Nacionales

San José y la memoria adoquinada

Por: Laura Flores
Artículo publicado en Amauta con permiso de Revista Paquidermo
Fuente: Revista Paquidermo

Publicado el: Viernes, 29 de abril del 2011

San José está lleno de parches y de huecos. Está construido sobre tranvías, huelgas y sindicatos de zapateros que ya nadie recuerda. Queda por ahí, en nuestra capital, uno que otro edificio que se asoma, impertinente, en una geografía de cemento y rótulos que en algún momento nos impusieron como ideal de Progreso. Queda también uno que otro necioporqueneciosnuncafaltan-, que insiste en recordar esas huelgas de zapateros, esos tranvías; necios que gastan tiempo y energías tratando de exhumar olvidos.

Nuestra capital es un espacio arrasado, al igual que nuestra memoria. El hecho de que no haya sido escenario reciente de conflictos armados, no quita que sean muchos los pies que terminan saliéndose de la fosa -de común silencio- donde han tratado de enterrarlos.

Desintegración de la persistencia de la memoria (1952-1954), por Salvador Dalí

Cierto es también que la riqueza de San José, o de casi todas las ciudades, radica en que, tras un primer plano -y si escarbamos un poquito-, encontramos los restos de otra ciudad, de muchas ciudades que se niegan a ser olvidadas.

Aclaro, antes de seguir adelante, que la idea de estas líneas no es defender que “todo pasado fue mejor” (¿mejor para quién y respecto a qué?), sino más bien reflexionar un poco sobre la facilidad con que se llevó a cabo la demolición de una gran parte del patrimonio arquitectónico de San José, situación que sigue presentándose, en mayor o menor medida, en otras zonas del país, y que revela mucho de lo que somos.

Un ejemplo reciente es la demolición de una casa histórica en Cartago, por parte del Grupo Inversionista Palmer. Las declaraciones del alcalde de Cartago, Rolando Rodríguez, son elocuentes: “Como ha sido costumbre en esta ciudad, empezaron a demolerla en la noche y de atrás para adelante, pero nos dimos cuenta y aún pudimos salvar la fachada”.

El abandono sistemático al que son sometidos edificios y espacios urbanos de gran valor patrimonial, así como el gesto de demolerlos de noche y de atrás para adelante, parecieran indicar dos cosas:

1. Somos un país que, definitivamente, ama la violencia –cuanto más pasiva mejor-.

2. El olvido es parte fundamental de los espacios mentales y urbanos que habitamos.

La combinación de estos aspectos, violencia y olvido, tiene efectos sobre la forma en que nos imaginamos y el modo en que nos proyectamos hacia futuro. Espacios mutilados tienen como resultado memorias mutiladas.

De hecho, si pensamos en violencias simbólicas, creo que habría que detenerse a pensar, por ejemplo, en las implicaciones que tiene el proyecto de “repoblar” San José con torres de apartamentos impagables para cualquier costarricense de salario promedio. Esto, para mí, no es más que otro tipo de violencia, muy a tono, por cierto, con el San José imaginado por Jhonny, su Urbe Utópica:

Primeramente, imagino una ciudad segura, con mucha presencia policial, como la que ya hemos comenzado a instaurar para lo cual (sic) la meta mía es duplicar el número de policías. Imagino una ciudad con muchas cámaras de vigilancia y monitoreo de alarmas. Actualmente tenemos 25 cámaras de vigilancia y mi meta es llegar a tener 200 […] Cuando yo me asomo y veo esa grúa, bueno, cuando vea 20 de esas por toda la ciudad construyendo edificios como éste, ahí voy a sentir que mi misión va en camino de realizarse…”

Pero más allá de lo que imagine o no el alcalde, de sus arrebatos mesiánicos y de sus anhelos por vivir en una realidad controlada por monitores, policías y pantallas, todo parece indicar una cosa: pasarle por encima a la memoria del tico no cuesta nada… es casi tan fácil como demoler una biblioteca y construir encima un parqueo, o como escribir un memorando y luego archivarlo en el olvido, exportando a sus autores  y eximiéndolos de responsabilidades,.

Es claro, además, que un país sin memoria corre muchos riesgos: el primero y más importante, ser fácilmente catalogado como el más feliz del mundo. Es claro que en un país desmemoriado como éste, todo es flor de un día: desde las carreteras hasta las investigaciones por corrupción. Inclusive la hazaña de María José, antes celebrada en titulares y primeras planas, ha pasado a mejor vida.

Su “hazaña” sirvió para promover un gran olvido histórico en un momento en que grandes sectores de la población apenas se recuperaban del fraude mediático y político del 7 de octubre del 2007. María José, pienso, debería exigirle a Arias, como mínimo, un salario a perpetuidad por las obras de interés cultural realizadas a su favor.

Ya nadie se acuerda de ella ni de su hazaña cohesionadora, y los mismos medios que la catapultaron a una efímera notoriedad, se encargaron de darle el tiro de gracia meses después. María José, ahora sepultada bajo una gruesa capa de silencio, permitió articular, desde los medios y desde Casa Presidencial, uno de los tantos olvidos que han hecho de este pedazo de tierra lo que ahora es.

A ella también la demolieron, de noche y de atrás para delante. Poco importó que fuera el ingrediente perfecto para aderezar el clima de fervor patrio en torno a un “triunfo televisivo” que nos recordaba que donde haya un costarricense, esté donde esté, hay salsita Lizano. Cosas por el estilo.

Ese mismo fervor que llevó a muchos, en estas últimas épocas, a vestirse de blanco, a usar chiquitos y palomas, y a pegar banderitas en las ventanas y en sus perfiles del Feisbuk para defender la soberanía territorial de Costa Rica… Defenderla aunque Calero, los humedales y la gente que vive ahí les importen menos que nada; aunque esas poblaciones y esos recursos naturales hayan sido, durante muchísimos años, parte de otro gran olvido.

María José Castillo se merece el Benemeritazgo de la Patria –de la Patria de los Arias-, porque fue la pieza clave para borrar las marcas dejadas por un proceso de lucha común. Había que eliminar el sentimiento de unidad que aglutinó a los comités patrióticos, y reemplazarlo por un sentimiento de unidad banalizado y vaciado de cualquier sentido político.

El estrellato efímero de María José, como casi todo en este país, es la muestra de que Costa Rica es un territorio violentado a punta de olvidos, donde los procesos de adoquinamiento, ideológicos y espaciales, permiten, por un lado, borrar discrepancias y sembrar consensos a la fuerza, y por otro, ocultar bajo una gruesa de concreto –concesionado, por supuesto- los muertos que tales procesos dejan a su paso.

En Costa Rica, ya se sabe, nos educan para memorizar, marcar con equis, pasar el curso y olvidar. Grandes ejércitos de personas mutiladas se gradúan año con año; importantes contingentes de ‘recurso humano’ listo para engrosar las filas del Progreso, de ese Progreso que se alza en grandes torres al oeste de la capital: en ese ombligo urbano donde se habla español como segunda lengua y donde, según se dice, emerge a borbotones una cosa llamada Futuro.

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