el juez John Paul Stevens a nombre de los disidentes.

Aunque los intereses empresariales, cabilderos y sindicatos canalizaron más de mil millones de dólares a través de comités de acción política, de un total de los casi 6 mil millones gastados en todas las campañas electorales en el ciclo 2008, con esta decisión se eliminan las restricciones que buscaban poner un límite a la influencia de estas agrupaciones.

La libertad de expresión en el proceso político electoral ahora se manifestará más que nunca en dólares y centavos.

Dinero y campañas en EEUU: La Corte Suprema asesta un duro golpe al corazón de la democracia republicana

Fuente: Sin Permiso

por Juan González Bertomeu
24 de enero, 2010

“La igualdad implica… en lo que concierne a la riqueza, que ningún ciudadano pueda ser tan rico como para poder comprar a otro, ni tan pobre como para estar forzado a venderse…” (Jean-Jacques Rousseau, El Contrato Social)

La Corte Suprema de Estados Unidos, con su reciente decisión de invalidar una ley federal que ponía límites a los gastos electorales de las empresas, acaba de debilitar la ya vapuleada democracia estadounidense. La sentencia, pronunciada por la mayoría conservadora de la Corte, se alinea con otras de los últimos años que también refuerzan el poder de las corporaciones.

La actividad política cuesta dinero. Los candidatos deben asegurarse de que sus proyectos lleguen a los votantes. Para eso deben utilizar los modos que estimen más efectivos. Un siglo atrás, las ideas políticas se daban a conocer –casi exclusivamente- mediante panfletos de baja circulación y en mítines públicos. Los candidatos viajaban y exponían sus puntos de vista en pueblos y ciudades correspondientes a sus distritos electorales. La aparición de la radio –primero– y la televisión –luego– alteró dramáticamente esta situación. La gente, así, se acostumbró a escuchar ideas por estos medios, movilizándose gradualmente menos que antes, especialmente ayudada por sistemas políticos que no incentivan una participación popular activa.

Un minuto en televisión resulta muy costoso, y por eso los candidatos necesitan reunir ingentes sumas de dinero. La irrupción de internet y otras manifestaciones de la revolución digital cambió en parte esta realidad, bajando los costos de la comunicación y haciéndola más fluida. La campaña presidencial de Barack Obama, basada en un uso óptimo de la tecnología disponible, es el ejemplo más claro de este punto. Con todo, su impacto sigue siendo limitado, en parte porque mucha gente carece de acceso a internet u otros medios digitales, y porque la popularidad de la televisión sigue y seguirá siendo enorme.

En las sociedades democráticas actuales, entonces, el dinero ejerce una influencia significativa sobre la política en general, y sobre el acceso a los cargos en particular. Un aspecto central en la relación entre el dinero y la política gira en torno a la oportunidad efectiva que cada ciudadano tiene de influir (de hacerse oír) en la toma de decisiones. El principio democrático según el cual cada persona vale un voto (no más y no menos que eso) resulta burlado cuando grandes disparidades económicas hacen, por un lado, que ciertos individuos tengan un acceso asegurado a la arena política (mediante contribuciones a los fondos de campaña o, incluso, auto-financiando una postulación), mientras que aquellos con menores recursos ven significativamente disminuidas sus posibilidades de lograrlo.

En pocos lugares se ha debatido tanto sobre el tema del financiamiento de las campañas políticas como en Estados Unidos. Esta semana, en el caso Citizens United, la Corte Suprema resolvió la cuestión del peor modo posible, permitiendo a las corporaciones gastar de manera ilimitada a la hora de promover a un candidato. Al hacerlo, el alto tribunal invalidó buena parte de la ley federal sobre financiamiento político McCain-Feingold (aprobada en 2002, y llamada así por el nombre de los legisladores que la promovieron; el primero de ellos sería luego el rival político de Obama). La sentencia mostró la división aguda existente puertas adentro de la Corte, entre los cinco jueces conservadores que firmaron el voto de mayoría (redactado por Kennedy, y secundado por Scalia, Roberts, Alito y Thomas) y los cuatro disidentes, progresistas moderados (Stevens escribió el agrio voto minoritario, acompañado por Breyer, Ginsburg y Sotomayor).

La decisión sobre la validez de la ley fue gratuita, pues el caso no exigía una opinión sobre ella. Su argumento principal fue que los límites a los gastos de las corporaciones o de los sindicatos promocionando a un candidato violan el derecho de aquéllos a la libertad de expresión (en cambio, los límites a las contribuciones directas a una campaña son válidos). Algo similar había insinuado la propia Corte en 1976, en el famoso caso Buckley v. Valeo [424 U.S. 1 (1976)]. En el caso Buckley se discutía la validez de una ley de 1974, aprobada con el objeto de disminuir el peligro de corrupción en el sistema político, pero también de mejorar las condiciones de igualdad en el acceso al poder, para que la mayor riqueza de los candidatos o su mayor capacidad para recaudar fondos no constituyeran circunstancias excluyentes y definitorias en una campaña. Entre otros puntos, la ley establecía –de manera algo similar a la ley McCain-Feingold– un límite a las contribuciones políticas a favor de candidatos a cargos a nivel federal, y fijaba un tope a los gastos por parte de individuos o grupos “relacionados con un candidato claramente identificable”.

