Se están celebrando hoy (14/08) en Argentina, unas insólitas elecciones “primarias”, obligatorias para el conjunto de la ciudadanía y de los partidos, o frentes que aspiren a participar de los próximos comicios de octubre. Tuvimos ocasión de referirnos genéricamente a este instituto desde una perspectiva crítica en dos ocasiones previas: cuando las últimas elecciones equivalentes tuvieron lugar en Uruguay (aunque con carácter voluntario) y cuando en Argentina se aprobó la ley que ahora por primera vez se aplica, concluyendo sintéticamente que en la orilla occidental del Río de la Plata no sólo no se intentaba siquiera imitar o trasladar algo de la rica tradición política oriental, aún ceñida al régimen liberal-representativo, sino, inversamente, sólo su más pobre y promiscuo instituto partidario-electoral. Estos comicios se dan inmediatamente después de elecciones de autoridades en la capital del país y en dos provincias del interior (Santa Fe y Córdoba) en los que la derecha tuvo resultados rutilantes en el primer caso y preocupantemente crecientes en los restantes. En general, con un discurso refractario a la propia política. En cualquier caso, la experiencia que hoy se lleva a cabo, combina la casi totalidad de los dispositivos manipulatorios y mistificadores de la democracia representativa universal y de su particular degradación institucional, específicamente argentina.

El origen de este dislate, proviene de la tradición norteamericana, a diferencia de la europea que inspiró hasta ahora la dinámica partidaria argentina, aunque con sus mañas locales. En EE.UU. las “primarias” surgieron como recurso manipulatorio-publicitario con la intención de compensar la pérdida de credibilidad en el sistema político, claramente visible en la indiferencia ciudadana y su creciente ausentismo electoral que suele superar el 50%. Al ser el voto voluntario, allí la crisis se patentiza con mayor elocuencia. Justamente, para contrarrestar esta crisis que amenazaba la reproducción de la actual forma de democracia de partidos, se ideó la maniobra publicitaria de hacer una elección antes de la estatal. Inversamente, la obligatoriedad argentina aplicada ahora a las “internas abiertas”, intenta enmascarar la crisis político-institucional criolla.
Los partidos norteamericanos prácticamente carecen de actividad por fuera de las elecciones, además de afiliación o membrecía. Son, desde esta laxitud combinada con marketing, simples aparatos clientelistas y de seducción mediática. Como nos interesa con exclusividad en estas líneas la cuestión de las “primarias”, omitiremos la crítica de su particular concepción de las minorías habida cuenta de que el ganador de cada Estado, obtiene la totalidad de los representantes proporcionales al total de su población. En la mayoría de los Estados, la atracción se centra en éstas antes que en la elección estatal de candidatos ya que en la última desaparece inclusive la competencia entre candidatos y consolida el inamovible bipartidismo nórdico. Se trata de un show, al mejor estilo hollywoodense, con mayor manipulación y ritos clientelísticos aún que las estatales. En el caso argentino de hoy, ni siquiera existe esa posibilidad, porque no hay competencia entre precandidatos presidenciales al interior de cada opción electoral. A lo sumo se dirimen algo las llamadas “colectoras” otro invento vernáculo oficialista, como lo fueron en los anteriores comicios legislativos, las “candidaturas testimoniales”, una estafa más a la soberanía popular donde se postulaban candidatos sobre los que se sabía de antemano que no asumirían el cargo una vez electos (como el gobernador Scioli, o Nacha Guevara, etc). Las listas en esta ocasión, fueron previamente digitadas y resultan únicas, convirtiendo a este mamarracho institucional en una suerte de encuesta masiva y obligatoria que no se priva siquiera de la amenaza de impedir la votación en las elecciones reales de octubre a los posibles ausentistas. La efectivización o no de esta bravuconada, dependerá finalmente de lo que convenga específicamente al oficialismo, según el resultado obtenido en el experimento de hoy.
