Los homosexuales hacen “propaganda homosexual”. A través de “afiches homosexuales”, “campañas homosexuales” y “adoctrinamiento homosexual”, los homosexuales no se contentan con hacer sus cosas, sino que amenazan con volvernos a todos como ellos. Pero la homosexualidad también pone en riesgo la familia, los valores, el matrimonio y “la vida humana desde su concepción”. Los homosexuales están por todas partes, incluso donde menos se lo espera uno. Proclaman a viva voz unos derechos, a costa de amenazar los derechos de todos los demás. Los homosexuales son abusivos y no respetan la ley. Pero además, los homosexuales gastan los recursos públicos para discriminar a los heterosexuales.
Todo eso dice Rafael Vargas, el gendarme de los heterosexuales universitarios, en una carta al Consejo Universitario de la UCR. No hay porqué detenernos demasiado en discutir esos argumentos raídos que, en todo caso, han sido ya debidamente destrozados (argumentos que, de no ser por su brutalidad, y por las vidas que cobran, hasta podrían mover a la risa). Sin embargo, por tratarse de un reclamo coyuntural y específico, no puede dejar de señalarse que las reivindicación de Vargas borran de un plumazo la homofobia como un hecho social.

(Arte: Banksy)
Hace poco un grupo neofacista se reunió en un Hotel de Bogotá para celebrar el aniversario 122 del natalicio de Adolfo Hitler. Sus miembros reclamaban su derecho a expresar libremente sus convicciones y a reunirse en condiciones de igualdad como cualquier otro colectivo. En la actividad se proclamaba la legitimidad del proyecto hitleriano y la necesidad de revitalizarlo. También se habló sobre la conveniencia de tomar las armas, de modo que los militantes del grupo en cuestión pudieran morir detrás de una trinchera, “como corresponde a un verdadero nazi”. Los administradores miraron para otro lado: “tienen derecho a reunirse como cualquiera que pague por las salas del hotel”. Concedámoslo. En todo caso, el argumento que importa es el que sigue: cuando los neonazis planean nuestro exterminio, en realidad ejercen el mismo derecho que nosotros cuando nos manifestamos en contra del nazismo. El supuesto aquí es que la igualdad es formal. Se trata de un asunto de bandos: heterosexuales contra homosexuales, nazis contra… ¿arios no colombianos? En una palabra: la ley tendría que tratar como iguales a sujetos que el sistema se encarga de diferenciar, para después discriminar a través de múltiples prácticas que actúan por dentro y fuera de la ley, y que por lo tanto la informan.
Cuando se reclama a la Universidad que dé cuenta de cómo se beneficia presupuestariamente a grupos que luchan en contra de la segregación, el maltrato y la violencia, cuando un heterosexual se siente discriminado porque alguien no está dispuest@ a seguir siendo perseguid@ y repudiad@, se está apelando a una universalidad que el propio reclamo vacía. En nombre de un principio que se quiere universal (el derecho a expresarse) se afirma que no cualquiera entra dentro de la noción de universalidad. En una palabra: se quiere reivindicar la igualdad ante la ley como si todos accediéramos a ella en igualdad de condiciones. Es el mismo argumento que se utiliza contra las leyes que protegen a las mujeres del femicidio: ¡también hay casos de mujeres que asesinan a sus maridos!, se nos dice, como si el femicidio no tuvieran lugar en una sociedad patriarcal que lo produce. Orwell lo supo decir con el poder que da la síntesis: todos somos iguales pero unos parecieran más iguales que otros.
En días en los que, en nombre de la igualdad se discrimina, la buena noticia es que el binarismo heterocéntrico se sienta tan amenazado. Que a un solo colectivo se le atribuya el potencial para destruir la familia, la ley, la moral y la religión es algo que debería emocionarnos.



Holaa me interesa esta noticia, estoy haciendo un trabajo en la U y me gustaria hablar con el autor y hacerle unas preguntas! Gracias