En su decisión en el caso Buckley, la Corte equiparó las contribuciones a favor de los candidatos con el propio discurso político (protegido por la Primera Enmienda), de especial importancia en un sistema democrático. Al reducir la cantidad de expresiones, los límites en los gastos y contribuciones sólo podían resultar válidos si podían superar un escrutinio especialmente estricto: si se demostraba que la restricción al discurso era absolutamente necesaria debido al especial peso de las razones para adoptarla. El alto tribunal convalidó las restricciones a las contribuciones, afirmando que las limitaciones sobre los montos que alguien puede donar a un candidato o comité importan sólo una restricción marginal sobre la capacidad del individuo en cuestión de involucrarse en un libre juego discursivo. Pero invalidó casi totalmente las limitaciones a los gastos de campaña, rechazando como fin legítimo de la ley el de tender a “igualar la capacidad relativa de los individuos y grupos de influir en el resultado de las elecciones”. En su frase más controvertida, la Corte sostuvo que “el concepto de que el gobierno puede restringir el discurso de algunos miembros de la sociedad con el fin de ampliar la voz relativa de otros es completamente ajeno a la Primera Enmienda, la que fue diseñada para ‘asegurar la más amplia diseminación posible de información a partir de fuentes diversas y antagónicas.’”

Uno de los aspectos más criticables de Buckley es que la Corte reconoció que las asociaciones y corporaciones –y no sólo los individuos— gozan del derecho a la libertad de expresión. Este criterio es el que reforzó ahora el alto tribunal en el caso Citizens United, dejando a un lado varias decisiones adoptadas luego de Buckley, en las que había convalidado límites semejantes (especialmente los casos Austin y McConnell). La Corte afirmó que los topes a los gastos corporativos (o de los sindicatos, que evidentemente cuentan con menor capacidad económica que las grandes empresas) durante las campañas son inválidos, hiriendo con ello de muerte los inusuales intentos por parte del Congreso de poner un coto al poder que las empresas ejercen sobre la política.

Las contribuciones de dinero, en efecto, podrían constituir una forma de expresión pública de las preferencias de los ciudadanos, o un modo de comunicar ideas, y gozar  por ello de alguna protección. Esto se vio tal vez del modo más claro en 2008, durante la campaña presidencial de Estados Unidos, cuando una enorme cantidad de estadounidenses manifestó su entusiasmo por Barack Obama donando dinero a su campaña, en general muy pequeñas sumas. Sin embargo, la noción de que aquellos mejor posicionados económicamente puedan tener una voz casi infinitamente mayor que el resto resulta antidemocrática. Como dijo el juez J. White en su disidencia en el caso National Conservative Political Action Committee [470 U.S. 480, 508 (1985)], en el que la mayoría de la Corte invalidó ciertos límites, “los gastos producen un discurso (protegido por) la Primera Enmienda… Pero éste es precisamente el punto: ellos producen tal discurso, no constituyen discurso por sí mismos.”

Al sostener ahora que los topes a los gastos violan la Constitución, la Corte insinuó (al igual que en Buckley) que la garantía de la libertad de expresión fue establecida para asegurar la más amplia diseminación posible de información a partir de fuentes diversas y antagónicas. Pero esta afirmación es doblemente tramposa en estos casos. La posibilidad de oír voces diversas y antagónicas se encuentra fuertemente condicionada por razones económicas. Aquellos que menos tienen enfrentan dificultades casi insuperables para comunicar sus ideas. La libertad de expresión no sólo se ve amenazada por parte del Estado sino también por la situación de poderío económico de la que gozan ciertos individuos y grupos en relación con el resto de la sociedad. Paradójicamente, es la propia Corte la que impide el cambio de esta situación.

Por otra parte, reconocer que las empresas tienen derechos constitucionales o humanos (derechos que en ciertos casos son tan fuertes como los de las personas físicas) es ignorar una realidad obvia: las empresas, a diferencia de los seres humanos, son una mera creación del Estado, y logran constituirse, crecer y construir su poder gracias a las facilidades que el propio sistema legal les brinda. Hacerlas gozar de derechos es, entonces, beneficiarlas artificialmente, por partida doble. Las corporaciones, ahora, tienen derecho a gastar enormes sumas de dinero para beneficiar a un candidato; mejor dicho, para beneficiarse a sí mismas al apoyar a un candidato en condiciones de llevar adelante sus propias propuestas. Como sostuvo la minoría en su disidencia, “[l]a diferencia entre vender un voto y vender acceso es una cuestión de grados…, y la venta de acceso por parte de un candidato no es algo cualitativamente diferente a que éste brinde una preferencia especial a quienes gasten dinero en su nombre.”

Con su decisión, la Corte estadounidense asestó un fuerte golpe al proyecto democrático. Lo hizo en un momento en que, además de padecer otros problemas graves, el sistema político estadounidense está asediado por el poder de las corporaciones. La sentencia refuerza esta dominación, subordinando potencialmente las plataformas políticas de un partido o de un candidato a sus designios, y contradiciendo el ideal democrático de la igualdad entre los ciudadanos. Convierte a la política en una réplica burda del ya disfuncional mercado económico, en el que el valor de una obra o idea se mide por el precio que otros quieren cobrar o pagar por ella, aunque sólo unos pocos puedan cobrar o pagar lo que consideran que esa obra o idea genuinamente vale. Citizens United arroja el juego político a las fuerzas del mercado. Que, como sabemos, es cualquier cosa menos igualitario.


Juan González-Bertomeu es un constitucionalista argentino radicado en Nueva York.

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