“Todo el tema de Rodrigo Arias es una infamia, porque díganme ustedes cuál costarricense no ha tomado el teléfono y ha llamado a un ministro que sea amigo para hacerle una consulta. Eso no es un delito. Nosotros tenemos el derecho a informarnos” dixit Victor Hugo Víquez… ni más ni menos que un diputado de la República… pero de la República de Heredia…es decir, de la finca de los Sánchez, gamonales tradicionales de esos lares. Así nomás trataba el diputítere de descalificar las acusaciones en contra del patrón. Así nomás se comparaba con cualquier tico de a pie que agarra el teléfono y llama a un ministro.
¿Cómo explicar semejante insensatez?
Resulta claro que don Víctor Hugo está sumido en una estructura completamente corroída que funciona de dicha manera. Él mismo lo confiesa: llamaditas, arreglos bajo la mesa, nombres que se susurran al oído, complots que se tejen, silencios cómplices, etc.

Rodrigo Arias Sánchez
El Partido Liberación está infectado y funciona como un virus autoinmune que se defiende de cualquier ataque. La reacción de los diputados y diputadas parece sorprender a muchos, pero en lo personal me resulta completamente comprensible. Como dice bien el dicho: “no morderás la mano que te da de comer”. Si vemos la composición de la fracción liberacionista comprenderemos fácilmente. Veamos el ejemplo de Viviana Martín, quien fuera viceministra de transportes y después ministra de Justicia ¿se pueden detentar dichos cargos sin una mínima sumisión al poder, sin que la boca sepa a suela de zapato? Por supuesto que no. Ocho años de dura vida pública no se ganan así como así… Escuchar sus argumentos en la radio el día de ayer fue simplemente irrisorio… “que ya había una investigación abierta”, “que convocar a Rodrigo era exponerse a la confusión de poderes”. En fin, una burla a la inteligencia.
Esto me lleva a una segunda pregunta: ¿quién pone a esta gente allí?
Responder a esta pregunta es responder al problema del sistema. Como bien lo señaló Roberto Jaén, dicho sistema es en sí excluyente con toda nueva propuesta, que por nueva, queda relegada a la marginalidad. Todo está blindado para evitar malas sorpresas.
Claro que también son culpables los electores. Esos que creyeron que Laura era firme y honesta. Esos que creyeron que un Partido donde la corrupción es harto conocida, iba a cambiar con poner a una mujer de presidente. ¿Es que no vieron la composición de dicho gobierno? Diputados que devienen ministros y ex-ministros que devienen diputados o que aspiran a convertirse en presidentes. El poder no se da ni se quita, nada más circula (y entre los mismos).
¿Qué ha hecho el Gobierno con este escándalo de tráfico de influencias y llamaditas amistosas? Nada. Absolutamente nada. Como tampoco hizo nada para detener el acoso sexual en el Ministerio de Seguridad. La impunidad es la regla. Sino que lo diga el mismísimo fiscal quien fuera, ni más ni menos, viceministro de seguridad. ¿De cuál administración? Ah, sí…. Arias Sánchez.
Pero todo este tema se las trae. En efecto, cuando un medio como La Nación arma el escándalo, sólo los ingenuos creen que se trata de un favor a la Patria y de buenas intenciones democráticas. La Nación, así como Teletica, son empresas de información con intereses claros y bien definidos. Lo que parece haber aquí es un ajuste de cuentas entre ricos.
¿No fue acaso un velador de la democracia como Julio Rodríguez quien defendiera el infame Memorando del Miedo desde La Nación? En ese momento, Julito decía que quienes habían filtrado dicho documento eran “mafias ideológicas, políticas, económicas, criminales o, simplemente, (…) personas sedientas de odio, envidia o venganza, sabedoras de que la difamación causa un daño irreparable y de que la amenaza o el chantaje, extorsivo o no, son instrumentos de terror.”
Mirá vos… curiosamente parecido al lenguaje de Rodrigo Arias en Diario Extra, donde afirma:
“La Nación montó una trama con ánimo de perjudicarme e injuriarme totalmente. Es de las pocas veces en que se logra probar que un periódico miente como lo ha hecho La Nación en esta oportunidad.”
Y Teletica que al igual que La Nación, sacó su perro de traba para pedir la renuncia del fiscal y del ministro, guardó un silencio sepulcral cuando se reveló el negociazo de la inaguración del Estadio Nacional. Ahí se dice, con lujo de detalles que las empresas ligadas a La Nación (Manuel Francisco Jímenez Echeverría) y a Teletica (René Picado Cozza) se han asegurado más de 750 millones de colones con dicho evento y son los dueños de los demás recursos que se obtengan por publicidad y conciertos, todo gracias a una concesión del gobierno.
Por lo tanto, decir que existen por un lado medios no alineados como La Nación y Teletica que defienden y velan por los valores sagrados de la democracia y por otro lado, medios alineados como La Extra y Repretel que sirven intereses particulares y privados, me parece superficial y poco riguroso.
Lo que está en juego aquí es ciertamente la democracia frente a un tráfico de influencias mafioso, pero también el rol de los medios en la defensa de dicha democracia. No se defienden derechos y libertades cuando al mismo tiempo se choricean concesiones y se es cómplice del poder.
Probablemente, dentro de un par de años, cuando estén por definirse los negocios del próximo cuatrienio, será tiempo de sanar heridas, darse besos y reconciliarse. Veremos tal vez la portada de La Nación anunciando los porcentajes exorbitantes de intención de voto en favor de Arias, leeremos a sus columnistas señalando los peligros que representan los demás candidatos o candidatas…. la misma historia de siempre.
¡Estamos avisados!

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