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Caldera Abierta, Principal

Resistir nuestra seguridad: ¿El futuro?

Por: Eric French Monge

Publicado el: Domingo, 11 de septiembre del 2011

Hoy me encuentro en los huecos de lo que fueron montañas en lo que una vez fue el estado de West Virginia en lo que aún es Estados Unidos. No me acuerdo el año, ni el día. Dicen que estamos en el 2018, pero hace por lo menos diez años que estamos en el 2018 todos los años: el año en el que el general P, luego de ser presidente, impusó un estado de emergencia y borró las otras ramas de gobierno, además del tiempo. Desde ese entonces, todos hemos seguido su comando sin cuestionarlo nunca, ya que ha garantizado nuestra seguridad por encima de todas las cosas.

Bueno, en verdad, no todos. Hay algunos, aunque no muchos, que hemos intentado de resistir esa seguridad que nos quieren imponer. Pero somos menos cada vez.

(Art: Wiretap Studios / flickr)

Ayer, por ejemplo, nos topamos con lo que fue una boda. Al acercarnos, aún se podía oler el humo de la carne rostizada y se podía ver a la distancia los toldos de la fiesta. O creemos que una vez lo fueron, porque todo estaba negro. Los niños quedaron en su lugar, como estatuas de ceniza, los recién casados permanecían abrazados, pero definitivamente todos estaban muertos.

Ni siquiera eran rebeldes. Al parecer las fuerzas especiales del general P se equivocaron nuevamente en las coordenadas del ataque. Creo que nos querían pegar a nosotros, pero todavía después de casi tres décadas de usar aviones no tripulados, su precisión no ha mejorado. El error humano perdura.

No me acuerdo cuándo exactamente fue que se comenzaron a usar estas máquinas de asesinato selectivo. Creo que fue con una guerra de venganza. Mucho inició ahí. El desarrollo de tecnología represiva que supuestamente iba a ser usada contra nuestros enemigos. Las leyes que le daba derecho al gobierno de vigilar cada uno de nuestros pasos (nos decían, si no somos uno de ellos, uno de los terroristas malos, entonces no había nada de que preocuparse). Les dimos permiso de accesar todo lo que ocupaban de nosotros, bajo secreto absoluto, sin nosotros nunca saber que se hacía con esa información. Todos estabamos de acuerdo, pero también muy engañados. En esos momentos aún, de forma muy ingenua, creíamos en la bondad de las personas en el poder y en la perfección de nuestro sistema de gobierno. No nos dimos cuenta, pero en el instante que mataron al terrorista número uno (¿cómo se llamaba?), y cuando no muchos cuestionamos la forma en que se hizó, donde no se le brindaron los derechos más fundamentales de justicia, nosotros dimos un paso difinitivo más lejos de la democracia, prefiriendo nuestra comodidad y seguridad. El proceso legal donde alguien era culpable luego de que se encontrara la evidencia difinitiva en su contra cambio a una situación en el que se aniquila al sospechoso sin preguntarse si en verdad  cometió  algún crimen.  Le dimos al gobierno, y a las corporaciones que lo financiaban, poder absoluto, secreto total y capacidad de controlarnos completamente, y ellos entonces podían detener cualquier amenaza o crítica, por más pequeña que fuera. Pero como se hacía bajo anonimato, nadie se daba cuenta cuando se silenciaba a la gente. Todos seguimos nuestra vida tranquilos y en ignorancia completa. Y así fue cómo nuestra democracia dejó de existir.

