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Venezuela: Estamos rodeados

Por: Leandro Morales

Publicado el: Lunes, 24 de enero del 2011

I. Cuando los movimientos sociales de los que creen, por sentido común o por conciencia, colectivamente o como individuos, no sólo en una democracia participativa, que en última instancia es sólo el soporte constitucional de una sociedad donde todos tienen los mismos derechos y las mismas libertades políticas, sino también, para hacer real y efectiva esa libertad y esos derechos, en la necesidad de llevar esa democracia al terreno de las decisiones económicas en sus diferentes instancias de relación (producción, consumo, asignación de recursos, organización del espacio y tiempo del trabajo, distribución, salarios, precios, etc.), devengan, en el contexto altamente contradictorio de la revolución venezolana, un contra-poder real.

Cuya practica y cuyo discurso conmine simultáneamente la estructura de poder y riquezas del capitalismo y los intereses de poder y riqueza que, al interior de la revolución misma, obstruyen el avance histórico de los cambios revolucionarios hacia una sociedad más solidaria, más equitativa, más libre, más próspera.

Entonces, la partidocracia chavista se hallará en el dilema político de tener que decidir, sin los vaivenes propios de la razón y la pragmática de los intereses de Estado, entre la guerra revolucionaria o las guerras del imperio.

Ahora bien, llegado ese momento, mientras el chavismo make up its mind [se decide], mientras Chávez dispone de los recursos del Estado venezolano para la guerra contra las drogas y el terrorismo, el presidente Santos, con el respaldo incondicional de la oligarquía colombiana, actuará en absoluta consonancia con los intereses capitalistas del imperio. De eso, solamente Chávez y la partidocracia que lo rodea, parece tener dudas.

Pero a ese tablero de conflictos bélicos, “que ya puede contarse ahora, porque la necesidad misma está aquí en acción”, le falta una pieza más: las guerrillas colombianas.

Es cierto que a veces interviene un factor X, un imponderable que cambia de manera imprevista la trama de la historia. Sin embargo, a nadie en su sana pasión se le ocurriría dudar del rol de Santos en esos futuros enfrentamientos y al mismo tiempo imaginar a las FARC y al ELN luchando del lado del imperialismo contra la revolución venezolana. Cuando los ejércitos del para-estado de la oligarquía colombiana avancen sirviéndole de punta de lanza a la invasión de las tropas norteamericanas, sin las dudas, sin las vacilaciones ni los vaivenes que han caracterizado las actitudes de Chávez hacia los gobiernos del para-estado colombiano, las guerrillas colombianas de las FARC y el ELN, con la experiencia, los recursos y los conocimientos geomilitares de décadas de lucha contra ambas fuerzas, formarán un frente de resistencia táctica y estratégica sin el cual la seguridad de la revolución bolivariana estaría en serio peligro.

Si ese es el tablero de las fuerzas en conflicto. ¿Cómo, entonces, entender e interpretar el hecho de que el estado venezolano se dedique a capturar y entregar milicianos de las FARC y el ELN al para-estado del gobierno de Santos?

II. La necesidad histórica de un estado socialista no hace menos infame sus males. Cuando el heredero tarado de uno de los fundadores de la novela moderna latinoamericana, repitiendo del fuste de un periódico a otro periódico, dice que el Estado es un mal necesario, cree de ese aviso solamente lo que conviene a los intereses de sus amos y no en la causa de la soberanía material y moral del individuo que tantos desvelos costara a Paine. Si la libertad fuese en ellos, en el padre (Vargas Llosa), en el hijo (Alvarito), y en todos los santos espíritus del neoliberalismo, una causa con fundamento en la realidad, la glosa del emblema de Paine, seria la siguiente: ¿Para quiénes es necesario el Estado y para quién es un mal? La respuesta reside en la historia de la función jurídica y represiva del Estado. Cuando el Estado interviene por necesidad, en todas y cada una de las instancias de conflictos y luchas sociales, siempre y en todas partes, contingencia de las contingencias del mal, lo hace a favor de los explotadores y los opresores.

La captura y entrega de los guerrilleros del ELN y las FARC es una traición que tiene en la pragmática de la necesidad del Estado su origen. Pero esa es solo la razón abstracta. En el terreno de los innúmeros intereses económicos que infraestructuran ambos gobiernos y ambas oligarquías, representadas por el para-estado de Santos y la partidocracia de Chávez, para nadie es un secreto el imperativo en miles de millones de dólares de relación comercial entre los empresarios de ambos países. El tema de la seguridad – la guerrilla para Colombia, la presencia militar de Washington en territorio colombiano para Venezuela, el narcotráfico en la guerra sin fin contra las drogas – que a vertientes iguales Santos y Chávez santifican – es la apariencia jurídico-moral de un problema que es en esencia político, tanto en el plano de las libertades individuales, como en el natural derecho que tienen los pueblos a defenderse contra el dominio por igual del Estado y el Capital.

