Reseñas

Soy el enano de la mano larga larga (novela alter-ego-maníaca)

Por: Héctor Hernández
Artículo publicado en Amauta con permiso de Revista Paquidermo
Fuente: Revista Paquidermo

Publicado el: Viernes, 22 de marzo del 2013

(Arte: Thor Eldrich)

(Arte: Thor Eldrich)

“Lo fantástico ya no se lleva más en el corazón: no se lo acecha tampoco en las incongruencias de la naturaleza; se lo extrae de la exactitud del saber; su riqueza se halla virtual en el documento. Para soñar, no hay que cerrar los ojos, hay que leer”
Michael Foucault

En una sociedad como la actual, es mejor desenvolverse con astucia y pragmáticamente que potencializar la creatividad. Cada vez son menos los que toman, con la paciencia de un rumiante, sus años universitarios; la necesidad o la ambición los hacen salir de ese espacio con premura y sin dilación. ¡Los descarados estamos en franca extinción! Pues las tardes de febrero ya no son de conversa y birritas sino de productividad y eficiencia. Ante un escenario como el descrito no es difícil empezar a perder la capacidad de pensar que lo imposible es plausible y que la realidad pueda perfectamente ser otra cosa. Las utopías se han convertido en  ensoñaciones anticuadas y lo que buscamos hoy son datos fríos y caminos seguros al éxito económico. Incluso, la producción artística busca fórmulas mágicas que producen lectores  o espectadores masivos, que tragan y regurgitan una y otra vez la misma historia hasta el tedio.

Soy el enano de la mano larga larga, primera novela de Jorge Jiménez, es una impertinente crítica a ese mundo tecnificado y tan poco creativo. La prosa juega alegremente sin ningún apuro por el mundo. Se divierte trasponiendo imágenes irreconciliables con la realidad, registros culturales antipáticos entre sí y palabras que su única relación es la total sonoridad, pasando por el culo la semántica o la sintaxis. No hay pudores con este enano travestido y divertido.

Parece como si el enano de la mano larga larga  fuera la hipóstasis de esa facultad creativa que posee todo ser humano; que cansada de ser silenciada, un buen día se despide de nosotros y vaga por su propio mundo, gozando de las maravillosas creaciones que ella misma se proporciona. En este sentido, para acercarnos al texto de Jiménez tenemos que buscar, en nuestros interiores, a ese enano de mano larga larga y “echarle el cuento” de Jiménez, para que disfrute el placer del texto en primer lugar y, posteriormente, para que nos regocijemos por el hecho de estar perdiendo el tiempo. Porque leyendo al enano de la mano larga larga jugamos  sin  el estigma del perdedor y sin la cruz del ganador; sólo con el fin de recobrar la seriedad del niño que mueve el balón en lotes baldíos, entre partidos interminables y marcadores inverosímiles.

Hace ya algún tiempo, en pleno auge de las vanguardias artísticas, un grupo de teóricos literarios, en su mayoría rusos, empezaron a trabajar un concepto sumamente importante para el desarrollo de la literatura moderna, a saber el de “extrañamiento”. Con tal concepto no sólo se permitió un análisis de lo literario desde la misma literariedad de los textos. También se permitió fundamentar la idea de que la relación palabra y cosa surge de una convención o de la lucha social. En otras palabras, cuando el poeta nos hace ver las cosas desde su óptica juguetona, nos abre la puerta para soñar otras relaciones, no sólo de nosotros con las palabras sino de nosotros con el mundo que nos rodea. Porque, a fin de cuentas, lo que nos muestra el enano de la mano larga larga no es el verdadero mundo que subyace al mundo irreal que vivimos, sino que existen formas diferentes de ver y vivir en él.

Por ello, para mí la prosa de Jiménez es superficial y artificial en lugar de densa y oscura. Su lectura no implica un descerebramiento o erudición, más bien nos recuerda que  lo esencial de toda historia es su artificiosidad, su mentira inminente, su magia. Foucault nos decía que Las tentaciones de San Antonio de Flaubert, es un libro sobre libros, que su relación con la fantasía está totalmente mediada por el saber impreso. En un sentido muy similar, la novela de Jiménez palpita y respira intertextos culturales de las vanguardias y las contraculturas. Pues las relaciones de Jiménez con el ámbito de lo estético transpiran por los bajos fondos de la “alta cultura”. La historia, como el enano, saben que son ficticios, pero esa verdad de perogrullo no los lleva al añejo silencio de Crátilo. En su lugar, nos atiborra de imágenes e íconos de la cultura pop y las vanguardias; el libro se desvanece para convertirse en más letras y sonidos. La respuesta ante el vacío del mundo y su superficial artificiosidad es la letra, alborotada como un hormiguero en el papel, pero también como sonidos que se desbordan por los límites difusos de aquella pequeña granja del condado de Sullivan (Woodstock), hasta llegar a lugares tan lejanos y recónditos como el mundo de las letras nacionales.