Y fue entonces, en ese contexto, cuando se experimentaban con estas máquinas, muy lejos de donde nosotros podríamos ver sus implicaciones. Se fueron usando en otros lugares que también se convirtieron campos de batalla en esta guerra contra el enemigo que nunca moría. Se fueron comprando más de estos aviones no tripulados, y al mismo tiempo, iban multiplicándose aquellos contra los que se usaban estas armas. Pero más que armas, en verdad estos aviones (y barcos) servían para el monitoreo de insurgentes, como un halcón robótico que veía todo desde lo más alto, recolectando información y datos que se procesaban y analizaban a cientos de miles de kilómetros de ese lugar. Eran la herramienta ideal, y un símbolo del nuevo tipo de guerra al que se había llegado, donde las acciones se impersonalizaban, y las consecuencias yacían en un vacío abstracto y desconectado de la realidad. Una persona los controlaba en nuestro país, como un juego de video que se tiene que vencer, y los que sufrían los ataques estaban en un continente totalmente diferente. Una guerra instántanea sin ensuciarse, sin ver la cara de aquel que se ataca o espía, y sin tener que pensar en siquiera cómo se llama el lugar donde se estaba operando esa mañana sino nada más en las instrucciones y la misión que alguien más ideó y que se debían seguir al pie de la letra. Hasta dejaban que las máquinas decidieran ellas mismas a quién disparar. Se usaban en cualquier lugar y en cualquier momento, sin preocuparse en que el gobierno de algún país se diera cuenta que estaban realizando actividades sin su permiso. Era la nueva arma para la nueva guerra, donde ya no se combatía contra ejércitos enteros, sino contra insurgentes sin nación ni características fijas que se movilizaban donde les daba la gana. Y ahí tendríamos que seguirlos nosotros, a donde nos daba la gana. Nosotros, el resto del país, sólo fuimos observando que menos soldados de los nuestros morían y el resto nos valía mierda. Y por eso mismo, se volvió muy fácil comenzar una guerra.

Hasta que ya era muy tarde para estar concientes de que, como se podía usar en cualquier lugar y momento, todo espacio potencialmente se podía militarizar, y la definición de insurgentes y terroristas podría cambiar su significado, y así un día vimos que la guerra llegó a nuestra propia tierra y contra nuestra propia población. Insurgente, y no lo supimos en ese momento, en verdad era cualquier persona que por alguna razón u otra, perdió todo lo que tenía en este sistema, su hogar, familia, su trabajo, su forma de vida, su valor como humano, mientras unos muy pocos tenían mucho más de lo que alguien pudiera ocupar o querer, y en un ambiente donde ya no se tenía nada que perder, muchos nos lanzamos para reformarlo o cambiarlo radicalmente, unos de forma no violenta y otros con armas. Antes, para nosotros, un insurgente era una persona que nos quería herir y nos odiaba y eran envidiosos de nuestra forma de vida. Y luego de que nos robaron todo, a nosotros nos llamaron envidiosos, peligrosos y consecuentemente, insurgentes. Tal vez las circumstancias eran diferentes, pero las batallas que se libraron alguna vez en esos países lejanos tenían las mismas raíces a lo que está ocurriendo hoy: hubo un proceso sistemático de robo para que los que ya tenían, tuvieran más,y los que teníamos poco, nos lo quitaran todo, y cualquiera que armará un berrinche sobre el asunto, se le silenciaba de la forma más eficaz posible. Por eso, no importa mucho que tan precisos sean con su ataque, porque si matan a otros que supuestamente eran inocentes, al final, para ellos, todos somos, potencialmente, insurgentes.

Una de esas insurgentes potenciales era mi hermana. Ella, como muchas personas en nuestra comunidad, perdió su casa y su trabajo. Su hijos no tenían seguro médico (bajo las reformas de austeridad fiscal que se impusieron en aquella época, hasta los niños perdieron el derecho de tener buena salud), y su marido cruzó la frontera al sur para ver si podía trabajar en una de las máquilas del país vecino, pero nunca lo volvimos a ver porque seguro uno de los hálcones lo atrapó en el intento. Me acuerdo que mi hermana pasó momentos terribles de desesperación, y mucha gente en su caso comenzó a robar y hasta quemar edificios. Pero ella no. Ella comenzó a organizar su comunidad: en vez de robar, motivó a no comprar, a sembrar nuestra propia comida, a coser nuestra propia ropa y a construir viviendas y a no tener que depender del gobierno que ya no respondía a nuestras necesidades, y que más bien, nos obligaba a dar dinero para crear programas que fueron beneficiando a los bancos y corporaciones. La comunidad se repartía las responsabilidades dependiendo de las necesidades, y todos tenían que ir variando las actividades que hacían para que no hubieran personas que monopolizaran aquellas que eran más fáciles o que les trajerá más influencia. Era algo radical, y parecía que habían otras comunidades a través de la región que comenzaron a hacer lo mismo. Por mucho tiempo no hubieron problemas y nos dejaron sólos. Nunca había visto a mi hermana así de feliz.

