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Nacionales

De los muros a los ghettos feisbuqueanos

Por: Laura Flores
Artículo publicado en Amauta con permiso de Revista Paquidermo
Fuente: Revista Paquidermo

Publicado el: Viernes, 26 de agosto del 2011

“Escazú es difícil de censar

por las barreras físicas que obstaculizan

el acceso a las viviendas.”

Paula Izaguirre, Censo 2011.

Decía Italo Calvino que las ciudades, como los sueños, son construidas por deseos y por miedos. Quizá por eso el enemigo, en todas las ciudades, siempre está al otro lado del muro.

Los muros, como recurso de segregación, son tan sólidos como la etimología de la palabra ‘bárbaro’. El significado de este término, en definitiva, nos da luces sobre la forma en que opera nuestra occidental cabezota: bárbaros serán siempre los otros. Bárbaro será todo aquello que esté detrás del muro, detrás de esa estructura mental de cemento y prejuicios que me permite definir, simbólicamente, dónde empieza y termina mi humanidad, y por supuesto, dónde empieza la animalidad del otro.

Vayamos, pues, a lo concreto; ejemplos sobran.

Muros para evitar que las hordas de latinos hambrientos y piojosos, como usted y como yo, ingresemos ilegalmente a la Tierra de las Oportunidades. Muros en mitad de la nada, donde las alambradas y las balas se conjugan de forma perfecta y permiten mantener en su lugar a un montón de palestinos terroristas e insurrectos. Muros de reciente factura que, en medio de la indiferencia prepotente de organismos como el Fondo Monetario Internacional, se construyen para evitar la filtración de material radioactivo hacia el mar.

Muros made in Tiquicia, cuyos eficientes sistemas de seguridad, enquistados en tapias impenetrables, permitieron que las distinguidas familias de un lugar llamado Escazú  evitaran las molestias de un séquito de profesores sudorosos y preguntones en el último Censo Nacional.

Imposible, en esta metástasis de ladrillos, olvidar que en agosto, justamente, Alemania está cumpliendo cincuenta años de haber sido mutilada por uno de los más famosos: el de Berlín.

¿Qué papel han jugado los muros en la configuración de nuestros territorios, nuestras identidades y nuestros discursos? O más bien, ¿qué papel han jugado los discursos en la construcción de muros imaginarios para sentirnos a salvo de nos/otros?

En épocas de neoliberalismo los muros son fundamentales: condominios, desarrollos inmobiliarios y mega-hoteles cinco estrellas crecen por doquier debidamente amurallados. En su mayoría, sin ninguna planificación urbana y sin ningún respeto por las poblaciones y los recursos naturales de los lugares donde se instalan. Arquitectura autista, desvinculada del entorno y de la historia, de los contextos socio-culturales; arquitectura que celebra la homogeneidad y castiga la diferencia; arquitectura castradora de los intercambios y las relaciones sociales, devota de las jerarquías y obediente a los designios de unos cuantos empresarios.  Arquitectura de los muros.

El concreto, los ladrillos y los alambres han sido los materiales predilectos de Occidente a la hora de construir su relación con el Otro; tanto así que Mark Zuckerberg, el segundo geniecillo informático más exitoso de la historia (el filántropo Bill Gates sería el primero), trasladó al plano ‘virtual’ esta debilidad nuestra por el concreto y las separaciones. Marquitos Z., ahora podrido en plata y en fama, terminó de amurallarnos la existencia.

Ahora resulta que gracias a este brillante genio de los negocios, tenemos nada más y nada menos que un muro virtual para expresarnos y socializar. Y así, separados unos de otros por unos invisibles ladrillos, vivimos en permanente vigilia frente a nuestro muro y el de nuestros amigos.

El muro, que en la vida concreta suele ser más bien un obstáculo para la comunicación, pasa a convertirse, en el universo feisbuqueano, en el medio a través del cual se establece la comunicación. Ingresamos, entonces, en un escenario bastante interesante, pues así como en la neolengua de la famosa novela 1984 de Orwell la consigna principal era la paradójica sentencia “la guerra es la paz”, nos topamos con que, en la neolengua feisbuqueana “el muro es la comunicación”, o, mejor aún, “la Incomunicación es Comunicación”.

Feisbuc es un terreno ambiguo, contradictorio e interesantísimo, pues si bien les permite a los actores sociales de grandes procesos de cambio comunicarse con mayor rapidez y facilidad, es al mismo tiempo una arquitectura del aislamiento, muy acorde a la vivencia de irnos encerrando en nuestros barrios-ghettos-condominios; muy acorde a la crucifixión diaria de la que somos objeto a causa de los sistemas eléctricos y los guardas privados con los cuales buscamos estar a salvo.

Feisbuc es la materialización de una sociedad obsesionada con la ilusión de la inmediatez, una comunidad virtual construida por la soledad de millares de ojos que, apostados por doquier, siempre en vigilia, conforman una larga red jerarquizada.

El miedo, materia prima con la cual se construyen las ciudades y las formas de socialización en esta era globalizada, nos hace sentirnos a salvo en la penumbra de no saber nada del otro. Nos vamos aislando fuera y dentro de la pantalla, a pesar de estar siempre hiperconectados y siempre ubicables. Nos han vendido la ilusión de ubicuidad: estar presentes a un mismo tiempo en todas partes.

Llego al final de estas líneas pensando que después de lidiar con tanto alambre, tanta pantalla y tanto cemento, es fácil aterrizar en la prematura y cuestionable conclusión de que vivir en ghettos o vivir pegados al Feisbuc son, finalmente, las dos caras del mismo miedo. Pero, aún mejor, aterrizo en la certeza de que este texto, este irrelevante pataleo paquidérmico, terminará aplastado y dignamente olvidado ahí donde ustedes ya saben: en un murito de Feisbuc.

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