 

Les ofrecemos un extracto de la novela ganadora Premio Nacional de Cultura  Aquileo J. Echeverría del 2012, Soy el enano de la mano larga-larga, seleccionado por su autor Jorge Jiménez:

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Este Enano podría naufragar bibliotecas. Ahora huele a libro. Es antiguo como una ca­ligrafía. Viste un traje enterizo que le queda grande. Azul-sucio el traje. Cuello gastado. Es un Enano de novelas viejas y papeles amari­llentos. Ese Enano es pura literatura, piensa aburrido el lector. El Enano no se inmuta. Se tiende exhausto y se abre en páginas innume­rables. Enano de arena. Páginas de Enano. En el lomo se lee: SOY EL ENANO DE LA MANO LARGA-LARGA. Sus manitas cosi­das a las tapas gastadas, se agitan graciosas e inofensivas, como si se ahogara. Manitas de trapo. Se abre en medio y empieza a sudar letras flácidas que resbalan por la página y forman un charco en el suelo. Ya ven, soy un libro abierto —dice el Enano con voz de mario­neta—. El bibliotecario, desconcertado, toma al Enano-libro, le sacude las letras resbaladi­zas y lo acomoda en el estante.

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Alguien pide un Enano para leer y le traen un libro que viste un traje enterizo color azul sucio. Lo abre con desdén y lee una frase que dice: soy un libro abierto. Le molestan las ma­nitas cosidas a las tapas y no soporta la voz de marioneta. Pasa las páginas y se percata de que las letras resbalan por el papel y forman charquitos sobre el escritorio. Cierra el libro con violencia y las letras pringan por todo lado. Lo devuelve indignado y exclama: ¡Este Enano es ilegible!

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Ya he declarado que soy un Enano voluntario. El lector podrá apreciar la diferencia. Lo mío no es un asunto del destino. Ni únicamente una celada biológica. Soy Enano a voluntad. Así como larga-larga es mi mano. He tomado un punto de vista estratégico para mirar el mundo. El punto de vista de un Enano. Eso me permite constatar la superioridad con que me ven los otros. Les gusta mirarme y pasar a mi lado, les hago sentirse grandes. Por un mo­mento quien lleva una vida atormentada en­cuentra en mí a quien supone más atormen­tado. Eso en razón únicamente del tamaño. Pequeñas sus vidas, ¿no es cierto?

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Mi horizonte se encuentra a poca altura, hace creer a los otros en una suerte de grandeza, combinación de megalomanía y compasión. Yo trato de aclararles que no es lo mismo la grandeza que la estatura. Mi presencia les da un respiro, les siembra una ilusión. Pueden verme de un tirón y quedar intrigados úni­camente por la apariencia de la suela de mis zapatos —lugar donde domina una sombra que se proyecta al compás de mis pasos—. Cuando me ven de un tirón no les alcanzo y se quedan esperando mi metro-ochenta —y eso los desconcierta—. Siempre les hará falta algo de mí. Soy la carencia que todos ocultan.

  §

El Chivo Cardiaco aparece esporádicamente entre un Enano y otro. Nadie lo toma en serio. Fumó piedra en el búnker y deambula entre un Enano y otro. El Chivo Cardiaco tiene un gran corazón. Se apiada de todos. Cree firmemente que amar al prójimo debería llevar irremediablemente al canibalismo. Pero al Chivo Cardiaco se le ablanda el corazón. No puede más consigo mismo. Se ha fumado todo. Se propuso incorporar el mundo a su torrente sanguíneo aspirándolo en delicadas bocanadas de humo. Chivo fumón, tan car­diaco. Helo ahí, haciendo del paisaje pelotitas con los dedos. Es solamente un tránsito. No se decide nunca, siempre lo encontraremos entre un Enano y otro. Pero el Chivo Cardiaco es radical: Enano solo hay uno.

