Pueblo pobre, multas de millonario

Por: Carlos Jorge Rodríguez Dussán
Foto: Cortesia de Inside Costa Rica

No es un secreto para nadie que en Costa Rica existe una epidemia de muertes en las carreteras, que los ticos, día con día, al salir de sus casa con un automóvil o al montarse en un bus no saben si irán a regresar. Nuestras carreteras se han convertido en verdaderas “highways of hell” (carreteras del infierno), en donde si no es la calle misma que no se presta para ser bien conducida por los huecos, las malas demarcaciones, la pésima planificación y la falta de sentido común a la hora de su construcción, son los mismos conductores los que convierten todo pedazo de asfalto en una apuesta que se pierde con la vida. Y es que en Costa Rica las carreteras no solo matan por el impacto, también lo hacen a punta de “chichas”, al ver a cada supuesto “ser humano racional”, brincarse los altos, hacer adelantamientos inapropiados, dar vueltas en U donde no se debe, montarse a los sardinales para “saltarse la presa” y acelerar cuando ven a un peatón cruzando la calle, y todo esto sin tomar en cuenta el retraso mental de los motociclistas y la patanería de los taxistas; hechos que estoy casi seguro pueden provocar un aneurisma cerebral a punta de chichas.

Fotografía: insidecostarica.com

¿Y cuál ha sido la respuesta de nuestros burócratas y sus amigotes del sector privado? Vender las calles publicas al mejor, pero más inútil postor; echarle la culpa de su ineficiencia y falta de creatividad a la administración anterior mientras repiten “es que no hay plata” o “es que en Costa Rica no se puede hacer esto o aquello”. El país está estancado en el tiempo, mientras que el tren subterráneo de Nueva York fue construido en parte por allá de 1885 a punta de mulas y maquinas de vapor, en San José contamos con un alcalde sin más visión que la próxima foto farandulera que se pueda tomar o el pedazo de la capital que le entregará al gobierno chino para ver que hacen con él.

Ahora resulta que la “solución” a las muertes en carretera, a la anarquía vial que existe en el país, son cámaras para el control de velocidad en las rutas más transitadas de la gran área metropolitana; dejando de lado carreteras como el Zurquí que tantas vidas nos ha quitado.

El problema de las tácticas a medias de nuestro gobierno con ayuda de nuestros insensatos legisladores, es que establecen leyes, multas, partes, sin pensar más allá de la inmediatez de recaudar un par de milloncitos para apalear la crisis financiera en la que ELLOS nos metieron. Colocando multas de más de 300 mil colones a una población donde el salario mínimo es de 220 mil colones siendo el de un Licenciado Universitario de unos 480 mil colones, no es solo descabellado, injusto, abusivo, sino también estúpido. Al parecer nuestros legisladores no aprenden de experiencias pasadas, como ocurrió cuando quisieron establecer multas por no usar el cinturón por encima de los 200 mil colones, cosa que llevo a la ciudadanía a presentar múltiples recursos de amparo que han estacado el cobro de dichas multas.

Costa Rica necesita de una mejor educación vial, que desde la escuela se establezcan programas destinados a enseñar a los niños a ser tanto peatones como conductores y pasajeros, educación que se debería extender a los colegios y las universidades como cursos requeridos. Al mismo tiempo se requiere de un enorme proyecto de restructuración y construcción de un sistema vial moderno que permita a las carreteras ser más seguras, más eficientes y mas “amistosas” con el conductor; proyecto que vendría no solo a endeudar enormemente al país, pero que traería consigo una gigantesca oportunidad de trabajo en todos los sectores y mientras esté en manos del gobierno, con el cobro de peajes podríamos ir pagando dicho proyecto entre otros medios para hacerlo; y si, ahí también caerían las multas por infracciones de tránsito, las cuales se debería colocarse dentro de un rango “psicológico”, que sean lo suficientemente altas como para persuadir a todos aquellos conductores con poca capacidad intelectual para respetar las leyes, pero que al mismo tiempo no sean tan altas como para darles la motivación de presentar recursos de amparo o recurrir al soborno para evadirlas.

Mientras el PLN y todos los amantes del mercado nos sigan metiendo el cuento de que a punta de tratados comerciales nos vamos a desarrollar, seguiremos viendo como unos cuantos edificios de lujo son construidos mientras que nuestros sistemas y organismos sociales son desmantelados.

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