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El estribillo, como una canción de karaoke, como un soneto

Por: Juan Hernández
Artículo publicado en Amauta con permiso de Revista Paquidermo
Fuente: Revista Paquidermo

Publicado el: Viernes, 8 de julio del 2011

Ahora resulta que todo el mundo ha leído a Yolanda Oreamuno, todo el mundo es crítico de Yolanda Oreamuno, todo el reguero de aspirantes a escritores que obligatoriamente creen formarse en filología o letras van a hacer su tesis sobre Yolanda Oreamuno y después de eso, ser escritores. Es más, a como está la vara hasta yo mismo quiero publicar a Yolanda Oreamuno, en estos momentos es una mina de oro.

Estos mismos hechos me recuerdan cuando Felipe Granados murió. Todo el mundo decía conocerlo, leer su poesía, haber tomado guaro con él, haber escrito libros con él, que él les prometió prólogos, revisiones, comentarios, etcéteras dentro de cada culo sediento de atención. Nada más fácil que apiñarse con los muertos, es lo sencillo, lo cómodo. Si uno es un perdedor, rescatar a los muertos puede elevar a un nivel categórico años de baja autoestima, creo que nadie puede dudar eso. Al final Felipe se murió porque quiso y todo el mundo hizo lo que él no quería: misa, rezo, llorar, homenajes, recordarlo, recordarlo.

Estos mismo hechos me recuerdan un día en que Gaby Arguedas puso en facebook: “hoy recuerdo a Viviana Gallardo”, y al instante, un poco de gente pone que la conoció, que tomó café con ella y todas esas mierdas igual o peores que las anteriores. Todo el mundo se rasgaba las vestiduras en nombre de ella, su lucha, sus méritos y juraban que ella aún vivía en los corazones pero sólo eso, pasajes metafísicos y una nostalgia recordando los años revolucionarios. Me abstuve de comentar algo sobre todo porque la idea de Gaby estaba clara: recordar, me levanté recordando, la recordé y punto. Los comentarios no se pueden controlar, son externos, no nos gustan pero allí están expuestos.

Estos mismos hechos me recuerdan las típicas habladas de mierda de muchos escritores maduros. Todos leyeron en su juventud a Julio Verne, a los rusos, a los clásicos, a tanta mierda que parecen como un manual, hablan con la propiedad autoritaria como si establecieron un nuevo Manifiesto Comunista, una Constitución Política, como si se sacaran la pinga y establecieran alrededor del glande los parámetros de cómo se erecta y por qué se penetra.

Estos mismos hechos me recuerdan a Gato, el compa que vendía tiempos por un negocio que tuve. Cuando se murió, a él sí todo el mundo lo conocía, todo el mundo le había apuntado chances y curiosamente, como murió lunes, todo el mundo había pegado el 42 que salió el domingo anterior.

Estos mismos hechos me recuerdan las mesas de tragos de escritores o filósofos. Siempre eructando erudición, frases geniales, hermenéutica, semántica, epistemología, política, ese reguero de pichas que no se sabe bien para qué sirven. Gente tonta hay, eso no se cuestiona, y un polvo por decir una frase ingeniosa bien que todos y todas lo hemos hecho. Por lo general, cuando me da pereza algo, saco una frase ingeniosa de alguien a quien procuro que nadie lea, cito algún libro o cierro con algo tan pichudo que nadie pueda decir nada: me parece muy borgeano ese planteamiento.

Estos mismos hechos me recuerdan el asesinato de Camila, una perra envenenada por un Sacerdote que probablemente había eyaculado encima de niños meses atrás. Todas las señoras le habían dado de comer, le habían dado agua o le habían rascado la jupa.

Estos mismos hechos me recuerdan cuando murió Ricardo, el hijo de mi bisabuela. Pasó sus últimos años como drogadicto, indigente, nadie en la familia le abría las puertas de su casa, nadie lo alimentaba en la misma mesa, nadie le prestaba el mismo baño, ni siquiera le daban agua en los vasos de la casa, nadie lo recordó por mucho tiempo hasta que sonó el teléfono y se corrió la voz: Ricardo está agonizando en el patio de una casa. Cuando murió, la familia se unió, la familia lo vistió, la familia, después de casi diez años, le abrió las puertas y allí estaba Ricardo, dentro de una caja dentro de la casa que lo vio nacer.

Estos mismos hechos me recuerdan que está de moda ser progre, ser del PAC o Frente Amplio, escribir inclusivamente, leer algo de género, ser ecologista o mínimamente reciclar, ser vegetariano, escuchar a Mal País, odiar la misoginia —aunque se siga presentado a la pareja como una propiedad—, respetar la diversidad, querer el Caribe y la negritud, al proletariado, a los pobres, odiar a los ricos, ir donde un psicólogo, ver Mad Men, tener un blog, lo cool de publicar en Paquidermo, ir a las aburridas presentaciones de libros, a las galerías, al MADC, pedirle plata al farolito para cualquier cosa, tener facebook y hacerse amigo de medio mundo. Estos mismos hechos me recuerdan que la moda todo lo puede. Y me putea, me putea porque la praxis que uno sostiene se vende a la vuelta de la esquina, porque ahora todo es más fácil y nada cuesta, todo está en Internet, en cartas, en gente mediocre que tiene buenas intenciones pero que no deja de ser mediocre. Estos mismos hechos me recuerdan el día que estaba en México con Guillermo Barquero, ambos cuidando el stand de las editoriales y un jetas, un tipo que pagó $50 por un gafete que decía “escritor costarricense” se acercó como para ver si le decíamos algo. Evidentemente no le prestamos atención y al rato nos burlamos como nunca. Estos mismos hechos me recuerdan que con los muertos podemos decir y hacer lo que queramos. Que la moda pone todo más fácil. Que todo lo que defendí una vez ahora es moda y la verdad me da pereza.

Ahora resulta que hay que ser correctos en todo. Política, social, económica y sexualmente hablando. Todo eso me putea. Me gusta oler perico, fumar mota, tomar cerveza y vino, me gusta cogerme a un travesti, me gusta ser el gallo del gallinero y tener tres chicas por semana, ver porno todos los días, ligar cada fin de semana y fumarme dos paquetes de Marlboro, ser homofóbico pero defender a capa y espada la dignidad y el deseo que coger con quien y como quiera la gente, me gusta tener la capacidad para cagarme en quien quiera, me gusta haber logrado ser clase media y no depender de nadie para hacer lo que me ronca el culo, me gusta ser buena gente y hacer lo que hago. Ahora resulta que recuerdo las palabras de un viejo amigo: Juan, vos sos todo lo que en algún momento odiaste. Ahora resulta que recuerdo las palabras de una vieja amiga: Pablo, ¿qué le pasó a usted?

Ahora resulta que todo el mundo ha leído a Yolanda Oreamuno y me pregunto quienes serán los que dentro de muchos años digan que tomaron guaro con mis amigos, defendieron sus causas, rieron, lloraron, se sintieron felices con ellos y leyeron sus trabajos. Probablemente serán una moda lejana. Estos mismos hechos me recuerdan que así como yo, cualquiera puede escribir lo que sea.

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