Nacionales

A propósito de la marcha invisible

Por: Luis Paulino Vargas Solís
Artículo publicado en Amauta con permiso del autor
Fuente: Soñar con los pies en la tierra

Publicado el: Lunes, 18 de junio del 2012

La revolución en su acepción marxista tradicional partía de una premisa de desigualdad: dos clases sociales irreconciliables, una de las cuales explotaba a la otra. Esto generaba la rebelión y, con esta, la revolución que eventualmente crearía la sociedad comunista sin clases.

Al cabo, y aunque las clases y la explotación siguen vigentes, esa revolución nunca se produjo y, en todo caso, las clases se complejizaron al punto que resultan irreconocibles si uno tan solo se atiene al esquema original burguesía-proletariado. Entonces, la transformación del capitalismo –hoy más necesaria que nunca- difícilmente discurriría por canales lineales y teleológicamente predeterminados.

Pero es que, además, es posible que estemos en medio de otras revoluciones que muestran características en muchos sentidos inusitadas. Y estas revoluciones parecen tener un punto de partida diferente: no las clases que fracturan a la humanidad. En su lugar emerge la doble reivindicación de la igualdad humana básica desde una diversidad humana caleidoscópica. Algo que se me antoja radicalmente innovador.

Se le podría llamar “posmodernismo” y tal apelativo no tendría nada de arbitrario. Pero no nos entretengamos con etiquetas. En todo caso lo que se observa es un desmoronamiento de instituciones que la crítica marxista original no tocó, o acaso lo hizo solo marginalmente (Engels es una excepción absolutamente meritoria).

Son instituciones que, al desmoronarse, implican también un desmembramiento de cierto sujeto tenido como universal. Se cuartean y derrumban el patriarcado, la religión y la escuela, todas ellas instituciones centrales de la modernidad, en grado similar a como lo es el propio capitalismo. Y entonces se derrumba la normativización correspondiente: el sujeto masculino, adulto, heterosexual, cristiano-católico, blanco.

Y así lo invisible se torna visible.

La mujer busca escapar del reducto doméstico al cual fue confinada y entre cuyas paredes se le mantuvo subordinada. No es tan solo el reclamo por el derecho a participar en la vida pública en pie de igual con los hombres. Es además, y quizá más importante, el reclamo por recuperar el control de su cuerpo y su sexualidad. Esto último –más incluso que tener acceso a la educación y el trabajo remunerado- es lo que hace especialmente subversiva la exigencia de independencia e igualdad por parte de las mujeres. Porque ello torpedea el corazón mismo del patriarcado, la educación y la religión tradicional, en cuanto las tres son celosas cancerberas del cuerpo de las mujeres: de su derecho al placer; de su derecho a decidir en materia reproductiva; de su derecho a decir no; de su derecho a ser reconocidas como seres humanas en plenitud. No agentes de la perversión ni un instinto natural sin control, según las representaciones de lo femenino que patriarcado, religión y escuela impusieron. En cambio, seres humanas en la plenitud de su capacidad racional y de la riqueza de su sensibilidad y su capacidad para decidir y para crear.

Cuando las mujeres se hacen visibles para reivindicar su inteligencia y su derecho y poder para decidir, y levantan el reclamo sobre su cuerpo y su sexualidad expropiadas, el sujeto universal masculino se desmorona. Se visibiliza así lo obvio, que no obstante serlo siempre fue invisible: que la mitad de la humanidad son mujeres y que, por lo tanto, hombre no es sinónimo de humanidad.

Hay aquí una revolución de consecuencias inimaginables. Contiene incluso la semilla para la liberación del hombre mismo, cuya posición dominante conlleva contradictoriamente otra formas de esclavitud e infelicidad.

Pero, además, otras profundas rajaduras aparecen en el sujeto universal de la modernidad. Algo también obvio, pero violentamente forzado a la invisibilidad, emerge y se manifiesta: la heteronormatividad –es decir, la norma que impone la heterosexualidad como exigencia universal- se demuestra igualmente falaz.

Sabemos que la naturaleza es diversidad alucinante. No extraña entonces que la humanidad sea también maravillosamente diversa. Y lo es en todo sentido imaginable. Resulta entonces demencialmente absurdo imaginar que la sexualidad humana no pueda ser también diversa. Y, sin embargo, esa es la regla que, a sangre y fuego, han impuesto patriarcado, religión y escuela: la regla de la heterosexualidad universal y obligatoria.

El sujeto masculino universal es, también, un sujeto heterosexual. Pero también esta última es una certidumbre que queda desbaratada en mil pedazos.

Quizá Freud llevaba razón cuando postuló que la sexualidad humana es primigeniamente bisexual. Lo cual significa que está abierta a múltiples variantes entre la heterosexualidad exclusiva y la homosexualidad exclusiva.

Y como para confirmar a Freud, ahí están las minorías sexualmente diversas que por estos tiempos, y por primera vez en la historia de Costa Rica, salen a la calle, dan la cara y levantan la voz.

El oscurantismo religioso corrompe el mensaje de Jesús básicamente de dos formas. Su mensaje de humildad y de opción por la humanidad pobre y explotada, es trasvestido como un mensaje de adoración al dinero y al poder. Su mensaje de amor –y en especial, de amor por quienes son más débiles- es trasvestido como un discurso de odio.

Las personas sexualmente diversas –pero también las mujeres cuando reclaman sus derechos- son víctimas favoritas de ese odio. Y, sin embargo, su mensaje tan solo reivindica lo absolutamente básico: el amor y el respeto a la diversidad humana y, desde ahí, la igual dignidad para todos y todas. Algo gravemente subversivo para el patriarcado, la religión y la escuela en su intento por imponer un sujeto universal homogéneo.

En el proceso también se ha hecho visible que no existe “la” familia. Que, en cambio, hay diversidad –también aquí la diversidad- de familias. Y que el amor florece –y a veces lo hace mejor- en esas otras formas emergentes de familia, inclusive aquellas que quieren explorar las nuevas posibilidades tecnológicas como opciones para crear vida y sembrar el amor.

Otras rajaduras hacen que el sujeto universal moderno termine de desmoronarse: las juventudes pulverizan el sujeto universal adulto, como los pueblos indígenas y la población afrodescendiente evidencian que el sujeto universal blanco es igualmente falaz.

El alimento de las viejas instituciones es el pasado. En el futuro, tan solo los museos resguardarán las reliquias de su ignominia.

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