¿Qué hay detrás de la furiosa ofensiva de cierto evangelismo fundamentalista y panfletario en contra de los programas de educación sexual que promueve el Ministerio de Educación? (y que quede claro que esa propuesta no es compartida por otros sectores del evangelismo, incluyendo algunas iglesias protestantes históricas)
La pregunto me la he formulado muchísimas veces. Hay, desde luego, una concepción religiosa, con raíces tanto en partes del Antiguo Testamento como en los escritos atribuidos a Pablo, en los que se construye una imagen sucia y repugnante del cuerpo humano y, en especial, de la sexualidad. Esos mismos escritos son pródigos en imágenes degradantes para las mujeres, convertidas en representantes de las fuerzas malignas de la naturaleza que presuntamente tientan al hombre y lo atraen hacia la perdición. Nada de lo cual, por cierto, encuentra respaldo en los discursos que pronuncia el amoroso Jesús de los evangelios, al cual la moralina sobre temas sexuales lo tenía completamente sin cuidado.
El temor y el morbo con que nuestra sociedad aún hoy mira el sexo, seguramente se origina -en parte considerable al menos- en esas concepciones morales surgidas en el seno de sociedades económica y políticamente primitivas, cuya cultura se asentaba en valores rígidamente patriarcales. Pareciera que, debido a diversas y muy complejas razones históricas, aquellas ideas echaron raíces profundas en la cosmovisión occidental, concomitante al hecho de que, con el paso de los siglos, el cristianismo devino la religión de los imperios y del poder, desdiciéndose así de sus orígenes humildes y transgresores. Al cabo, resulta que hoy aún respiramos una atmósfera enrarecida por prejuicios surgidos en tiempos muy, pero muy remotos, que anteceden, por miles de años, al surgimiento del pensamiento crítico ilustrado y la ciencia.
Y en el caso particular que nos ocupa, se observa un fenómeno harto interesante: el de colectivos que, en pleno siglo XXI, miran el mundo a través de un prisma no simplemente pre-moderno, sino de hecho muy primitivo.
Pero, en términos prácticos ¿qué significa esto? Quiero decir ¿qué tipo de sentimientos y/o pensamientos mueve a esta gente a actuar de la forma como lo hacen?
Reconozco que, de seguro, se requeriría una amplia y compleja indagación –a la vez sociológica, antropológica y psicológica- para responder esas preguntas que he formulado.
Como al modo de hipótesis para la reflexión, se me ocurre proponer las siguientes ideas:
- Estas personas están convencidísimas de que el sexo es malo, sucio, pecaminoso y repugnante.
- Frente a tal malignidad consideran que el mejor instrumento es la represión. En justicia, debe reconocerse que no son las únicas personas que así opinan: ahí están quienes imaginan que los males del cigarrillo se curan con coerción y quienes creen que la copia de libros, música, software y filmes se frenaría con cárcel. Pues igual el evangelismo fundamentalista: les parece que reprimir lo sexual es la mejor forma de poner bajo control el demonio del sexo. Es como al modo de un rasgo idiosincrásico característico de ciertos sectores de nuestra actual sociedad costarricense: imaginar que la mano dura es la pomada canaria.
- En este caso, reprimir exige no decir, no pronunciar. Es una suerte de conjuro mágico: si no se menciona entonces no existe.
- Esto último parece confirmarse en cosas como las siguientes: afirman estas personas que hablar a los jóvenes de sexo es inducirlos al sexo. En su variante más patética se afirma que hablarles de homosexualidad es inducirles a la homosexualidad (la cual, como se sabe, es el lucifer absoluto, soberano total de las tinieblas).
- O sea: no hablarles de sexo (y muchísimo menos de homosexualidad) es protegerlos, liberarlos de tan terrible amenaza.
- Por lo tanto, no debe permitirse que en los colegios a los muchachos y muchachas se les mencione el asunto. Secundario es si se intenta –como Garnier lo está proponiendo- un abordaje integral y respetuoso de la sexualidad. Es que, en todo caso, este fundamentalismo no entiende de tales sutilezas: piensan el sexo como pura maldad y, de forma concomitante, lo piensan como pura genitalidad, lo cual les suscita, con terrible escándalo para sus mentalidades pre-modernas, mórbidas imágenes de felación, cunnilingus y penetración.
- Se adivina que lo que en el fondo se pretende es una “educación” sexual bajo conducción de los mismos pastores evangélicos que han promovido esta cruzada de intolerancia. Como se sabe, estos pastores son expertos en pronunciar de memoria citas textuales y descontextualizadas de la Biblia, sin que nadie pueda asegurar que sean capaces de opinar fundamentadamente sobre ningún asunto mundano, incluido el sexo. Entonces, y previsiblemente, se impondrán criterios como los siguientes: el sexo, por malo y repugnante, debe ser reprimido como al modo de una bestia que debe ser enjaulada; la castidad es buena; la homosexualidad es monstruosa; el sexo tiene una sola finalidad: la reproducción; el placer es demoníaco; los métodos contraceptivos son engendros de satán.
Sugiero resumir esta tesis fundamentalista en materia de educación sexual, de la siguiente forma: es una fórmula perfecta para la infelicidad.
Al cabo, sin embargo, una pregunta sigue siendo válida: ¿la población adulta de Costa Rica –padres y madres de familia en particular- están en capacidad de brindar una buena educación sexual a las personas jóvenes?
Si nunca se recibió tal educación y si se creció y maduró bajo el poderoso influjo de una concepción religiosa que siempre negó y reprimió la sexualidad ¿cuántos padres y madres en Costa Rica están en capacidad de brindar a sus hijos e hijas una educación sexual que cultive el respeto y la responsabilidad y que desarrolle a plenitud el riquísimo potencial de placer y afectividad inherentes a la sexualidad humana?
