por Flor Artiaga
Ya han pasado seis semanas desde que comenzó esta historia. Ya no sé cómo llamarlo, me siento tentada a decirle tragedia, relato, testimonio, no me queda claro, porque aunque haya empezado a escribir el 29 de abril, los motivos que acompañaron el hecho noticioso de ese día comenzaron antes de esa fecha. La injusticia, la zozobra, la sospecha, la pérdida. No es gratuito el hecho de que ese día estuviésemos los que estuvimos ni que ahora estemos los que estamos. Ese 29 de abril fuimos detenidos 24 personas en una manifestación en la zona Caribeña de nuestro país.
El tiempo pasa, la espera se hace eterna por una resolución y un voto. El brillo de la noticia de primera plana y noticiario de medio día se opaca y comienza la lucha contra la anemia de la memoria. Pasa el tiempo afuera pero adentro existe la dimensión sin tiempo ni espacio. El vacío. La huella que deja un fierro al rojo vivo más allá de la vista, el ardor eterno de la quemadura que acompaña al receptor de la marca.
Una tarde fui a visitar a Rosibel, una de las compañeras detenidas conmigo ese día. Reconocimos la casa, según su descripción, por el niño pequeño vendiendo pececitos grises a la orilla de la calle. Sentada en el sillón converso con ella, nos abanicamos la espalda rítmicamente con un trapo para que la nube de mosquitos no pudiese posarse y alimentarse de nuestra sangre. Me sentí vaca. Hablamos por horas, la casa se mecía por el vaivén del perro amarrado a uno de los pilotes de la entrada.
Me sorprendió saber que a pesar de la dura experiencia, su espíritu combativo y su lealtad con el movimiento siguen intactos. Esa tarde me contó que a pesar de algunos momentos amargos en el Buen Pastor, su testimonio del motivo de la detención llenó de indignación y respeto el corazón de las privadas de libertad que compartieron con ella. El 1º de mayo, su rostro en las pancartas de los manifestantes llegó por el único televisor en su pabellón. ¡Liberen a Rosibel Briones!
La solidaridad y la identificación con ella no se dejaron esperar y muchas vieron en esa liberación la esperanza ante la injusticia que atrapa a muchas de ellas en ese lugar.
Días después de esta visita veo por la ventana del autobús a don Eutinio barriendo las calles de Limón. Él es otro de los procesados. Lo veo con su chaleco anaranjado y su rostro como tallado en madera, silencioso, sólo haciendo su trabajo.
Pienso en don Eutinio en la sala de audiencias con la humildad y pequeñez de quien la vive difícil todos los días, espíritu con llama interna que es aplastada en un intento de salir. Ahí está con su esposa y sus hijastros, viviendo en un ranchito de El Ceibón, un barrio urbanomarginal de casas desordenadas y de materiales diversos, atravesado por múltiples brazos de aguas mansas y oscuras. Don Eutinio…
Y por alguna razón, o por todas, me acompaña cada día un dolor en el pecho, por todos y cada uno de nosotros. Por el descubrimiento que hago día a día de la sordidez de la política, no, no es inocencia, es que no es lo mismo verla venir que nadar en ella.
Organizamos un primero foro en Limón, la idea era iniciar la campaña contra la criminalización de la protesta. Sin embargo la actividad chocó con otra reunión convocada por uno de los dirigentes de un sindicato del que forman parte dos de los detenidos.
Otro dirigente propuso que se integraran ambas actividades. A fin de cuentas, éramos de los mismos. El primer dirigente simplemente dijo que no. ¿Y a ese quieren proponer como alcalde? A quien le da la espalda a su propia gente???!!!….
Sentí mucha rabia, no esperaba algo así. Y entonces descubrí que en estos asuntos se cuenta muchas veces con los de siempre y si se tiene suerte, con quien no esperabas, pero pocas veces la gente es capaz de superar los intereses propios y los sectarismos para integrarse con otros por una causa.
No sé cuántas veces habré estado del otro lado sin darme cuenta, si habré dado la espalda, si habré sido la oscura muralla que se yergue ante la iniciativa de alguien nuevo. Sin embargo estar de este lado enseña y alecciona sobre el valor de la solidaridad.
