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Prohibidas las fotocopias: Paradojas de la propiedad intelectual

Por: Luis Paulino Vargas Solís
Artículo publicado en Amauta con permiso del autor
Fuente: Soñar con los pies en la tierra

Publicado el: Martes, 24 de julio del 2012

Una ley recientemente aprobada, que intenta flexibilizar las condiciones bajo las cuales se podrían fotocopiar textos con fines educativos, ha suscitado una respuesta airada y beligerante por parte de diferentes sectores que tienen intereses –reales o imaginados- vinculados al negocio editorial. Recordemos que el antecedente está dado por una ley que fue aprobada como parte de la llamada agenda complementaria del TLC con Estados Unidos, la cual establece una normativa altamente restrictiva, que llega incluso a criminalizar y sancionar penalmente la simple fotocopia de textos.

Admitido que las creaciones resultantes del intelecto y el talento humanos merecen reconocimiento y retribución, en cambio creo que este tipo de normativas no solo no cumple con ese cometido básico, sino que más bien pueden tener efectos contrarios.

1) Primera paradoja

El argumento usual que se invoca a favor de este tipo de leyes, afirma que estas son necesarias a fin de promover la creatividad y la innovación. Quienes conocen las propuestas de la teoría económica neoclásica, saben que aquí están bien reflejadas las premisas propias de esa teoría, según las cuales los individuos actúan bajo una motivación utilitarista: el interés por obtener la máxima ganancia o retribución monetaria.

Lo anterior es muy discutible. Por ejemplo, no es infrecuente que quien hace arte lo haga por un asunto de disfrute estético y realización espiritual, y solo en segundo (o tercer) lugar, por un interés económico. Por otra parte, los avances en la ciencia y la tecnología son más el fruto de la existencia de una infraestructura propicia, la cual es siempre de grandes dimensiones, y no tanto el resultado de lo que alguien individualmente pueda hacer. Justo por ello la mayor parte de la investigación sigue siendo realizada en Estados Unidos, Europa y Japón (y en grado creciente China), precisamente donde existe tal infraestructura.

Pero es que, además, la propiedad intelectual da lugar a una peligrosa paradoja. Estas normas hacen que los frutos de la inteligencia y la creatividad humana se conviertan en mercancía en sentido estricto, algo a lo que se tiene acceso solo si se paga un precio y, a menudo, un precio muy alto. Pero entonces estarán al alcance solo de quienes pueden pagar.

Esto limita –y quizá muy gravemente- la libre circulación de las ideas, con lo cual se podría obstaculizar, incluso muy seriamente, el avance de la ciencia, las artes y, en general, los productos de la cultura. Múltiples evidencias apuntan a que eso efectivamente está ocurriendo, incluso en ámbitos tan importantes como el farmacéutico o el software.

2) Segunda paradoja

Las normativas sobre propiedad intelectual no son algo nuevo (hay convenios internacionales que datan del siglo XIX), pero solo recientemente han devenido un asunto político al que se le pone máxima atención. Estas cuestiones jamás fueron consideradas en las sucesivas rondas de negociación comercial del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT por sus siglas en inglés), realizadas en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez fueron incorporados en la Ronda Uruguay (1986-1994). Ésta creó la Organización Mundial del Comercio (OMC) y, entre otros, dio lugar al Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). Estos acuerdos han sido profundizados y ampliados agresivamente a través de los tratados bilaterales de libre comercio, y, en nuestro caso, de forma especial por medio del TLC con Estados Unidos y las diversas leyes aprobadas a raíz de este último.

¿Por qué solo muy recientemente se le ha concedido tal importancia a la propiedad intelectual? Ello tiene que ver con las evoluciones y reestructuraciones recientes del capitalismo y, en especial, con la emergencia de un capitalismo cultural, de la información y el conocimiento que produce mercancías intangibles o desmaterializadas.

En general, estos “intangibles de la mente” que produce el capitalismo actual (software; música; filmes; libros, etc.), pueden ser copiados con enorme facilidad. Así, un libro digital o un programa de software podrían ser copiados miles de veces con un costo casi nulo, y usados por miles de personas sin que el consumo de cada persona interfiera ni limite el de otra. Se trata de mercancías muy diferentes de las del viejo capitalismo, las cuales no podían copiarse y cuyo consumo por una persona impedía que alguien más la consumiera.

Es algo inherente a las tecnologías informacionales: estas permiten copiar porque esa es su naturaleza intrínseca. Los intereses económicos vinculados a estas nuevas industrias –en su mayoría gigantes transnacionales- se sienten afectados y, por lo tanto, se interesan vivamente por impedir la copia.

Esta es la segunda paradoja, la cual asume un cariz reaccionario: se trata de ir en contra de la misma tecnología de la cual esos grandes intereses económicos usufructúan. Como el perro que se muerde la cola, el intento por frenar la copia contradice la naturaleza misma de tales tecnologías: debilita su potencial y, eventualmente, frena su desarrollo.

Pero, además, es un intento infructuoso y una pretensión absurda. Ello exige aparatos policiales y represivos muy costosos y, en todo caso, las perspectiva son deprimentes ¿cuántas cárceles se necesitarían para “guardar” a los millones de personas que hacen copias?

3) Propiedad intelectual y monopolios

Una faceta poco agraciada de estas normativas es su tendencia a instituir barreras de entrada a los mercados. A menudo actúan como mecanismos destinados a crear o consolidar monopolios.

Un caso muy ilustrativo es el de la industria farmacéutica, verdadero muestrario de prácticas empresariales realmente detestables. Gastan en publicidad y en lobby tanto más de lo que dedican a investigación y desarrollo; gustan de “reciclar” viejos medicamentos en usos presuntamente nuevos tan solo con el fin de prolongar las patentes; usufructúan ricamente de patentes generadas a partir de productos que son fruto de investigaciones desarrolladas con fondos públicos. Y, desde luego, buscan por todos los medios atrasar la introducción de la competencia de genéricos más baratos, aun si ello implica la muerte de muchas personas.

El caso de las farmacéuticas ilustra de forma especialmente dramática, la instrumentación de los regímenes de propiedad intelectual como mecanismo para preservar privilegios monopólicos.

4) Ilusiones alrededor de la propiedad intelectual

Hay quienes en Costa Rica –artistas, investigadores, pequeñas editoriales, ciertos sectores en las universidades, etc.- que creen que esta legislación recoge y protege sus intereses. Es, en el mejor de los casos, una pretensión bastante ingenua.

Quienes imaginan que podrán patentar alguna invención de forma tal que se garanticen la exclusividad de los beneficios que de ahí se deriven, seguramente no tienen idea de lo que implica demandar a una transnacional por infracción de tal patente.

O quienes imaginen que metiendo a la cárcel a estudiantes que fotocopian algún libro, van a lograr con ello impulsar el florecimiento de pequeñas editoriales privadas, evidentemente no tienen idea de lo que dicen. El mercado editorial costarricense es pequeño y limitado; nuestras editoriales están marginadas de los circuitos mundiales del negocio editorial; este último está bajo dominio de algunos grandes oligopolios transnacionales. Estas leyes tan solo les convienen a estos últimos. A nuestros escritores y editoriales no les hace ninguna diferencia significativa.

Dejémonos de cuentos: el mundo editorial en Costa Rica solo florecerá si cuenta son subsidio y apoyo estatal.

 

Mi libro El candado y la llave: ideología y realidad de la propiedad intelectual (EUNED: 2010) aborda y discute está problemática con amplitud.

Domingo, 12 de mayo del 2013
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