Leer abajo Una nueva etapa para los movimientos
Fuente: La Jornada
por Raúl Zibechi
29 de enero, 2010
El movimiento altermundista, que se ha expresado en innumerables movilizaciones y en los foros sociales mundiales, regionales y temáticos, está siendo evaluado al cumplirse 10 años del primer encuentro realizado en Porto Alegre. Los análisis difieren, como es lógico en un movimiento tan abarcativo y diverso, que contiene diferentes tradiciones y modos de ver el mundo asentados a menudo en culturas políticas con trayectorias con muy poco en común, más allá de una vaga tensión emancipatoria.
En estos 10 años se ha producido un cambio notable a escala mundial que se puede resumir en la crisis sistémica, por un lado, y en la expansión de los movimientos antisistémicos a cada rincón del mundo, por otro. De algún modo, son dos caras del mismo fenómeno: el fin de algo, que podemos llamar capitalismo, y el comienzo titubeante de algo diferente, que por ahora llamamos “otro mundo”. Así y todo, no pocos manifiestan insatisfacción con los logros alcanzados y creen que sería necesario marchar más rápido, más unidos y dotados de una organización más eficiente, o sea, más centralizada. Sin pretender realizar un balance del movimiento, parece conveniente diferenciar los distintos modos de entender el papel y los objetivos de los movimientos.
El lema Otro mundo es posible, como expresión de las aspiraciones de los movimientos y de los deseos de sus miembros, contribuyó a fortalecer las resistencias al neoliberalismo, que hasta hace poco tiempo parecía un modelo imbatible. La creciente deslegitimación del proceso de acumulación asentado en la especulación financiera, y del modelo extractivista que es una de sus expresiones, ha comenzado mucho antes de la presente crisis y contribuye a profundizarla. Desde el punto de vista de las resistencias al capital y a los estados, la década altermundista ha sido por demás exitosa.
Por lo menos en América Latina, la deslegitimación del modelo neoliberal ha modificado la relación de fuerzas en muchos países, permitiendo la llegada al gobierno de partidos, fuerzas políticas y presidentes que se proclaman distantes con el Consenso de Washington. Aunque la mayor parte de estos gobiernos, llamados progresistas, no ha superado el neoliberalismo y algunos ni siquiera pretenden hacerlo, son de todos modos la expresión de una voluntad popular, difusa o explícita, de ir más allá del modelo hegemónico. Desde esta perspectiva, la década altermundista fue relativamente exitosa ya que permitió barrer gobiernos conservadores y antipopulares.
En tercer lugar, el movimiento aceleró la transición de la hegemonía estadunidense a un mundo multipolar. La lista de los 10 mayores bancos del mundo en 2009, o de las principales grandes multinacionales energéticas, donde aparecen en lugar destacado empresas de China y Brasil, son apenas una muestra del cambio en curso. El movimiento altermundista es también un movimiento contra el imperialismo, no tanto por las intenciones de las ONG, sino por las reiteradas posiciones de los activistas de base. Mirado desde la erosión de la supremacía de Estados Unidos, estos 10 años han sido positivos.
En cuarto lugar, debe considerarse la evolución en la construcción de un sistema alternativo al capitalista, más allá del nombre que cada uno quiera darle. Es muy probable que en este punto las divergencias sean mayores. Por un lado, porque no existe una realidad poscapitalista con la suficiente implantación y extensión como para considerar que ya hay un campo alternativo formado o en formación. Pero, sobre todo, porque muchos activistas y movimientos siguen apostando a una construcción a escala nacional y por diseño estatal del mundo nuevo, pese a toda la evidencia histórica en contra.
En este punto es más útil observar las transiciones histórica habidas que apelar a la literatura socialista. Las transiciones han sido siempre procesos muchos más largos y con resultados imposibles de prever a priori. Pretender que ya sabemos cuál es el lugar exacto de llegada de la transición al poscapitalismo, sería una soberbia imperdonable para quienes debemos aprender a movernos en situaciones de gran incertidumbre. Por supuesto que es posible, y necesario, influir en el curso de los acontecimientos para que el resultado sea mejor que el punto de partida.
En estos 10 años la construcción de una sociedad alternativa ha avanzado de modo local y parcial. En su comunicación al seminario Diez Años Después, realizado en Porto Alegre del 25 al 29 de enero, Immanuel Wallerstein sostuvo que en los próximos 15 a 25 años las fuerzas de izquierda reconocerán que “la cuestión central no es poner fin al capitalismo, sino organizar un sistema sucesor que estará en proceso de construcción”. En efecto, si la profundización de la crisis del capitalismo no encuentra porciones importantes de la sociedad organizada en movimientos antisistémicos, creando algo diferente, la natural inercia llevará a la reproducción del sistema actual, probablemente empeorado.
Desde este lado, los avances de la última década son importantes, pero insuficientes. Los espacios fuera del control del capital, desde las fábricas recuperadas por sus trabajadores hasta los asentamientos sin tierra y las comunidades indígenas, atraviesan enormes dificultades. Construir poderes no estatales, o sea rotativos, de base asamblearia y no burocráticos, y además garantizar la sobrevivencia por haber recuperado los medios de producción, es un desafío mayor que no es fácil encontrar en la geografía de los movimientos antisistémicos.
Allí donde se ha revelado posible, donde los de abajo logran ejercer su poder y además logran la autosuficiencia, total o parcial, en alimentos, salud y educación, suelen ser sistemáticamente atacados por los estados. Los de arriba saben que no deben permitir que florezcan territorios que puedan, en los momentos de crisis terminal, servir de inspiración y ejemplo a los otros abajos.
