A propósito de la censura eclesiástica a los programas de educación sexual
Las intemperancias de los jerarcas católicos en la Costa Rica actual no son asunto nuevo. No hablemos de las cacerías de brujas y la quema de libros en la Europa medioeval ni de la persecución y censura en contra de Galileo Galilei. Me refiero tan solo a la presencia de esas retrógradas estructuras de poder en la breve historia de la república de Costa Rica.
Reconozcamos que existió un Monseñor Sanabria, que se hizo parte activa y beligerante dentro de un gran movimiento progresista de transformación y reforma social, durante aquellos convulsos años 40 del siglo XX. Pero ello es, de alguna forma, una excepción que confirma la regla. En cambio, y desde los años 80 del pasado siglo al día de hoy, los poderes eclesiásticos se mueven a lo largo de un camino de gradual pero irrefrenable retroceso. Hoy, como si fuese un volver la rueda de la historia, son una fuerza oscurantista, que reniega de los derechos humanos y convoca al odio y la intransigencia, mientras se muestran complacientes con los privilegios de los más ricos y poderosos.
Anatematizan los programas de educación sexual como “ateos” y convocan a padres y madres de familia a boicotearlos. Reniegan y maldicen el que se reconozca la dimensión del placer presente en la sexualidad humana, no obstante que ello va de la mano con una educación para la responsabilidad, el afecto y el respeto. Se niegan a reconocer los aportes de la teoría de género, seguramente porque ello desnuda las falacias en que se fundamenta su ideología y su organización jerárquica, en las cuales se les niega a las mujeres incluso los derechos más básicos. Con extrema destemplanza rechazan la posibilidad de que se eduque para respetar la diversidad sexual y para aceptar sin violencias ni crispación a quienes son distintos por razones de orientación sexual y/o identidad de género.
Repasemos hechos del pasado protagonizados por las jerarquías católicas. Y enfatizo: me refiero a las jerarquías católicas, que de ninguna manera asimilo al pueblo humilde que profesa una fe católica. Lo asombroso es que, entonces como ahora, se reitere la misma incapacidad para comprender el mundo a su alrededor, y la misma poderosa inclinación hacia la intolerancia.
Ello permite entender porque las personas se alejan de los templos católicos, y porque éstos son cada día más silenciosos y vacíos.
Algunos son asuntos acaecidos hace casi 190 años atrás. Otros datan de hace unos 130 años. Y sin embargo ¡se parecen tanto a lo que hoy presenciamos!
La fuente es el libro Cultura oligárquica y nueva intelectualidad en Costa Rica: 1880-1914 (EUNA: 1994), cuyo autor es Gerardo Morales. Veamos:
1) En 1823 del clero se dedica a recorrer los pueblos propalando la especie de que el gobierno republicano era hereje y acabaría con la religión católica. Recordemos que hacia muy pocos meses que se había obtenido la independencia del imperio español.
2) En 1830, el cura José María Esquivel escribía que “…la libertad de cultos y la tolerancia son dos cosas muy arduas y difíciles de permitir…”.
3) Se prohibía la circulación de libros y se perseguía a quienes introdujeran libros tenidos como perversos y desafectos al dogma y moral católica. En 1831, a petición del clero de San José, se aprueba el Decreto XXII de 21 de mayo que declara prohibida la circulación en el país de una considerable cantidad de libros.
4) Ese decreto establece lo siguiente: “Todo el que tenga alguno, o algunos libros de los dichos, debería entregarlos a los jueces dentro de ocho días, bajo la pena a que se haga acreedor por su inobediencia…Los jueces y Alcaldes de los Pueblos que ejercen jurisdicción contenciosa recogerán las pinturas y figuras obscenas que se encuentran en los relojes, sellos, cajas de música y otros muebles…”.
5) También se ejerce severa censura al arte escénico. En 1846 se presenta una compañía de teatro que incluye a una mujer como actriz. Este hecho da lugar a severas amonestaciones verbales desde los púlpitos. En una ocasión, el obispo Llorente se deja decir que “los cómicos eran indignos de entrar al templo del señor porque estaban condenados por Dios y por la Iglesia”.
6) En relación con las reformas liberales que tuvieron lugar en Costa Rica en los últimos dos decenios del siglo XIX, se afirmaba –como hoy se dice de los programas de educación sexual- que el liberalismo es el principio del ateísmo. En febrero de 1883, el obispo Thiel publica su quinta carta pastoral donde se manifiesta en contra de introducir la enseñanza del ideario liberal (cualquier semejanza no es ninguna coincidencia).
7) La condena al liberalismo se hace extensiva a todo grupo laico que proponga, aunque sea tímidamente, la separación del campo religioso del campo cultural. Los grupos masones u otros que defendían el librepensamiento, el racionalismo, el positivismo y la libertad de cultos son acremente condenados.
8) En 1882, el obispo Thiel visita en San Ramón la biblioteca pública establecida por Julián Volio, en la cual había obras de autores como Víctor Hugo, Dumas y Zola. De inmediato el obispo proclama que será excomulgada cualquier persona que visite esa biblioteca.
9) Ya en la década de los noventa del siglo XIX se reiteran desde el púlpito los mandatos para que se evite cierta literatura calificada como calumniosa, mentirosa e inmoral. Ello incluye autores como: Alejandro Dumas, Eugenio Sue, Camilo Flammarion y Víctor Hugo.
Es como si, pasado el tiempo, nada hubiese cambiado ni nada se hubiese aprendido.