Los peros a la guerrilla colombiana pueden ser muchos, pero ni de cerca los que de hacer memoria del pasado y el presente de los gobiernos post-Gaitan en Colombia podríamos hacerle al más criminal de los estados latinoamericanos, a la más sanguinaria y cínica de las oligarquías liberales.

III. La más pura sonríe al más feroz. En el amor como en la guerra de nada sirven las lamentaciones. De ilusos sería exigirle a la oligarquía colombiana y a su ejército que dejen de matar y celebrar como canes cuando matan. La contundencia de los golpes recientes a la cúpula castrense de las FARC, evidencia, en la traición del Estado venezolano a las guerrillas colombianas, cómo los éxitos militares santifican las victorias políticas.

Con la incautación de cada cargamento de drogas, con la captura de cada narcotraficante, como ahora con las detención y entrega de los milicianos del ELN y de las FARC al paraestado colombiano, los burócratas del gobierno y la partidocracia bolivariana trabajan al servicio – no de la revolución y la democracia revolucionaria que los votó – sino de la inconstitucionalidad y el para-legalismo de los aparatos de inteligencia y represión global de Washington.

Con esas concesiones a la guerra moral contra las drogas y a la guerra política contra el terrorismo, las crisis de legitimidad de la revolución venezolana en vez de salvarse se agudizan a favor de la oposición reaccionaria, interna y externa.

IV. La guerra contra las drogas y el terrorismo es la de un imperio en decadencia. Esa guerra nada tiene que ver con la creación revolucionaria de un mundo más libre, más democrático, más igualitario, más próspero, más tolerante, más plural, más abierto.

Lo contrario a todo lo que representan las cruzadas morales y políticas del imperio es el rumbo correcto.

La guerra contra las drogas y el terrorismo confiere poder de excepción a los estados del imperio y ese estatus de excepción consiste, primero, en poner los gobiernos nacionales al servicio del estado imperial; segundo, en la creación de un sistema judicial paralelo que irreconoce los derechos y las libertades individuales, la constitucionalidad democrática, además de criminalizar cualquier forma organizada de lucha y resistencia contra su dominación política y económica.

Es a ese ajuste político-estructural – la otra cara de los ajustes estructurales en el orden económico – que los liberales llaman limitar y minimizar la función del Estado. Claro, limitar y minimizar sus funciones sociales a favor de la excepcionalidad policial del imperio y las prerrogativas de explotación sin limites de las corporaciones capitalistas.

Sin embargo, algo de verdad hay en la crítica del liberalismo al estatismo inmanente a la de todo Estado. Demos a esa verdad una vuelta más de tuerca para deconstruirla. Sí, minimicemos y limitemos las funciones del Estado para impedir que entregue nuestros amigos (los guerrilleros colombianos) a nuestros enemigos (la oligarquía y el para-ejercito del gobierno de Santos); pero, sobre todo, limitemos las funciones del Estado para impedirle que vulnere la soberanía nacional, el derecho y las libertades individuales, poniéndose al servio de ese absurdo y esa farsa que es la guerra contra las drogas y el terrorismo.

V. Ya más de una vez, golpe tras golpe, ha quedado demostrado que el poder de la revolución bolivariana no está en Miraflores, ni el protagonismo contradictorio de Chávez; esta en los cerros, en los desheredados, en los explotados y oprimidos de la cuarta república, en las organizaciones populares, en las motos de los círculos bolivarianos, en las cooperativas, en la izquierda principista y criticona del realismo oportunista de la izquierda estatista y arrepentida, en los medios alternativos de comunicación, en los que se tiran a la calle, al decir de un personaje de una novela de Carpentier.

… En conclusión esto es lo que pienso y ofrezco a la reflexión de los revolucionarios que en Venezuela, pese a los retrocesos y los obstáculos y los desengaños, todavía creen que en un mundo socialmente más justo, más libre, más igualitario.

El actual contexto no podía ser más dramático. El presidente del gobierno del para-estado colombiano ha dado pruebas de tener bien claro que solo hay dos guerras: las guerras revolucionarias y las guerras imperialistas. En contraste, Chávez, el presidente del Estado venezolano, ha dado muestra, con la captura y la entrega de los guerrilleros del ELN y las FARC al más mercenario de los estados del imperio, de no estar en condiciones de seguir comandando la política del proceso revolucionario de su país.

Más temprano que tarde, en medio del fuego cruzado de los conflictos de clase que in-vertebran la sociedad venezolana, será menester elegir entre el poder corrompido y constituido de partidocracia chavista y el poder constituyente de revolución popular bolivariana.

Título: Verso de un poema de José María Álvarez

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