El malestar social ya no puede esconderse. El descontento de quienes sienten que ser parte del sistema implica necesariamente ceder derechos (que en otros espacios son inobjetables), estar colmados de deudas o, en su defecto, simplemente callarse; ya no puede disimularse. Ni el fútbol ni las promesas de éxito o indicadores de crecimiento económico pueden soterrar la decepción social con el actual modelo “democrático”.
Asistimos a movimientos sociales que más allá de evidentes demandas (educación gratis, por ejemplo), manifiestan un descontento y crítica mayor con un sistema que muestra claras señales de estar obsoleto y rancio. Sistema en tanto instituciones con reglamentos, condiciones y proyecciones de representación y acción que integra y excluye de manera consciente para su consolidación y reproducción: esto es, sistema político, educacional, económico y cultural.

(Foto: eme é ele á / flickr)
Para finales del 2009, la OIT señaló que un 38% de la población económicamente activa de Chile se encontraba en un trabajo informal (esto es sin garantías sociales, en la mayoría de los casos); que la cesantía fluctúa entre el 7 y 10%; además, el 11,5% de la población estaba bajo la línea de la pobreza y un 3,6% en la línea de la indigencia; y que estos indicadores afectaban, mayoritariamente, a mujeres y jóvenes.
Estos índices se debían, paradójicamente, a un efecto de crecimiento económico. Es decir que, a la par que la clase alta aumentaba sus capitales año a año, las clase media y baja (60-70% de la población, aproximadamente) encontraban en políticas crediticias de la banca privada, trabajos informales o trabajos formales con contratos flexibles, la fórmula para no engrosar las líneas de la extrema pobreza. Esta política, incluye sin duda alguna, a la educación superior donde más de 60% de los estudiantes encuentra en el crédito la única forma de movilidad social.
Visto este panorama (de manera exigua) no es, entonces, sorpresa que los actuales movimientos sociales pongan en duda la Constitución y exista desconfianza hacia una clase política que ocupa los primeros deciles económicos de la sociedad. En este sentido, la lucha por soluciones pragmáticas o, en ellas, está lejos de ser un paño de agua fría a la decepción reinante.
El trasfondo clasista del conflicto estudiantil que vive Chile implica ir más allá de becas o créditos, esto es que, incluso solucionadas algunas demandas, la pelea por participación en la toma de decisiones (participación colectiva que tendrá como solución nuevas decisiones), es ya el centro de transformación política ciudadana.
No son pocos los que plantean la tesis de que es la propia democracia el régimen que por excelencia terminó por consolidar la estructura desigual nacional. No son pocos los que plantean que la democracia es un nuevo campo de concentración sistemático y constituyente de nuevas relaciones políticas donde sólo una parte de ella obtendrá privilegios que, por cierto, creen merecer naturalmente. Un campo práctico y simbólico cuyo reconocimiento implica sobrevivencia y lucha, y su ignorancia un completo adormecimiento.
El arribo de la democracia con sus instituciones de control y vigilancia implicó que una parte manejara poderes fácticos para mantener, así, de forma “legal”, sus privilegios. Mientras, paralelamente, necesitó de un discurso que desplegara un futuro promisorio siempre como utopía, sueño o esperanza para aquellos que quedaron fuera. De esta manera, se podía controlar síntomas de rebeldía. En ellos, dogmas de cualquier índole encuentran fertilidad de surgimiento y desarrollo, sobre todo dogmas como el éxito y emprendimiento.
Este campo de lucha democrático confronta, así, formas distintas de ver y accionar en la realidad. Una lucha simbólica, pues paradigmas completamente distintos enfrentan las opciones de vida y su hegemonía donde una mayoría manifiesta un proyecto societal distinto al implantado por una minoría. Por ello, el cambio, probablemente, no sea el esperado en términos cuantitativos; sin embargo, una forma distinta del quehacer político se ha reafirmado en los movimientos sociales que, desde los secundarios en el 2006, manifiesta el rechazo a vanguardias políticas y negociaciones sin la consulta de las bases. Esta nueva forma, sin duda cobra cada vez mayor hegemonía y erradicará a aquella casta bien asentada logrando un nuevo pacto social.
Así, alertas, desconfiados y organizados se demuestran estos movimientos. Saben que incomodan y que tienen razón. Saben que constituyen un nuevo ciudadano crítico y que las aulas de clases son, sin duda, el reflejo de una lucha de clases ignota para muchos. Por ello, a rostro descubierto, la democracia chilena que se jactó de la mejor estabilidad regional, se encuentra hoy en día cuestionada desde las bases, desde las aulas de clases, desde los cimientos de la sociedad donde aquella estabilidad era sólo imagen de una historia superficialmente construida.