Supongo que si nos hubieramos quedado aislados e incomunicados nos hubieran dejado tranquilos. Pero comenzamos a coordinar con otros pueblos y ciudades, creamos una red de resistencia que ofrecía una alternativa y nos convertimos en una verdadera amenaza.

El internet fue una herramienta esencial que multiplicaba las posibilidades, y fue lo que nos ayudó a crear un espacio de acción que fomentaba actividades subversivas que por primera vez nos hacía sentir libres. Pero el gobierno respondió militarizando los espacios digitales. El mundo virtual se convirtió en campo de guerra, donde se nos espiaba con ayuda privada para intentar reprimir rebeliones populares, y donde si atacabamos y causabamos daño a las estructuras del aparato estatal, respondían violentamente. Todo, claro, era al servicio del sector corporativo para que no hubieran impedimentos a sus ganancias. Los gobiernos mismos ya eran capaces de sabotear infraestructuras enteras, por lo cual estaban preocupados de que otros podrían hacer lo mismo que ellos. Fueron también encontrando nuevas formas de crear propaganda por lo medios sociales digitales para así tener otro medio en donde lavar cabezas. Nos tacharon de lacras una y otra vez, y borraron con sus inventos cualquier imagen positiva que alguna vez tuvieramos. Estuvimos obligados de armar una estructura interna con la cual podríamos saber a quienes podíamos confiar, pero no fue suficiente.

Me acuerdo bien del día. Eran las cuatro de la madrugada, y mi hermana y yo estabamos despiertos, tomándonos un café, esperando el amanecer, hablando de nada. Luego notamos algo raro. Era como una luciérnaga roja parpadeando en la distancia. De repente comenzó a temblar, pero de forma suave y redonda, todo el suelo vibrando. Y alguien comenzó a pegar gritos. Lo vimos correr hacia nosotros, y se abrazaba con angustia, pegándose por todas partes. Gritaba que se estaba quemando, pero nosotros no vimos llamas por ninguna parte. El dolor lo desmayó. Venían por el horizonte tanques negros, con una especie de arma que emitía rayos que hacían sentir dolor, pero sin en verdad producir daño visible. Era como si hubieran descubierto la forma más eficaz de torturar sin dejar evidencia: directamente a través de los sensores de la mente. A la par venía un tanque parecido, pero con un cañon que mandaba ondas sónicas agudas que lo dejaban casi sordo a uno y con una luz que si le pegaba a uno quedaba temporalmente ciego. Salimos corriendo. Corrimos, y al mismo tiempo, vimos como caían otros cerca de nosotros que les daban con una escopeta eléctrica que los dejaba aturdidos e inmóviles. Y aunque queríamos intentar de ayudar, corríamos sin parar por el terror, porque no nos cabía nada más en la mente, sólo la capacidad de seguir nuestros instintos.

