La explosión social que ha generado en Chile la emergencia del movimiento estudiantil, parece no tener fecha de caducidad. No hay dudas respecto de la existencia de un descontento social extendido de manera transversal en la sociedad chilena. Mientras la llamada “clase política” desde La Moneda intenta poner paños fríos a la crisis con soluciones de tipo cuantitativo exclusivamente, el movimiento social desarrolla nuevas estrategias, se extiende, se enriquece, se comunica, se organiza. Alimentado no sólo por el descontento y la desigualdad social, sino que también por la memoria y por 20 años de democracia poco participativa y represión social.
Aunque cada cierto tiempo en Chile, hemos observado que el descontento se ha materializado a través movimientos de distinto origen y orientación (demandas estudiantiles en 1997,”revolución pingüína” en 2006, sólo por citar un par), es posible sostener que el movimiento estudiantil de 2011, posee una característica esencial que le diferencia de los anteriores: cuestiona de manera directa al modelo económico en su conjunto, exigiendo cambios estructurales que obligarían al Estado a modificar su orientación ideológica. Esta cualidad le ha permitido extender su influencia a sectores amplios de la sociedad: asociaciones de padres, federaciones obreras, grupos de pobladores, clase media profesional (endeudada), agrupaciones de mujeres, etc. El cuestionamiento al modelo económico, se encuentra intrínseco en la consigna “educación gratuita”. Es decir, no se busca la baja de aranceles ni la obtención de un mayor número de becas, sino que el Estado sea quien brinde y garantice educación de calidad y gratuita para todos.

(Foto: eme é ele á / flickr)
Esta demanda básica del movimiento supone y reivindica dos cosas a la vez. Por un lado, el incremento gradual de la participación del Estado en el financiamiento de la educación formal, en todos sus niveles, hasta llegar a la gratuidad. Esta modificación, además de requerir reformas constitucionales, sugieriría en sí misma un cambio profundo de la ideología del Estado. Ello en la medida que la educación dejaría de ser un “bien de consumo” para convertirse, en lo concreto, en un derecho del cual el Estado sería garante; desafío abierto al modelo neoliberal chileno, regido por la dinámica del endeudamiento y, a través de él, de la segregación.
Por otra parte, el Estado como garante deberá también velar por la calidad de la educación que proporcione. En este plano, Chile está lejos de alcanzar los estándares mundiales. Para ello, requeriría de una inversión sostenida en el campo de la investigación social, con el fin de evaluar y mejorar aquellos aspectos deficientes en el modelo educacional del país. Esta inversión debería alcanzar a los ámbitos de la formación docente, al de la de los gestores educacionales y al de la conformación de equipos de trabajo multidisciplinarios capaces de “rehacer” los programas de estudio, trabajar en nuevas metodologías e incrementar la integración de los padres y las familias al proceso educativo. Estos aspectos, están lejos de ser siquiera considerados dentro del modelo actual, el que es producto del trabajo de una reducida tecnocracia la que, a través de la reforma educacional puesta en marcha en 19…, sólo se limitó a exportar un modelo que tiene poca vinculación tanto con la realidad social del país como con las necesidades urgentes que este tiene en miras su desarrollo integral.
Por todo lo antes dicho, el movimiento estudiantil ha logrado expandirse y mantenerse, más allá de las dirigencias políticas o del ministro de turno.
Esta cualidad única del movimiento estudiantil 2011, no es producto exclusivo del momento histórico o del contexto político otorgado por un gobierno marcadamente neoliberal e identificado valóricamente con la derecha pinochetista. Es, más bien, consecuencia de un largo camino de luchas y reveses, configurado a lo largo de estos últimos 21 años. Podríamos decir que es producto de las redes solidarias y políticas tejidas a lo largo de 2 décadas, en la Universidad, en el barrio, en el colegio, en las plazas, en las organizaciones sociales.
Desde 1990, tras la salida pactada de Pinochet, a través de un Plebiscito, la Concertación de Partidos por la Democracia ha consolidado el modelo económico diseñado en la Constitución de 1980.
En el ámbito social, las organizaciones de base, que habían sufrido serios procesos de desintegración durante el período 1973-1983, comenzaron entonces una paulatina reconstitución, en el contexto de la democracia protegida impuesta por los gobiernos concertacionistas.
La memoria de las luchas del pasado estaban presentes en estas nuevas construcciones, sin embargo, el modelo había cambiado, por lo que ellas debían también hacerlo.
Así es como se recompusieron la solidaridad y los ideales, pero también lo hizo la orgánica, la propuesta política y la crítica (cada vez más acérrima) a la nueva democracia.
Momentos álgidos de manifestación de este conflicto social, político y económico, hubo varios: la crisis económica de 1997-1998, el movimiento estudiantil y social entre 1997 y 2002 o el movimiento de secundarios en el 2006. La juventud chilena se volcó a las calles pidiendo, primero, “arancel diferenciado”, luego derogación de la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Educación), calidad y gratuidad y, hoy, 21 años después, esa misma juventud, que es otra- pero que, en el fondo, es la misma- sale a la calle a pedir un cambio más profundo.
Las redes han madurado, los sujetos han crecido y las prácticas los han enriquecido política e históricamente. Las ganancias aún inciertas de la primavera de 2011, han de ser evaluadas con posterioridad. Por el momento, el gran acierto y logro de este movimiento ha sido volver a colocar a la política en la calle, en las micros, en los vagones de metro, en las conversaciones del barrio o de las fiestas, en las asambleas que día a día se celebran en colegios y facultades y en las redes que se extienden al mundo de los trabajadores y profesionales. 21 años después podemos decir que no estamos derrotados, sino que más vivos que nunca: pensando, creando, haciendo el ritual de la marcha- ahora renovado-, buscando espacios de ejercicio de nuestra soberanía y, sobre todo, dejando campo abierto a las nuevas generaciones.


