Internacionales

A diez años del 11 de septiembre: Los ejercicios imperiales y la crisis del sistema

Por: Ian J. Seda Irizarry
Artículo publicado en Amauta con permiso del autor
Fuente: Claridad

Publicado el: Jueves, 8 de septiembre del 2011

Este año se cumple el décimo aniversario de un evento que sigue participando en la constitución de la crisis socioeconómica actual que sufre Estados Unidos. Los ataques terroristas a las Torres Gemelas y el Pentágono en septiembre del año 2001 dieron paso a que el gobierno norteamericano y los capitalistas que representa extendieran sus tentáculos a través del globo, proyecto que hasta el día de hoy requiere una cantidad exorbitante de recursos. Ese “ejercicio imperial” conocido como la guerra contra el terror (Ignatief, M. “The Burden”, New York Times, 5 de enero del 2003) y que muchos ven y analizan como un sustituto necesario a la “guerra contra el comunismo” está chocando cada vez más y más con las dinámicas económicas y políticas internas de la nación estadounidense.

Para penetrar de manera general en esta realidad, tomemos la información que el sociólogo y pensador político James Petras presenta en un artículo relativamente reciente (Imperial Decline: Multi-Billion Dollar Terrorists and the Dissapearing Middle Class, Global Research, 10 de julio del 2011). Según los datos que muestra Petras, la Casa Blanca y el Congreso de Estados Unidos gastan 10 mil millones de dólares mensualmente, o 120 mil millones anuales, para combatir los “50 a 75” miembros de Al-Qaeda que la CIA identifica que existen en Afganistán. Es decir, durante la presidencia de 30 meses de Obama, se han gastado 300 mil millones de dólares en la guerra en Afganistán, lo que equivale a 4 mil millones de dólares por cabeza en términos de los agentes de Al-Qaeda que están tratando de cazar.

The Military and the Monetary, por Jesse Purcell & Kevin Walsh (justseeds.org)

Ahora bien, una vez tomamos conciencia de que esta costosa operación en Afganistán es sólo una parte de todo el presupuesto militar del gobierno, entonces podemos ver más claramente la conexión con la crisis socioeconómica dentro de Estados Unidos. Como es bien sabido, la reducción del déficit de 1.6 billones (“trillion” en inglés) fue manejada mayormente con recortes en los gastos del gobierno, muchos de los cuales están asociados directamente con servicios dirigidos al bienestar de los ciudadanos (por ejemplo, el pago de seguro social ya no es ajustado al aumento en el costo de vida lo que equivale a una disminución real de ese pago). Son estos mismos ciudadanos los que, por primera vez en la historia y comenzando en el 2008, están pagando en promedio una proporción mayor de sus ingresos disponibles en pagar deudas (14%) que en compras de comida (13%) dado el estancamiento y reducción en sus salarios reales.

Las operaciones del keynesianismo militar que domina en Estados Unidos claramente tienen prioridad sobre las necesidades inmediatas de los ciudadanos promedios. No se sabe con precisión la cantidad real del presupuesto militar ya que hay muchos proyectos clasificados y actividades relacionadas que son reportadas bajo otros departamentos (por ejemplo, el Departamento de Energía gasta sobre 23 mil millones de dólares desarrollando y manteniendo cabezas nucleares). Sí sabemos que los gastos del Departamento de Defensa son mayores que los presupuestos militares de todos los demás países combinados. Por eso es que vemos que la solución para enfrentar el déficit del gobierno no ha sido reenfocando el uso de recursos para otros sectores y servicios más necesitados por la población sino recortando, precisamente, los servicios para las masas. El saqueo del tesoro norteamericano con miras a financiar el terrorismo de estado que Estados Unidos practica alrededor del mundo es prioridad aun cuando se sacrifique a los propios ciudadanos que con esas actividades pretenden defender.

Sin embargo, no podemos olvidar que aparte del complejo militar industrial norteamericano, hay otros jugadores que hacen acto de presencia en el presupuesto. Anteriormente vimos cómo una manera de combatir la reducción del déficit era disminuyendo los gastos militares. Otra manera de bregar con el problema sería aumentar los recaudos, especialmente vía la aplicación de un impuesto a los estratos más ricos de la sociedad, sectores que se han beneficiado desde el azote de la ola neoliberal.

