“Este país se acostó hace cincuenta años siendo un mundo
y ayer despertó siendo otro. Y no ha sido un despertar feliz.”
Alexander Jiménez, La vida en otra parte.
¿Cómo es posible que en el país más feliz del mundo, el 81,4% de la gente viva con miedo? ¿Será imaginario el miedo o la felicidad, o seremos un país bipolar?

El Grito, por Fernando Carballo
A la maestra del Vechio la quisieron quemar viva porque sugirió que el temor era imaginario. Pobre, no entendió el informe del PNUD del 2006. Ahí lo que se dijo fue que los costarricenses tenemos una percepción de la inseguridad mayor que la que realmente existe, no, que no existe del todo. Es decir, que la probabilidad de sufrir un delito es menor de lo que imaginamos, lo cual además varía según sean hechos contra el patrimonio o contra la integridad personal.
Está claro que hemos experimentado un considerable aumento de la victimización en los últimos 20 años (especialmente de los delitos contra el patrimonio), esto es real y se siente, no está en nuestras cabezas. Sin embargo, también es cierto que nuestros temores son más grandes que nuestro peligro real de sufrir un hecho delictivo. Existe un desfase entre lo que acontece y lo que imaginamos que acontece, y aunque este desfase suele existir, para todo, en este caso es bastante marcado.
Si comparamos esta situación con la de otros países centroamericanos, veremos que, aunque nuestra tasa anual de homicidios por 100.000 habitantes ha oscilado en la última década entre 6 y 11, y la de El Salvador ha estado entre 40 y 65 personas, ambos países presentan niveles de percepción similares de lo que significa para ellos la amenaza de la criminalidad.
Esta variante puede explicarse por la diferente posición del umbral desde el que se percibe la violencia. Es decir, como históricamente Costa Rica ha experimentado bajos niveles de violencia, entonces nos choca más el aumento de los últimos años. Esta explicación me parece válida pero incompleta, porque realmente no estamos hablando de un fenómeno abrupto, sino de una transición que lleva al menos 20 años. ¿Por qué no hemos terminado de acostumbrarnos? Que si bien no es lo deseable, sería quizás lo natural. Tiene que ver con nuestro pasado, pero de otra forma; con la negación y el autoengaño.
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Ahora, ¿será que somos tan felices como nos cuentan? Porque el miedo y la inseguridad son palpables en cualquier calle del país, tengan sus casas rejas o murallas. Pero, esa felicidad exultante, ¿se siente en los buses, los parques y las oficinas? Yo no la siento. Aquí habría que analizar, detenidamente, cómo se mide la felicidad. Pero como esto es prensa rosa, aventuremos una hipótesis.
¿Han visto esas parejas que en público son un continuo y empalagoso arrumaco, pavoneando sus logros comunes y cariño? Esas que parece que se vienen cuando cuentan su último viaje o proyecto. Pues Costa Rica es algo así, una pareja que en algún momento se quiso (fue incluso la sensación del momento), pero que ya no se soporta y se miente.
Nuestros miedos son mucho más oscuros y profundos que el temor a la criminalidad, eso es tan solo un parte. Este es un país que se engaña a sí mismo y proyecta felicidad hacia afuera, porque tiene pavor de aceptar lo que perdió. Aquí seguimos hablando de la reforma de don Mauro, mientras las escuelas se caen a pedazos; añoramos a Calderón Guardia y a don Pepe, pero nos conformamos con el arremedo de sus hijos; les sacamos a los extranjeros las cifras de mortalidad infantil y longevidad, mientras se roban la CCSS desde todos los flancos; y nos seguimos creyendo igualiticos, después de 20 años de aumento de la desigualdad y estancamiento de la pobreza.
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Así que nuestra bipolaridad no es tan absurda. Parecen ir de la mano, miedo y felicidad: proyectamos una felicidad bastante impostada hacia fuera, precisamente para ocultar el temor de lo que perdimos.
Este país la cagó, y hasta que no lo aceptemos, hasta que no comprendamos que el vínculo se disolvió, y las razones por las que eso ocurrió, seguiremos en esta relación tormentosa, e incapaces de establecer un nuevo contrato.