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Cómo le cuesta al Enano conservarse en su pequeñez. Ahí le vemos recostado contra la pared empapelada de una soda en la que acos­tumbra cenar tacos observando a los otros desde arriba. El olor rechinado del aceite hiede. El Enano de estatura púbica media se esfuerza por mantenerse pequeño. ¿Por qué les veo la coronilla llena de caspa, las carre­ras en medio de los pelambres teñidos de rojo caoba y las calvas lustrosas? —se pre­gunta con cierta angustia—. Soy un Enano agigantado. Un Enano que observa el mundo en picada. Lo único que sé a ciencia cierta es que entre un Enano y otro siempre hay un Chivo Cardiaco. El Enano cena tacos porque los detesta. Sería mejor fumarlos, así como lo hace el Chivo Cardiaco. El aceite les daría un aroma infernal y con seguridad los detestaría aún más.

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El Enano ha comido varios tacos. Eructa. El metano que devuelve su estómago se mezcla con el olor a aceite chirriado. Se forman cris­tales alrededor del Enano y nadie los ve. Al Enano le hacen gracia. Son como escamas que revolotean en torno suyo. Se acercan dos niños intrigados al ver su rostro abotagado rodeado por cristales de tenues colores. Un niño y su perro se preguntan para qué servirá un Enano en ese estado, si será un Enano de abalorios. Uno de los pequeños golpea con su dedo varios de los cristales. Ahora cree que es un Enano embebido por los pétalos, como un calidoscopio. Un sonido metálico-sordo se mezcla con el trajín de la taquería. El perro salta y toma una bocanada de cristales. Se echa sobre sus patas delanteras y los mastica. Suena como a chatarra mordida. El perro se relame. Otro niño sopla y los cristales se difu­minan. La cara del Enano está borrosa. Solo la sonrisa se le ve con claridad. Es una especie de Enano-risón. ¡Solo eso faltaba: además de Enano, invisible! Pensaba el Enano mientras desaparecían sus últimos rasgos.

 §

Hoy el Enano es todo tubérculo. Largo tallo, venoso. Envidia del tallo, que llaman. Tubérculo musculoso. Músculo tuberculoso. Largas raíces. Tierra en las raíces. Olor a ver­dura húmeda. Enano de tubérculo largo-largo. La largura del rap. El Enano adora su mascu­linidad. Hay veces que la extraña. Piensa que todos somos seres no-erectos. Las mujeres que son pura hendidura. Los varones con sus penes flácidos, son más hendidura que otra cosa. Las mujeres enervan a los varones. Una parte de sus cuerpos se vuelve prominente, obscena. Los varones humedecen a las mu­jeres. Y ahí empieza el ritual. Enano hetero­miope. Vos que me volvés prominente, cons­pirás con tu voluptuosidad. Me hacés crecer hasta desangrar. Me dejás exsangüe. Y todos volvemos a ser hendidura. Hoy el Enano es básicamente tubérculo. Hay una manera del varón tan atuberculada que con el tiempo puede que se convierta en tuberculosis.

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El Enano hay veces que echa de menos la tu­berculosis. Nunca la ha padecido, pero la echa de menos —lo que es peor—. Es el principio del no-control. El Enano ilusamente piensa que la salud es una suerte de control-armo­nía entre el deseo y el cuerpo —ese fardo in­voluntario del que con gusto prescindiría—. ¡Pero qué ha dicho! ¿Prescindir del cuerpo? No, nunca. El Enano es solo cuerpo. Si se quiere, cuerpo es lo que le falta —dirían al­gunos—. No. De lo que con gusto prescindi­ría es de la ausencia de control y de su tem­prana revelación. Se dio cuenta desde niño —edad en la que de tanta armonía el cuerpo enferma—. Cuando caía y salía sangre por la piel desgarrada y el grano duraba días y había veces en que se volvía a romper y sangraba. Ya entonces la falta de control se hacía pre­sente. El Enano decía para sus adentros: si tan solo sanara a voluntad. Más aún, si luego del desgarre dijera: todo está bien, no hay herida, no hay dolor, no habrá grano que se vuelva a romper. Control. Lo que se pierde a lo largo de la vida es control —si es que alguna vez se ha tenido—. El cuerpo ter­mina por rendirse ante el avance implacable del descontrol. Quisiera mi piel tensa y tersa. Quisiera mi rodilla ágil y fuerte. Quisiera mi ano elástico y sin ardor. Quisiera mi tubérculo como un brazo a punto de reventar. Pero no controlo nada. Todo se vuelve inspiración, y en el mejor de los casos, casualidad.