Una nueva etapa para los movimientos sociales
Fuente: La Jornada
por Raúl Zibechi
9 de enero, 2010
Cuando se ha cumplido una década de la batalla de Seattle, punto de partida del movimiento contra la globalización neoliberal en el primer mundo, y nos acercamos al décimo aniversario del primer Foro Social Mundial, los movimientos políticos y sociales latinoamericanos atraviesan enormes dificultades que van desde la criminalización de la protesta hasta una ofensiva mediática e ideológica de las derechas. En consecuencia, su aislamiento y las dificultades para organizar a nuevas camadas de pobres crecen sin cesar, agravadas por la expansión de las políticas sociales de los estados.
Los medios están jugando un papel de primer orden. Apenas una muestra. La revista brasileña Veja (19 de diciembre), enemiga de todo lo que huela a popular, acaba de publicar un informe en el que afirma que el Movimiento sin Tierra (MST) es “el movimiento social más odiado de Brasil”. En base al manejo parcial de datos de una encuesta realizada por Ibope, afirma que existe en el país un amplio rechazo al MST, cuyas acciones califica de “bandidismo y vandalismo”. Por cierto, Veja mantiene una larga tradición de criminalización de los sin tierra, así como de la pobreza en general. Pide mano dura, represión y cárcel para los campesinos organizados, a los que en varias ocasiones asimila al narcotráfico.
Los intelectuales también hacen de las suyas. La séptima Carta Abierta de un amplio grupo de intelectuales progresistas argentinos siembra dudas sobre la legitimidad de la protesta social. Carta Abierta surgió en 2008 para incidir en el conflicto entre los productores agropecuarios y el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, con el objetivo de enfrentar a la derecha y apoyar al gobierno. “La movilización social no puede considerarse sin situarla, en cada momento, bajo las preguntas de su condición y legitimidad”, puede leerse en la pieza difundida hace pocos días (Página 12, 22 de diciembre). “Ninguna de esas prácticas –agregan los intelectuales– está eximida del riesgo de caer en alguna forma de cooperación involuntaria con la destrucción de la vida colectiva”.
Dos hechos llaman la atención. Intelectuales que hasta hace poco tiempo apoyaban de modo incondicional a los movimientos, ahora dudan de su legitimidad. Y se permiten polemizar con ellos en los medios. El papel de los intelectuales comprometidos, siempre fue el de acompañar críticamente, o sea, formulando las diferencias en el contexto del propio movimiento, no ventilándolas en los medios. Esta actitud los coloca a distancia, digamos arriba y a la derecha de los movimientos. Por el contrario, las críticas a los gobiernos son apenas superficiales.
¿Cómo se puede abandonar la crítica cuando los llamados gobiernos progresistas no han encarado ninguna reforma estructural y se conforman con aplacar la protesta con políticas compensatorias? Para el MST, 2009 fue el peor año para la reforma agraria en el contexto de una correlación de fuerzas muy adversa. Joba Alves, de la coordinación nacional del MST, lo resume así: “El gobierno federal hizo una opción clara por el agronegocio como modelo a ser aplicado en el campo brasileño y ha actuado con poco interés por la reforma agraria, que está siendo tratada como política compensatoria y sólo es aplicada en situación de conflicto social, no como política de Estado para combatir el latifundio y la concentración de la tierra” (mst.org.br del 28 de diciembre). Sería ilusorio pensar que es un caso aislado.
Cuando las reformas estructurales por las que lucharon y dieron su vida generaciones de militantes se convierten en políticas compensatorias para aplacar conflictos, es porque algo ha tocado techo. Se impone reflexionar y prepararse para producir un viraje de largo aliento. En estos mismos días se está produciendo un interesante debate en Brasil (ihu.unisinos.br, de noviembre, página web del Instituto Humanitas Unisinos), sobre lo que algunos denominan “el fin de la era de los movimientos sociales”. El sociólogo Rudá Ricci, uno de los que intervienen en el debate, sostiene que “vivimos una estatización de la sociedad civil”, cuyo mejor ejemplo es el del movimiento sindical que forma parte del bloque de poder junto al capital financiero y las multinacionales brasileñas.
Una cuestión de la mayor importancia, que surge de ese debate, es la creciente diferenciación entre movimiento social y organización social. Mientras aquellos se organizan sin jerarquías en torno al conflicto como práctica política cotidiana, las segundas tienen jerarquías, presupuesto fijo, fuentes de recursos regulares, formación política y técnica propia, equipamientos y sector administrativo, según detalla Ricci, quien se desempeña como asesor sindical y profesor universitario. El modelo que siguen estas organizaciones sociales es el de las organizaciones no gubernamentales, con las que mantienen estrechas relaciones de cooperación y de las cuales han interiorizado conceptos como “sociedad civil” y prácticas que buscan sustituir, sistemáticamente, el conflicto por las pláticas en espacios asépticos. Surge así un modo de hacer política de carácter burocrático, neutro, sin las urgencias ni las rabias de los de abajo, un estilo tecnocrático, “para” los de abajo pero sin ellos.
Veinte años después del Caracazo que puso en marcha el proceso bolivariano y 16 años después del “Ya basta” zapatista, parece evidente que una era de los movimientos está llegando a su fin. La trasmutación de movimientos en organizaciones jerarquizadas y cooptadas, sometidas a los gobiernos y a la cooperación internacional, ha jugado un papel decisivo en la clausura de ese periodo. Aprender cómo fue el proceso puede resultar útil para quienes creemos que las dificultades actuales están lejos de representar el fin de los movimientos y son apenas un recodo en el camino. Recuperar aquel estilo horizontal, aquellos modos rebeldes y subversivos, será una señal de que un nuevo ciclo está naciendo. Lo central, no obstante, será recobrar la centralidad del conflicto –y no sólo de la movilización– como eje articulador de los movimientos, de la organización y la conciencia de los de abajo.