Con la supuesta pretensión de asegurar la intervención de la ciudadanía en la selección de precandidatos o de incrementar la democraticidad del sistema electoral y la legitimidad del régimen político representativo, este dispositivo produce exactamente lo contrario: una mera ficción seudolegitimante. No altera en absoluto el modo tradicional de confeccionar las listas de precandidatos ya que la operación continúa en manos exclusivas de las cúpulas partidarias y su providencial “dedo” mientras se bloquea la posibilidad de intervenir en las decisiones, tanto a la base partidaria, como a los ciudadanos con voluntad o interés participante. Sean específicamente partidarias u obligatoriamente estatales, la ciudadanía en lo estatal, o la base y militancia en lo partidario, no elige nunca, sino que, en el mejor de los casos, opta por los nombres o listas que otros decidieron en transacciones y pactos a puertas cerradas. No modifica el monopolio oligárquico de la vida partidaria, salvo rarísimas excepciones que dependerán de los estatutos específicos de alguna agrupación en particular que contemple formas directas de adopción de decisiones colectivas en su seno. Antes bien, consolida el naturalizado dispositivo decisional de caudillos o elites.
Estas llamadas internas abiertas o primarias, son simplemente un mito pretendidamente democrático con que la clase política argentina intenta atenuar y disimular dos síntomas de extrema debilidad. Por un lado la de representatividad y credibilidad ante la sociedad y por otro, la que conlleva la descomposición de la estructura y dinámica partidarias. Los partidos políticos argentinos, incluyendo el oficialista FPV, ya carecen de la influencia masiva activa, que otrora poseyeron. Sólo mantienen la estructura clientelista de dirigentes punteros, que cobra más impulso en los periodos electorales, asistida por la video-política, permitiéndole a la dirigencia partidaria un modo o camino de reproducción y perpetuación.
La pretensión de obtener una mayor credibilidad a través de una suerte de “cobertura popular”, al modo de las primarias norteamericanas, resulta un efecto absolutamente imaginario. En Argentina no se mejorado con este instituto electoral, la escasa democraticidad del dispositivo partidario seleccionador, ni mejora la desconexión entre representantes y representados, fenómenos que no sólo involucra a los partidos tradicionales o de masas, sino también a las izquierdas radicales. En definitiva, no se avanza un solo paso para corregir la autonomización del candidato o representante que el sistema liberal fiduciario instaura y legaliza. Las internas abiertas reproducen, en completa subordinación al esquema liberal, la reducción y simplificación institucional de los procedimientos democráticos al mero acto de votar. Efecto placebo, en suma, específico de una forma de despolitización mediante técnicas de imagen y estrategias mediático-publicitarias, donde las internas abiertas infunden en algunos ciudadanos la sensación –ilusoria, insistimos- de mayor participación.
Producen, además, otro efecto negativo que no convendría minusvalorar en un contexto de crisis de militancia, o al menos de fuerte transformación de su carácter, ya que igualan el derecho permanente de los miembros activos de una agrupación a elegir sus candidatos con la concesión ocasional de ese derecho a personas desinvolucradas partidariamente que residen en el conjunto de la ciudadanía. En lugar de mejorar la democracia de los partidos asegurando la participación de los afiliados en la selección de candidatos, las internas abiertas licuan al partido en una especie de masa plebiscitaria. Desalientan el compromiso consecuente del afiliado o militante y premian el fugaz acercamiento dominical del simpatizante transitorio o hasta del indiferente.
Si el partido o frente, como es el caso del kirchnerismo, carece de estructura orgánica o ésta es débil, habría que preguntarse a quiénes favorece el mantenimiento de esta inorganicidad en la que prospera y se reproduce el clientelismo y la ausencia de control de gestión de los representantes y dirigentes por parte de los representados y sus bases. Tampoco un compromiso o mandato.
Por último, de este modo se establece también un mecanismo de exclusión a aquellos que no alcanzan el piso del 1,5% de los votos que muy probablemente recaiga sobre las izquierdas que en Argentina, siempre han sufrido de insignificancia electoral. Se da particularmente un fenómeno tragicómico en el FIT, una reciente alianza de sectores trotskistas, que en un curioso ejercicio de izquierdometría excluyente, se define como “LA izquierda”, ninguneando a todo el resto del arco que se autodefine dentro de la misma tradición. A ello agrega la soberbia de tener como consigna principal el llamado a evitar la “proscripción” para que “tus reclamos sigan siendo oídos”, reclamos que electoralmente se expresaron en el 0,7% del electorado porteño hace apenas unas semanas.
La declamada politización o el renacer de la política del que hace gala discursiva el kirchnerismo, es sólo un estertor, como aquellos que preceden la agonía.
Emilio Cafassi es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.


