Hay mucha gente que se sorprende del desmán liberacionista del 1ero de Mayo. La jugarreta que pretendía llevar a cabo el partido oficialista, cambiando a última hora las reglas de votación, buscaba dejar en silencio la “compra” del voto opositor, así como los chantajes a los cuales han sido sometidos algunos diputados del bloque aliado. Pero ¿qué tanto nos puede sorprender esto?
Es práctica común que el PLN compre votos con almuerzos, bonos de vivienda -y en el caso que nos toca analizar- con promesas de infraestructura o apoyo para proyecto específicos.

Una pequeña prueba de memoria basta para recordar las triquiñuelas de las elecciones del 2006. Por ejemplo, desaparecieron más de 5000 papeletas, en 712 mesas había inconsistencias y en más de 100 de estas mesas hacía falta el padrón electoral. Resultado, el PLN ganó 484 de esas mesas (43,19%), ahí se anularon 3783 votos y Oscar Arias quedó electo con 1,15% de los votos válidos.
Lo nuevo -aquello que debería realmente alarmarnos- es el nivel de descaro al que ha llegado este partido. Tal y como lo manifestó Juan Carlos Hidalgo en un artículo, si el PLN se atreve a semejantes chanchullos en plena Asamblea Legislativa, en vivo y en directo, ¿qué no harán sus delegados, con poca supervisión, en las mesas de votación?
Este mismo cinismo del PLN salió a flote durante la conferencia de prensa del 2 de mayo. Después de verse humillados y quedar en ridículo frente a todo el país, después de “ganar” el Directorio con sólo 26 votos, Villanueva renunciaba. Uno a uno fueron hablando los diputados oficialistas, todos con la misma jerga patriotera barata y cursis referencias a don Pepe y la “pureza del voto”.
Fabio Molina se atrevió incluso, con manotazos al aire, a amenazar al país de parálisis, afirmando que si había “apagón económico” ya sabríamos a quién echarle la culpa. Don Fabio es uno de los ejemplos más claros de la política tradicional y de la ceguera profunda en que vivimos. Durante cuatro años presidió el IFAM y su máximo logro fue querer botar a la mitad de la planilla del Instituto, las municipalidades siguen con los mismos problemas, la misma ineficiencia y una corrupción galopante. Después, en un acto de magia, don Fabio aparece en las listas cerradas de diputados del PLN y se gana una curul. Ahora viene a dar misa sobre la tradición democrática del PLN y la pureza del sufragio.
Por su parte, Luis Gerardo Villanueva se rajó con una joyita para recordar, nos dijo “el PLN no tiene vocación de oposición”. Más claro no canta un gallo. El PLN está para gobernar y punto. Casi como el PRI en México nos enrumbamos a la dictadura perfecta.
Y lo que más sorprende en la retórica liberacionista es la recurrente y omnipresente referencia a la democracia en su práctica y su esencia. Para ellos, la política costarricense se transformó por obra y gracia del Partido Liberación. Antes eramos corruptos, fraudulentos, embarrialábamos la cancha, volábamos cincha y durante las elecciones repartíamos guaro. Hoy, gracias a Liberación y su reforma política, somos no sólo el país “más feliz del mundo”, sino el más democrático, el venerador del voto secreto, el pilar de la elección perfecta. Y desde luego, Liberación y sus partidarios son los acérrimos defensores de esta democracia.
Pero cuando esa misma democracia, por medio de un proceso de diálogo, de repartición y equilibrio del poder deja por fuera a Liberación, entonces se convierte en filibusterismo, en ingobernabilidad, en fraude, en evasión (por cierto, don Fabio, la que escribió La ruta de su evasión fue Yolanda Oreamuno y no Eunice Odio). Casi que podríamos plagiar a Sartre y decir, en palabras liberacionistas, “el fraude son los otros”.
De esta forma, el PLN vive la ilusión de su poder. Poder hereditario que debería perpetuarse per secula seculorum, poder vitalicio con nombre y apellidos (los mismos de siempre), poder eclesial con baños de agua bendita para lavar los pecados políticos, poder que se defiende con el miedo, la amenaza y la mentira.
¿Será este el principio del fin? ¿O al menos, el comienzo de algo nuevo?