Llegamos a un edificio abandonado. No sabíamos como entrar. No vimos ninguna puerta. Estabamos atrapados, y uno de los tombos se nos acercaba. Nos cubría la sombra, y aún no nos veía. Sentímos alguien tocándonos las espaldas. Nos atraparon, pensamos. Pero era un viejo en arrapos que quería que lo siguieramos. Abrió una puerta camuflada y nos metimos al edificio. Nos escurrimos por un pasadizo angosto y oscuro que parecía seguir y seguir, y bajar. Abajo, el viejo, aún en la oscuridad, nos contó lo que pasó. Alguien en nuestra comunidad, un muchacho que era un activista de internet, nos había delatado. Aparentemente, lo habían atrapado y en vez de torturarlo, le hicieron un trato, manipulándolo para que trabajará para ellos con la intención de mantenernos vigilados y tener nuestras actividades infiltradas. El viejo bruscamente agarró el brazo de mi hermana, le dió la vuelta, sacó un cuchillo, y le dijo que se estuviera bien quieta. Le cortó finamente por debajo de la nuca, de forma muy delicada, y le extrajó un lunar. El viejo nos advirtió que estabamos etiquetados, nos estaban siguiendo, y que todos debíamos huir lo más pronto posible.

En ese mismo instante, se escuchaba un zumbido afuera. Eran los colibrís, helicópteros pequeños autónomos que usaban para el monitoreo en casos urgentes. Ya nos habían localizado. Ahora era cuestión de tiempo que encontraran una manera de entrar a atraparnos. Comenzamos a movernos. Salimos del edificio antes de que nos acorralaran dentro de él. Continuámos siguiendo al viejo, que por más extraño que fuera, le habíamos agarrado confianza. Parecía que él vivía escondido desde hace mucho tiempo, y por eso sabía qué se debía hacer en aquella situación. Caminamos, furtivamente, esquina a esquina por unas once cuadras. La ruta era un laberinto y no sé si era para confundir el trazo por si algo nos estaba siguiendo o si para confundirnos a nosotros y no acordarnos nunca más cómo llegamos a aquel lugar.

Era un mundo diferente. Como una selva tropical dentro de la ciudad. Habían unas diez personas ahí, cada uno en lo suyo. Unas en conversaciones intensas. Otras concentradas en las plantas. Unos cuantos hackeando máquinas para usarlas a su favor. En una mesa rústica nos sentamos y el viejo nos dirigió la palabra nuevamente. Éste, nos dijo, es un jardín botánico, pero no nos podíamos quedar aquí. Nos buscaban por crimenes en contra de la  estructura de poder. Habíamos pasado desapercibidos por mucho tiempo, pero nuestras actividades comenzaron a agarrar fuerza. Los pobres eramos inofensivos la mayoría del tiempo, pero habían subestimado nuestra capacidad de organizarnos y de crear alternativas a los roles de consumo dictados por las corporaciones. Y ahora no nos iban a alcahuetar más el juego, y sino nos ibamos ya, no sobreviviríamos más de un día.

Para escapar de la ciudad e intentar buscar refugio en otra parte, debíamos encontrarnos con otro de los colectivos clandestinos que conformaban su organización. El problema era que ocuparíamos irnos por el pleno corazón de la ciudad, donde también hay muchos más ojos. Además, el mapa era un laberinto: para que pudiera aparecer el próximo jardín, teníamos que seguir los pasos precisos (a veces había que retroceder para poder avanzar) para que se activaran las coordenadas de manera electrónica ya que esa era una de las únicas formas que el colectivo clandestino podía permanecer escondido. Nos explicó, de forma concisa, lo que debíamos hacer.

Cuando ya estaba terminando de darnos las instrucciones, observe en una de las plantas, un bicho peculiar. Yo, nunca había visto tanto matorral en mi vida, y tampoco había visto tantos animales (la mayoría de los que existieron ya estaban extintos), pero el insecto no se veía normal. Su exoesqueleto era de plástico y con un brillo metálico. Era un bicho robótico. Les mencioné ésto de manera casual, pensando que ellos mismos habían hecho tal invento. Pero me miraron con pavor. Todos empezaron a ponerse de pie rápidamente, a agarrar artefactos, a empacar en mochilas lo que podían lo más rápido posible. Intentamos de aplastar al insecto, pero comenzó a brincar como un saltamontes. Salímos, y arriba, muy lejos pero visible, deambulaba uno de los hálcones que más pánico nos daba. Era siempre un mal augurio de lo que iba a pasar.