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El Enano escudriña una hendidura oscura y llena de piel. Terso el gesto entre las cobijas de la mañana. Ranura de carne cargada de ór­ganos. Tibios los órganos. Al Enano lo invita una comisura que se ofrece húmeda. Una boca sorbe su piel por la región más transparente, allí donde los nervios están al descubierto. El violón de Man Ray hecho sutura mordiente. Ese ritual lo ha mantenido intrigado toda la vida y nunca acabará de comprenderlo. Le atenaza todo el cuerpo. Traviesa la travesía que atraviesa el cuerpo —se dice el Enano mientras escarba la comisura—. Enano caco­fónico. Hay veces que mi cuerpo me muestra cierta simpatía, pero no me confío —dice con voz susurrante, mientras jadea—. Hendija abracadabrante. Cuerpo enigmático. Cuerpo de Enano. Cuerpo entre cuerpos.

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El Enano es un texto cautivo. Las letras son su prisión. Asoma por la tipografía. Ahora le verán las pestañas (si leen entre líneas). Por allá le verán un zapato que se abre campo en medio de la zeta o la pe. Por acá sobresale una parte de su traje. Siempre aspiró a que los textos lo cautivaran y ya ven lo que le pasó. Ser prisionero de un texto presenta algunos problemas que el Enano ignora. En realidad, y puede que no lo sepa, el Enano está hecho de letras. Por eso se queja de sentirse hecho una sopa. Sopa de letras. Pero también tiene sus ventajas: la tipografía impide el sufrimiento. Así, cuando leemos de las angustias del Enano podemos estar seguros de que ningún Enano resultó realmente angustiado durante la ela­boración de este relato. El Enano es una he­morragia de letras.

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El Enano era una vez DirtyGeorge & CandyLips que aparecían con un marco dorado de foto matrimonial, de celofán las flores, fondo ce­leste cielo y orlas rosadas. DirtyGeorge & CandyLips, Enano del año, expresión de alegría de salón en los rostros. Maquillaje cargado con lentejuelas y polvo de oro. Olor a fragancias va­riadas e insistentes. DirtyGeorge & CandyLips eran un Enano de marca registrada que llegaba a las fiestas del viernes santo onomatopéyico y se presentaban como Bony & Clyde, disfra­zados de Bernardo & Eloísa, con la apariencia de Tristán & Isolda, enamorados como John & Yoko, ávidos como Gala & Dalí, con el rostro del Romeo & Juliette de Lou Reed, aparentando ser Sid & Nancy, y revelándose finalmente, para sorpresa de todos, como MarilynManson. La mafia Kitsch. Escéptico el Enano. El aliento de Lobo Estepario le tejió con ternura materna un traje de feroz soledad. Metálico el sentimiento. Alguna vez los rostros de Jano. Posteriormente el doble maldito. Siameses incompatibles. Lobos enamorados. DirtyGeorge & CandyLips, las caras pintadas, afilado el gesto, desplazándose por las calles entre la muchedumbre que co­reaba canciones de Jimmy Hendrix.

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DirtyGeorge & CandyLips jugaban, entre un Enano y otro —así como el Chivo Cardiaco— al juego que alguna vez se inventó el mismo Jano: fiestas onomatopéyicas, usted pone las sonrisas, nosotros la nostalgia. Fiestas onoma­topéyicas presenta al Enano más grande del mundo, engendro visceral de DirtyGeorge & CandyLips. Obsceno el numerito.

 

Jorge Jiménez (1955), profesor de filosofía en la Universidad de Costa Rica, músico inestable y ciclista ocasional –pero persistente–, publicó la revista Kasandra durante la década de 1990. Ha publicado varios libros y ensayos en revistas, en torno a temas como las vanguardias estéticas, las contraculturas y la ciudad. Debido a su afición esquizoide por las entidades fantásticas escribió una tesis doctoral titulada Filosofía de ciudades imaginarias. Ficción, utopía e historia. Ha incursionado esporádicamente en poesía y novela pero ha dejado los textos inéditos –debido a la destructiva crítica de los roedores y los virus informáticos–. Esta, su primera publicación literaria, ha esperado años para vencer su resistencia a la publicación, que más que la vanidad, la explican la vagancia y el escepticismo –virtudes no siempre bien ponderadas en la época de los libros de autoayuda–.

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