Buscando no sé qué en Internet me encontré con este video publicitario de la empresa de telecomunicaciones Movistar con respecto a su llegada al mercado costarricense. El anuncio abre con la frase: “Un país es tan grande como lo que tiene para compartir”, a lo que sigue un conjunto de imágenes sobre lo que tiene Costa Rica para “compartir”. Más allá de la imagen limitada, racista y clasista del anuncio (sólo salen blanquitos y “gente bonita”), el anuncio intenta conectar imágenes y elementos nacionalistas (la giganta, el fútbol, el “pura vida”, el chifrijo, etc.) con la idea de compartir y conectarse; de hecho la última frase del anuncio es “… creemos que compartir es muy tico y que un país así, merece estar conectado”. Descubriendo el agua tibia, podríamos decir que esta organización y elección particular de signos patrios, lugares y sujetos remite necesariamente al mundo simbólico de la clase media (y vallecentralina). Sin embargo, la segunda parte de la operación, la relación con compartir y conectar, es importante. Por un lado plantea que lo que tiene el país para compartir es el mundo limitado de la clase media; por el otro, que eso es lo que merece estar conectado.
Tras ver el video y como buen tico en el exterior, me di a la tarea de buscar en internet diferentes opiniones con respecto a la entrada de estas empresas de telecomunicaciones al país y, entre la sorpresa y la resignación, descubrí dos discursos que, aunque contrapuestos al respecto, salían claramente del imaginario clasemediero (y vallecentralino) costarricense. Por un lado, un discurso en contra de la entrada de estas empresas y por la necesidad de quedarse con el ICE, bajo argumentos patrióticos y de más bajos precios. Por el otro lado, uno a favor de la entrada de aquéllas, bajo el argumento de que la competencia va a ser buena, y de que vamos a tener acceso a un mejor servicio. Este parte-aguas entre “la defensa de la patria” y el “entre más competencia mejor,” es ya de larga data (por lo menos desde el Combo) y ha llegado a un punto donde los argumentos y contraargumentos de un lado y otro son tan predecibles y repetitivos como los partidos del inigualable Tin Florense en semifinales. Sin embargo para mí, y en relación con el anuncio de Movistar, reflejan procesos más profundos que la incapacidad de mi equipo de cerrar partidos.
La(s) clase(s) media(s). Históricamente, al menos desde los 50s y 60s, la ideología nacional ha tendido a presentar al país como uno de clase media; con poca inequidad, poca “otredad” y mucha solidaridad. Esta imagen, al menos dentro de la clase media, empezó a cambiar en los 80s. Lo que solía ser una sola Costa Rica se convirtió en varias, y muchas de las ya existentes tensiones en la sociedad empezaron a resaltar. Resultó que no éramos tan igualiticos como creíamos. Uno de los resultados fundamentales del conjunto de transformaciones estructurales que conocemos como neoliberalismo, fue la fragmentación de esa clase media que, como buena clase media que es, reaccionó tomando una posición defensiva y reactiva (no necesariamente reaccionaria, pero por poco). Por un lado, para aquellos sectores cuya cotidianidad estaba más marcada por el Estado, la reacción fue en contra de los cambios (al menos en el ritmo y dirección): los “defensores de la patria”. Del otro lado, entre los sectores más cercanos al sector privado o que lograron vincularse más fácilmente a él, la reacción fue hacia el apoyo a la transformación: “los pro-competencia”.
Esta fractura no fue total y en ambas tendencias se encuentran elementos que parecerían más cercanos a la otra. Se trata más de una tensión irresuelta y conflictiva que de un quiebre drástico. Además, existen elementos y un cierto imaginario compartido; fundamentalmente la idea de la ‘esencia costarricense’: la Costa Rica pura vida que también es la Costa Rica solidaria. Sin embargo, el eje o núcleo de esta idea de lo que es Costa Rica, se ha venido desplazando de un conjunto de espacios públicos concretos, al abstracto espacio del consumo y el mercado.
Que no es lo mismo; pero es igual. Esta idea de la Costa Rica solidaria y no tan desigual, aunque ciertamente inconclusa, fantasiosa y limitada, tenía una base material en ciertos tipos de relaciones sociales e ideas de lo público. La creación del Estado costarricense durante el período desarrollista trajo consigo la construcción de un conjunto de espacios de contacto y convivio entre distintas clases, que si bien no desactivó los conflictos entre ellas (lo cual no sería más que una fantasía sin pies ni cabeza), permitió la creación de un cierto tejido social, que era la base de la idea de solidaridad. Los años 80 significaron no sólo una ruptura de ese “contrato social”, sino también el retiro de la clase media de esos espacios. Caricaturizándolo un poco: la clase media dejó de salir al centro de San José “porque ahí asaltan”, dejó de usar el servicio de transporte público porque es malo (y asaltan), dejó de ir a la Caja por el mal servicio (y “porque sólo hay nicas”), sacó a sus hijos de las escuelas públicas “porque son muy malas”, se retiró a sus urbanizaciones cerradas “por la inseguridad ciudadana”, entre otras cosas.
Evidentemente, hay algo de cierto en algunos de estos elementos, sin embargo, más fundamentalmente ha significado el aislamiento de esa clase o esas clases medias; cada vez le resulta su país más otro (y poblado por “otros”), ajeno y peligroso. Políticamente este aislamiento se ha traducido en la francamente ridícula obsesión de sus partidos políticos (fundamentalmente el PAC) con el tema de la corrupción, el cual evidentemente no representa la misma prioridad para otros sectores. Por otro lado, se ha traducido en un talante autoritario donde la solución de todos los problemas de la sociedad es meter a los “otros” a la cárcel o matarlos. Tradición, familia y propiedad parecerían ser los nuevos valores.
Dicho todo esto, me parece que el anuncio de Movistar apunta al valor que todavía tiene la idea de solidaridad, bajo las ideas de compartir y conectarse. Sin embargo, dentro de un imaginario marcado por la fragmentación geográfica y social propia del retiro de la clase media de los espacios públicos antes mencionados, lo que queda por “conectarse” es intra-clase (media) y como el consumo de servicios está cada vez más privatizado, lo que queda por “compartirse” necesariamente está mediatizado por el mercado. Así, no es de extrañarse que las discusiones a favor o en contra del ICE u otras empresas se organice alrededor de argumentos de mercado (calidad y acceso del servicio, defensa de la empresa pública).
De la discusión sobre “el derecho a la comunicación” y “el servicio solidario” que marcó en buena medida el debate sobre el Combo, al derecho “de un buen servicio” para “compartir y conectarse,” se ha avanzado mucho. El eje de la “Costa Rica solidaria” no es lo que creía ser, y probablemente nunca lo fue. Aunque también es posible que sea todo lo contrario, que como nos recuerda Lampedusa, “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