Por la puerta salió el viejo. Echó un vistazo arriba. Dió un paso lento y luego se prendió una ráfaga de fuego. Ahí quedó él, en el segundo eterno de la muerte, grabado en una fotografía de mi memoria, suspendido, amartillado de balas, viendo para arriba por siempre. El acompañante asesino del halcón, un hélicoptero más grande, comenzó a descender. Mi hermana y yo, sin saber que hacer, decidimos que sí queríamos sobrevivir, teníamos que seguir el plan del viejo.

Y otra vez echamos a correr, sin volver a ver atrás.

Llegamos al primer escondite, una guarida cavernosa y húmeda. Reemplazamos los zapatos por unos viejos, ya  que los otros también estaban etiquetados, marcados de cierta forma que era posible a través de GPS localizar su ubicación exacta. La ropa, como nosotros mismos la hicimos, no era causa de preocupación. Por suerte, tampoco teníamos télefonos celulares, que hace años podían registrar todo paso que hacemos las personas. Gracias a la complicidad corporativa o tal vez, para el beneficio de ella, podían darse cuenta no sólo de dónde ibamos, sino lo que decíamos, hacíamos y pensabamos. Algunas empresas lo usaban para determinar que el consumidor siguiera leal a su producto, sino les podía ir mal. Las corporaciones eran no sólo nuestro gobierno, pero también nuestros policías. Entonces para no levantar sospechas, ya que era esperado de que todos tuvieramos celulares, el viejo nos regaló dos, pero éstos eran especiales. Se habían modificado para revertir sus funciones: en vez de que nos pudieran seguir, nosotros podríamos saber todo movimiento de aquellos que nos estaban persiguiendo. Sin embargo, nuestra mayor dificultad para escapar ilesos ibamos a ser nosotros mismos.

Cuando nos metíamos a ciertos sitios en internet, o cuando nos grababa una de las miles de cámaras de seguridad que existen en todo pueblo y ciudad del país, y se nos reconocía la cara, formaban un patrón de asociación (si se me identificaba en una foto y andaba acompañado de alguien que era, o que simplemente conocía, una persona que ellos consideraban un terrorista o insurgente peligroso, ya nos tachaban de la misma forma). Además, ya conocían todo lo que ocupaban saber de nosotros: cuando nacemos, nos dan un número que establece nuestra existencia y tienen todos nuestros datos biométricos (biológicamente, lo que nos individualiza como persona, el color de nuestros ojos, nuestras huellas digitales, nuestro molde dental, los lunares en nuestro culo). Este rastreo biométrico también se estreno en esa guerra inútil en ese país abandonado. Aunque muchas veces la tecnología se equivocaba, no se preocupaban si a veces encerraban personas inocentes, ya que ellos consideraron necesario hacerlo para poder llegar a los que ellos querían cazar, mientras no cometieran errores con aquellos que tuvieran dinero y poder. Ya no existía la privacidad y estabamos monitoreados en todo momento. Una de las razones por la cuales tenemos que ir en caminos muy poco recorridos es que lugares con poblaciones grandes tienen cámaras de vigilancia que pueden ver hasta los poros de nuestra cara, y se graba todo movimiento que hacemos. Polícias andan en la calle y deteniendo al azar, aunque siempre manteniendo un estándar de persecusión por la forma en que alguien vestía o se veía (una vez existieron personas que se llamaban musulmantes y latinos, pero hace bastante ya que no me encuentro a uno). Había una página especial, que comenzó como un espacio de socialización, que se fue convirtiendo en la base de datos de información personal sobre individuos más sofisticada en el mundo. Y en verdad, se debía admirar su genialidad: nosotros mismos dabamos nuestra información más intíma a toda persona que quisiera ver. Les estabamos haciendo todo el trabajo de investigación al aparato de seguridad. Ahí se podía encontrar desde quienes eran mis hermanos, mi novio (y por ende, mi sexualidad), donde vivía y que afiliación política tenía. Y en teoría, era una herramienta inofensiva. Pero cuando fue cambiando todo, cuando ya no eramos libres de en verdad ser quien queríamos ser y debíamos moldearnos al prototipo del hombre ideal, toda esa información personal se convirtió en evidencia potencial para nuestra expulsión social.

