Nacionales

China y Costa Rica: de obreros, memoria y realismo político

Por: Andrés Mora Ramírez
Artículo publicado en Amauta con permiso de Con Nuestra América y del autor
Fuente: Con Nuestra América

Publicado el: Martes, 5 de abril del 2011

Con no pocas contradicciones, el gobierno neoliberal de Costa Rica y el gobierno comunista de la República Popular de China, escriben un nuevo episodio de la historia de ambas naciones, a partir del establecimiento de relaciones diplomáticas en el año 2007.

“¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?”
Bertolt Bretch (Preguntas de obrero que lee).

Hacia el último cuarto del siglo XIX, agobiada y humillada por las guerras del imperialismo del libre comercio de las potencias europeas -las mismas que hoy se reparten África del norte-, China sufrió no solo el despojo de sus recursos, sus rutas comerciales y puertos, sino que además presenció el surgimiento de un mercado de “exportación” de sus trabajadores a Estados Unidos, Cuba, Panamá, Perú y Costa Rica. Allí donde despuntaban las inversiones de capital y se demandaba mano de obra, fueron enviados los trabajadores orientales.

Obreros chinos, por Richard Rawlins

A nuestro país los primeros obreros chinos llegaron en 1873. Un poco más de 650 desembarcaron en el puerto de Puntarenas, en la costa del Pacífico, ese año. Al precio de 80 libras esterlinas por hombre, un tercio de ellos fueron enviados a las haciendas cafetaleras y a las residencias de los oligarcas, y el resto, confinados a las obras de construcción de la línea ferroviaria que conectaría la capital San José con “las mortíferas comarcas” de Puerto Limón[1]. Ahí permanecieron aislados en los bosques lluviosos del Atlántico, expuestos a las implacables enfermedades del trópico y explotados brutalmente por las compañías extranjeras, que tendían los rieles del ferrocarril y las profundas redes de control capitalista en América Central.

La empresa del estadounidense Henry Meiggs Keith, que asumió la contratación de los obreros chinos, no tuvo reparos en discriminarlos: ganaban solo el 20% del salario de un operario costarricense, por jornadas de 10 a 12 horas diarias; únicamente tenían derecho a tres días libres al año; y para que soportaran esos extenuantes rigores, y los azotes de sus capataces, se les vendía opio a un precio equivalente a cuatro días de trabajo por una libra de la droga. Y cuando intentaron rebelarse, la empresa y el ejército costarricense –que entonces existía- no dudaron en aplicar la represión: en 1874, un levantamiento de los obreros chinos terminó con 6 muertos , 7 heridos y 13 torturados[2].

Catorce años más tarde, en 1887, en pleno auge del capitalismo monopólico estadounidense, Minor C Keith., padre fundador de la United Fruit Company y las repúblicas bananeras de América Central, obtuvo la autorización del gobierno de Costa Rica para “la introducción de 2.000 chinos más”[3]. A tal punto eran devorados estos obreros por el aparato imperialista de producción a nivel mundial, que muchos terminaron sus contratos e ingresaron a trabajar, de inmediato, a las compañías bananeras. Otros, seguirían su peregrinar y, tiempo después, vendieron su fuerza de trabajo en las obras del Canal de Panamá.

Casi un siglo y medio después de estos hechos, mucho ha cambiado el mundo. Con no pocas contradicciones, el gobierno neoliberal de Costa Rica y el gobierno comunista de la República Popular de China, escriben un nuevo episodio de la historia de ambas naciones, a partir del establecimiento de relaciones diplomáticas en el año 2007.

En los actos del fin de semana anterior, durante la inauguración del faraónico estadio “nacional” en San José (gestionado por el expresidente Oscar Arias), donado por el gobierno chino y construido en tiempo récord por obreros de ese país, abundaron la pirotecnia y los discursos, las bendiciones religiosas y las apelaciones patrióticas a la ideología de la identidad nacional. Pero apenas hubo tiempo para un discreto homenaje a esos trabajadores (uno de los cuales perdió la vida en un accidente laboral). Y de la memoria de aquellos primeros obreros del siglo XIX, no se dijo una palabra. La diplomacia y los intereses geopolíticos son así: exigen gestos, retribuciones, guardar las apariencias y, a veces, también estimulan silencios.

Los liberales decimonónicos costarricenses, con sus delirios de pureza racial, estigmatizaron a los obreros y migrantes chinos (como ya lo habían hecho con la población negra e indígena); mas no tuvieron reparos en “comprarlos” para sus propios quehaceres. En 1874, el entonces presidente Tomás Guardia “compró” 14 chinos para uso personal en sus haciendas, y lo mismo hicieron otros funcionarios y altas figuras de la sociedad costarricense de la época[4].

Los neoliberales de hoy, pragmáticos, se limitan a exaltar la disciplina laboral puesta a prueba en largas jornadas, la competitividad y la eficacia chinas. Resulta imposible de obviar la paradoja: un grupo de obreros son presentados como héroes y ejemplo a seguir en un país, como Costa Rica, cuyos gobernantes vienen impulsando la flexibilización laboral y la consecuente afectación de los derechos y conquistas sociales; y donde, hasta el año anterior, casi el 30% de los trabajadores del sector privado no recibían su salario mínimo.

¡Que celebren, entonces, nuestra elites y grupos dominantes la visita del Primer Ministro chino, la firma de un tratado de libre comercio con el gigante asiático, o la compra de bonos de la deuda interna costarricense por $300 millones de dólares, y su posterior “custodia” en un banco privado (en el que fue directivo nuestro exembajador en Pekín y amigo cercano del expresidente Arias), para que engorden allí sus intereses!

¡Que celebren el consumo político y mediático del discurso del “estadio para el pueblo”!, mientras tanto, esperan solución las públicas y notorias carencias del país (en carreteras, puertos, infraestructura de hospitales, escuelas y colegios públicos), producto del sistemático debilitamiento de un Estado forzado a someterse al modelo de desarrollo neoliberal.

¡Y que celebre China, bajo la extraña simbiosis del capitalismo de Estado, en lo económico, y el sistema comunista, en lo político, su proyección triunfante hacia América Latina; sus logros en la reducción de la pobreza y su consolidación como la segunda economía del mundo! Que celebre, aunque todo esto de poco sirve si aún no es capaz de plantarle cara al imperialismo occidental (que más de una vez la sojuzgó) como lo demostró su reciente actuación en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde pudo vetar la resolución de intervención militar en Libia, pero optó, cómplice, por un voto de abstención.

¡Que celebren, los que quieran, los esponsales entre Costa Rica y China bajo la liturgia del realismo político!

Pero que las celebraciones no usurpen el necesario lugar de la memoria. Porque al final, como nos enseñó el poeta y dramaturgo Bertolt Bretch, las verdades aparentes y los claroscuros de la historia y la política, se romperán en mil pedazos ante las imbatibles preguntas de un obrero que lee.

 

Andrés Mora Ramírez es miembro de la Asociación por la Unidad de Nuestra América-Costa Rica

 

NOTAS

[1] Quesada, Rodrigo (2002). Recuerdos del imperio. Los ingleses en América Central (1821-1915). Heredia, C.R.: Editorial de la Universidad Nacional. Pág 340.

[2] Aguilar Bulgarelli, Oscar (1989). La huelga de los tútiles. 1887-1889. San José, C.R.: EUNED. Pp. 13-14.

[3] Quesada. Op. Cit. Pág. 342.

[4] Fallas Monge, Carlos Luis (1996). El movimiento obrero en Costa Rica. 1830-1902. – 1era reimp. – San José, C.R.: EUNED. Pág. 214.

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