Nacionales

Costa Rica frente a una economía mundial en crisis (II)

Por: Luis Paulino Vargas Solís
Artículo publicado en Amauta con permiso del autor
Fuente: Soñar con los pies en la tierra

Publicado el: Sábado, 23 de junio del 2012

Primera parte aquí

¿Queda un minuto para la medianoche en Europa?

Niall Ferguson y Nouriel Roubini, 10 de junio de 2012

Pero no desesperen: al paso al que van las cosas, especialmente en Europa,

la catástrofe sin paliativos podría estar a la vuelta de la esquina

Paul Krugman, 11 de junio de 2012

(Ilustración: Mikel Jaso / Público)

El gobierno de Chinchilla anda muy orondo en vista de que, desde agosto de 2011, la economía costarricense encadena un ciclo de 9 meses con crecimiento por encima del 6% anualizado. Bastante bueno -qué duda cabe- sobre todo a la luz del mediocre desempeño de los cuatro años previos. Con ese mismo optimismo la señora Chinchilla emprendió una gira europea de la que dice esperar frutos notables en términos de nuevas inversiones y más empleos.

No intentaré analizar qué podría haber detrás de tan inusitada “bonanza”. Pero sí diré que no es dable imaginar que sea sostenible. En breve podría dar signos de desfallecimiento.

¿Por qué habría de ser así? La razón, de tan contundente, se dice y se entiende fácil: la economía costarricense está vinculada a profundidad –casi podríamos decir que atada- a las economías de Estados Unidos y Europa. Una proporción sustancial de las exportaciones se dirigen a esos centros capitalistas desarrollados. Una parte mayoritaria del capital extranjero que se recibe y de los flujos de turistas que nos visitan provienen de ahí mismo.

Pero la cuestión trasciende las cifras por cuyo medio se cuantifica el grado de vinculación con esas potencias económicas. Quizá más importante es el hecho de que, progresivamente pero de forma implacable, se ha consolidado una institucionalidad que pone a Costa Rica en situación de alta exposición respecto de lo que allá ocurra, sea esto bueno o malo. Esa institucionalidad es, a su vez, el fruto de una cierta normativa que va desde los acuerdos de fundación de la OMC hasta los tratados comerciales y de inversiones. En lo esencial, es una normativa y una institucionalidad que complacen generosamente los intereses de esos países poderosos, a través de la liberalización del comercio de bienes industriales y servicios, la total libertad a los capitales y la concesión a estos de un régimen de protección que comporta privilegios abusivos. En cambio, esa normativa mantiene vigentes las generosas políticas de protección a la agricultura que se aplican a ambos lados del Atlántico norte, como asimismo establece brutales restricciones a la migración de trabajadores y trabajadoras provenientes del sur.

Acontece además, como bien lo sabemos, que ambos centros atraviesan por una crisis de grandes proporciones. En particular, Europa camina literalmente al borde del abismo. La eventualidad de un colapso del Euro, aún con ser una posibilidad extrema, no es descabellada. Es imposible saber qué consecuencias podría tener la salida de Grecia de la zona Euro, respecto de lo cual es asunto secundario quién haya ganado las elecciones de este domingo. Lo decisivo está en lo económico: si no se crean condiciones para una efectiva recuperación de la economía griega, es posible que el desastre se vuelva absolutamente insostenible, cualquiera sea el gobierno que esté instalado. Pero, por otra parte, es claro que la eventual caída de España (y ni se diga Italia) tendría repercusiones gravísimas a escala mundial.

Hagamos acopio de optimismo y supongamos que se evitan tales escenarios de catástrofe. Incluso si Europa saca de algún lado la cordura de la que hasta el momento ha carecido, de forma que logre impedir lo peor, incluso entonces lo esperable es una crisis que, aún evitando coletazos apocalípticos, de cualquier forma se manifestará en estancamiento, desempleo, descontento social y crisis política por un largo período.

El hueco al que se ha caído es ya lo suficientemente profundo, como para hacer impensable ninguna recuperación ni rápida ni fácil. Menos si se toma en cuenta la reiterada ineptitud y ceguera ideológica  que paraliza a las dirigencias europeas, con la siniestra Merkel a la cabeza.

Mas, si de parálisis y ceguera ideológica se trata, no muy diferente anda el asunto con las dirigencias políticas en Costa Rica.

Los movimientos recientes de la presidenta Chinchilla –su gira europea y su interés por un tratado comercial con Colombia- lo ratifican. No solo se insiste en las mismas alianzas económicas y comerciales, sino que, además, se reincide en los mismos instrumentos normativos e institucionales. Y siendo que ya estamos en posición de elevada exposición frente a una economía mundial turbulenta, resulta por lo menos extraño que no se busque reducir la exposición, cuando más bien se quiere profundizar la vinculación con los centros devastados por la crisis.

Para mejor entenderlo, podríamos también verlo por el envés de la moneda: ni se buscan nuevas alianzas ni se busca crear nuevos mecanismos normativo-institucionales a través de los cuales canalizar nuestra vinculación económica con el mundo.

Las nuevas alianzas deberían privilegiar espacios económicos que han dado pruebas convincentes de reciedumbre frente a la crisis y los cuales sean, asimismo, territorio culturalmente cercano, de forma que la eventual vinculación económica que se establezca no enfrente grandes obstáculos por razones de desconocimiento o incomprensión.

Las nuevas formas normativas e institucionales deberían hacerse cargo de las amenazas que comporta una economía mundial tormentosa. A mi parecer, ello impone una dosis de prudencia, en primera instancia, y una crítica necesaria a los criterios de competitividad e irrestricta libertad a los capitales sobre cuya base han sido diseñados los instrumentos normativos vigentes.

Es entonces indispensable recuperar criterios de cooperación y solidaridad, que permitan construir nuevas instituciones, pensadas según un doble objetivo: a) la promoción de formas de desarrollo equitativas, equilibradas, democráticas y ecológicamente responsables; y b) el establecimiento de mecanismos preventivos, al modo de diques de contención que aminoren los riesgos y eventuales impactos asociados a esta enorme crisis.

Los distintos sectores y expresiones de las clases dirigentes de Costa Rica –incluido el gobierno de Chinchilla- se niegan a reconocer las amenazas inherentes a la actual situación económica mundial y, consecuentemente, se niegan a considerar cualquier reformulación del vigente modelo económico. De por medio hay grandes intereses económicos amarrados a este modelo. Hacen entonces lo del avestruz, a la espera, quizá, de algún milagro.

Hoy se hace imposible justificar la viabilidad del actual modelo, el cual se ha quedado sin  ninguna respuesta satisfactoria. Se recurre entonces al atajo ideológico. Ante una Costa Rica que se les cae a pedazos, ese es el último reducto que les queda.

Martes, 21 de mayo del 2013
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