Por eso mismo, lo que somos nosotros, nuestro físico, nuestra identidad, tendríamos que borrarlo de alguna forma, aunque fuera temporalmente. Los ojos, por dicha, nos los podíamos cubrir con lentes de contacto especiales que se habían desarrollado en el laboratorio clandestino. Daban la identidades de otras personas, que en poco menos de una hora se darían cuenta no eramos nosotros, pero por lo menos nos daría el tiempo suficiente para podernos escabullir. Las manos, ya que si tocabamos algo, cualquier cosa, se nos reconocería las huellas digitales de forma inmediata, nos las envolveríamos con unos guantes transparentes con huellas digitales vinculadas a las identidades que estabamos tomando prestadas. Pero para nuestras caras, desafortunadamente, no había remedio fácil. Nos podíamos poner un poco de maquillaje, pero eso no engañaría a la cámaras ni a los halcones. Entonces agarramos una navaja y nos rajamos la cara, intentando de cortar heridas superficiales para no desangrarnos ni ser tan obvios con nuestra demacración. Era sólo para diferenciarnos de lo que eramos y hacer pensar que estuvimos en un accidente menor, automobilístico o un incendio, y que nuestras caras pudieran haber sido la cara de cualquiera, y ojalá confundirse con las identidades que robamos. Nos aplicamos un químico para expandir las heridas. Nos quemaba las caras y no podíamos soportar el dolor, tuvimos que suprimir nuestros gritos con nuestras manos. Finalmente, nos pusimos una crema que cicatrizaba las heridas rapidamente para aparentar muchos años de haberlas tenido.

Lo otro que nos instruyó el viejo era de no pensar mientrás caminabamos. Mantener la mente en blanco. Sólo pensar en el acto de caminar. Intentar de pretender, y creer, que eramos esas identidades. Ojalá proyectar ideas de querer comprar algo, o de ahogarnos en decisiones sobre relaciones imaginadas. Y nosotros sabíamos por qué debíamos hacerlo. No teníamos opción, y ésto era lo que nos tenía aterrorizados.

Finalmente, estabamos listos. Le agarré fuerte la mano a mi hermana y la abracé. Aunque ya no le reconocía la cara, aún podía distinguir sus lágrimas. En ese momento, aún era mi hermana. Y yo aún era yo.

Agarrados de la mano, salimos a la calle. Aunque había prisa, caminamos lentamente al comienzo. Poco a poco, aceleramos el paso. Entre más rápido terminará nuestra osadía, mejor. Sin embargo, no sabíamos que iba a pasar después de llegar finalmente a nuestro destino. ¿Qué sería de nuestras vidas? ¿Tendríamos que vivir huyendo por siempre? ¿Cuántos más habrían como nosotros, en aquel momento, enfrentando las mismas circumstancias, quizá en nuestro último acto de resistencia?

Ya llegando al centro de la ciudad, los carteles de publicidad electrónicos nos ofrecían anuncios personalizados basados en nuestros gustos, nuestros patrones de consumo y nuestra demografía, todo basado en un vistazo de nuestras caras falsificadas al pasar velozmente a la par de ellos. También intentaban de leer nuestra mente. Lo que queríamos en ese momento y proponernos una solución en forma de un producto a nuestros deseos más intímos. Pero su propósito era también conocer que no ibamos a ir más allá de querer un producto y de satisfacer nuestros anhelos más egoístas. Si las imágenes de los productos nos repelen, sería causa de alarma y nos reportarían a las autoridades.