Hace unas semanas el multibillonario norteamericano Warren Buffet proclamó de forma pública su deseo de que se les apliquen impuestos más elevados a los ricos y a las corporaciones. Este pedido recuerda a las palabras que dijera el multimillonario de la industria del licor, Joseph Kennedy, quien en medio de la Gran Depresión de la década del 30 dijo que estaba dispuesto a dar la mitad de su fortuna con tal de que se pudiera quedar con la otra mitad. Si bien el descontento popular no se ha articulado en movimientos masivos dentro de Estados Unidos, el olfato de Buffet le dice que existen varios de los ingredientes para que se empiece a cocinar algo que atente contra el orden social en el que él se beneficia.

Ya son muchos los que poco a poco se van dando cuenta de que la misma lógica “progresista” de correr déficits en momentos donde el sector privado anda estancado tiene que ser analizada a la luz de quiénes son los que le prestan el dinero al gobierno. En esta coyuntura ha quedado claro que el gobierno federal toma prestado de los ricos y las corporaciones lo que no les cobró vía impuestos. Esto significa que un por ciento de los gastos del gobierno, en vez de ser dirigidos a satisfacer las necesidades de la población, es utilizado para repagar la deuda a una tasa de interés que le reporta más beneficios a ese mismo sector que ya en primera instancia es uno extremadamente rico. En otras palabras, las operaciones del gobierno están en cierta forma socavadas por su responsabilidad de pago ante sus acreedores. Es aquí que se puede ver cómo bajo el capitalismo lo que se nos pinta como opuestos, entiéndase las políticas de austeridad frente a políticas de incrementos en el gasto de gobierno, comparten el hecho de que el capital, en este caso financiero, encuentra maneras para lucrarse aunque sea en detrimento del bienestar de las masas.

Es ese capital financiero el que también recuerda un décimo aniversario, pero esta vez el del estallido de la burbuja asociada con el desarrollo del Internet (la llamada burbuja de las “punto-com”). Como todo tipo de capital, y bajo un andamiaje regulador no muy exigente, el capital financiero se movió en búsqueda de nuevas fuentes potenciales de ganancias. También supo cómo tener presencia en la Casa Blanca para que se establecieran políticas que los favorecieran, cosa que quedó más que evidente con la cantidad de dinero que el gobierno le pasó al sector financiero para salvarlo de sí mismo. En este aspecto los gobiernos de Obama y Bush que han estado en el poder por los pasados diez años no son muy diferentes. Guiados por la mano no muy invisible del sector financiero y bancario, han aprovechado la debilidad de los sindicatos y uniones y la falta de partidos y movimientos progresistas masivos para poner la carga de la crisis sobre las espaldas de las víctimas sin temor a represalias.

A diferencia de la década del treinta, cuando el gobierno de Franklin Delano Roosevelt directamente creó millones de empleos debido a la presión social e influencia que ejercían los sectores que hoy se encuentran debilitados o inexistentes, el gobierno de Obama prácticamente ni siquiera pone en la mesa la discusión de ese tema. Con una riqueza más concentrada y centralizada que nunca, una clase asalariada endeudada y trabajando al punto del colapso emocional y físico, un desempleo oficial que no baja del 9% y uno real (si se toman en cuenta los que dejaron de buscar empleo o los que tienen sólo un trabajo a medio tiempo) acercándose al 18%, un sistema de educación deteriorado, un sistema de salud ineficiente, y un medio ambiente asfixiado por la contaminación, el gobierno de Estados Unidos sigue tratando la producción militar como un producto económico ordinario. Esta ideología no es de hace 10 años, sino desde el comienzo de la Guerra Fría, cuando se hablaba de la “edad dorada” del capitalismo. Esa época quedó atrás hace mucho con el embate neoliberal y todas esas características de la realidad social actual, y muchas otras que no mencionamos, se están combinando de diversas maneras.

La polarización social ya se está manifestando en varios estados a través de grupos que representan varias posiciones dentro del espectro ideológico. Historias que fueron comunes durante la sacudida de la Gran Depresión se están dando hoy en día en el seno del imperio (por ejemplo, se han dado choques recientes entre grupos anarquistas y neo-nazis en ciudades como Nueva Jersey y Chicago). La sobreextensión del mismo dentro del marco de la crisis capitalista está participando en la sacudida de los pilares de su sociedad. Si bien el proceso ha sido lento cuando lo comparamos al de otros países, el mismo ha levantado la voz de alerta entre los capitalistas como señalamos arriba y como ocurrió durante la Gran Depresión. En cierto sentido la historia parece repetirse y lo que sí queda claro es que los momentos de crisis son momentos de oportunidad para TODOS.

 

Ian J. Seda Irizarry es Candidato al PhD e instructor en Economía en la Universidad de Massachusetts en Amherst y miembro de http://losexpatriados.blogspot.com/.

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