La maquinaria es grande y poderosa y devora todo a su paso, mientras nosotros peleamos por tendencias e intereses mezquinos que debilitan nuestro brazo de pueblo y el poder que da el sabernos hermanas y hermanos de clase y conciencia. Luego llegamos a creer que no somos lo suficientemente fuertes o numerosos para dejar de resistir y devolver el golpe.
El lunes 14 de junio se realizó el segundo foro. Esta vez en la Asamblea Legislativa. Participaron como expositores el diputado José María Villalta, José Luis Castillo, miembro de la verdadera Junta Directiva de SINTRAJAP y Héctor Monestel, nuestro abogado defensor. Moderó Silvia, la presidenta de la FEUCR y tuvimos oportunidad de compartir un poco la experiencia don Enrique y yo. Don Enrique es un pastor luterano pensionado. Trabajó muchos años en Talamanca y ha seguido sus luchas aún pensionado porque esas nunca se acaban.
Llegó menos gente de lo que hubiese querido pero la suficiente para contar con gente sincera y comprometida con la causa.
La vida adquiere un tinte distinto ante estas circunstancias. Creo que es más fácil cuando el destino no depende de nadie en particular y las cosas suceden por sorpresa. En este caso no sucede ninguna de las dos cosas, el destino está en las manos de un grupo de burócratas leguleyos y los posibles destinos son predecibles siendo uno feliz y esperanzador y los otros un tanto duros, unos más largos, otros más cortos.
Llegó la respuesta de la jueza a la solicitud de nuestro abogado defensor de disminuir el tiempo correspondiente las medidas cautelares. La respuesta fue un no.
La espera sigue, el proceso continúa y aun habiendo ganado los dos Habeas Corpus, el de Monestel y del SINDEU, el proceso sigue. Cada una de esas cosas genera esperanza, sin embargo la desconfianza ante la injusticia y la mala intensión sostienen en vilo el corazón de cada una de las personas procesadas.
La ley se mueve con la pesadez de un gran elefante, me imagino que puede correr ágilmente cuando le conviene, pero en este caso, pareciera que deliberadamente, arrastra sus grandes patas por nuestras vidas.
Pero una vez más reitero, nuestras armas son la verdad y el apoyo de la gente que como usted, que me lee en este momento, pone atención hasta el final de estas palabras que buscan provocar la pregunta y abrir una ventana al drama que nosotros y nosotras, como muchos otras personas, somos castigados por decir lo que pensamos y tratar de defenderlo.
Y al final de este breve recorrido pienso en todas aquellas personas que participan en movimientos de lucha, desde sus lugares y saberes. El pretendido impacto al movimiento social con nuestra detención se mitiga en la medida en que la gente continúe saliendo a la calle, siga viendo con criticidad lo que sucede a su alrededor y no deje de acariciar en el cuenco de las manos, la sociedad a la que aspira y que le motiva a luchar.
“Llevamos sobre nuestros hombros una partícula de las esperanzas de la humanidad” dijo Trotsky en alguna ocasión. Una partícula de esperanza en mis hombros, como un terrón de azúcar en las mandíbulas de una hormiga. Poderosa en su pequeñez. Así somos.
Y creo que mientras no asumamos la importancia de cada uno y cada una en esa posibilidad de cambio en nuestra forma de vida, estamos condenados al fracaso porque el otro sí es consciente de nuestro poder y se dedica a alejarnos de él.
Nuestra detención no fue un hecho aislado, es una tendencia que se extiende como un resfrío en muchos países del mundo y que tiene como objetivo aplacar la voz de quienes miran y hacen ante la disconformidad del alto costo social que implican algunos caprichos.
Esta llama que llevo en el pecho, una combinación de pasión y rabia buscando su salida como la lava de un volcán, se me derrama en las palabras, en la obstinación de la esperanza, aquí. Prematura experiencia, diría, pero experiencia al fin. Cuando logre sacudirme el polvo y seguir, será lo que lleve en la mochila.



Gracias Flor