Pretender ser alguien diferente, actuar el papel de una persona totalmente desconocida, mentir, podría ser fácil si nadie más supiera tampoco quién es esa persona. Pero en nuestra sociedad, aunque nadie se conoce de verdad, los bancos, las diferentes burocracias gubernamentales, las tiendas, las empresas, todos y todas conocen la esencia que ha sido definida por ellos de cada individuo: su valor comercial y su sumisión política. Cuando la esencia es alterada, o no corresponde al perfil de la persona de una forma u otra, la maquinaria represiva comienza a rechinar. Y yo, no conociendo la persona que suponía ser en ese momento, me agarró de sorpresa una de las imagenes publicitarias dirigidas a mí, y reaccione con una revulsión violenta. La pantalla me mostraba una fila de perros, indefensos y débiles, siendo razurados, degollados y triturados para luego ser empaquetados en un tipo de torta que supuestamente debía ser carne fina y que me debía encantar. En vez, vomite intensamente. Mi hermana me miró con los ojos totalmente abiertos. No había nada más débil y antisocial que un enfermo. No era permitido bajo ninguna circumstancia. Me metí a un baño. Me lavé la cara y cuando salí, continuamos caminando. Estaba sudando. Era cuestión de minutos.

Hubo una conmoción no muy lejos de donde estabamos, y salió el tombo, un policía militar que había sido entrenado física y mentalmente, con todo el equipo tecnológico posible, para enfocarse en su misión de capturar y eliminar los enemigos de la sociedad, y con una armadura que multiplicaba sus fuerzas y habilidades. Caminamos más rápido. Una mosca cerca de una cloaca nos comenzó a seguir. Ya estabamos en la mira. Un perro, que acompañaba a un peatón, se zafó de su correa, giró y nos fue arrinconando hacia un callejón abandonado. El tombo podía controlar cualquier criatura a que hiciera su voluntad. Y podía leer y mandar mensajes a nuestras mentes: No nos movieramos porque si no obedecíamos, podría ser peor. Siempre puede ser peor.

Pero estabamos bien cerca. Estabamos a unos cincuenta metros de nuestro destino. Habíamos seguido los pasos del laberinto e ibamos a poder activar la ubicación secreta. Sólo debíamos correr.

Mi hermana tiró una bomba. Explotó a la par de un edificio sin crear mucho daño, pero fue lo suficiente para distraer al tombo. Salimos espantados. Fuimos a toda velocidad, nuestros músculos ardiendo. Escuchabamos al perro ladrar. Diez metros más. Nuestras manos estaban a punto de llegar a la puerta…

Después de eso, no me acuerdo de mucho. Sé que escuche gritos por días. Los de mi hermana. Voces que le decían que nunca más iba a ser desleal. Escuchaba taladrar y agonía, gemidos y luego silencio. Y a mí no me hacían nada. Lo cual me tenía inmóvil de terror. La tortura de mi hermana ocupaba todo mi ser. ¿Habrá sido esa mi tortura? Mi conciencia iba y venía. Hasta que al fin, escuche la voz de mi hermana otra vez. Pero había algo diferente. Mis ojos estaban cubiertos y no la podía ver, pero hablaba de forma muy fría y metódica. Y me dijo: Nací de nuevo. Soy una ciudadana buena. Soy responsible y cumpliré mis deberes. Te recomiendo que hagas lo mismo.

Y me dió una pastilla y de ahí no recuerdo más.

Ahora me encuentro en West Virginia. Y a veces pretendó ser un insurgente que alguna vez tuvo una hermana para así saber cómo es que piensan los terroristas actuales. Pero en realidad soy un sóldado bueno, un tombo entrenado. Aunque por alguna razón, a veces yo mismo me doy ganas de vomitar.

Lunes, 24 de noviembre del 2014
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