Nacionales

Las mentiritas del poder en Costa Rica

Por: Luis Paulino Vargas Solís
Artículo publicado en Amauta con permiso del autor
Fuente: Soñar con los pies en la tierra

Publicado el: Miércoles, 3 de abril del 2013

Bla, bla, bla..., por Carlos Barberena

Bla, bla, bla…, por Carlos Barberena

El sistema de poder en Costa Rica se basa en ciertas mentiritas, sin las cuales el ejercicio de ese poder perdería mucha de su eficacia. El embrujo de tales mentiritas se hace manifiesto en su capacidad para recubrirse con ropajes de verdad, y ganar así atractivo y aceptación. Entonces, se las invoca como verdades incuestionables. Todo el mundo cree en ellas. O por lo menos se finge que se las cree, ya que no hacerlo es, como mínimo, muestra de mal gusto, cuando no motivo de escándalo y signo de afrenta. Pero, sobre todo, son defendidas con ardor cuando se las utiliza como marca de diferenciación, es decir, cuando se las invoca como atributos característicos de nuestro país y sociedad, que designan su excepcionalidad y marcan distancias respecto de otros países.

Son numerosas las mentiritas. Por ejemplo: la libertad de prensa; la libertad de expresión; la pureza de la democracia; los derechos laborales; la eficiencia de la empresa privada. Estas son algunas. De seguro hay muchas más.

La libertad de prensa no existe. Lo que existe es la libertad empresarial para manejar la prensa, que es cosa bien diferente. Así, la prensa selecciona a discreción qué publica y cómo lo publica, y ello de acuerdo con ciertos objetivos. En lo inmediato, deben satisfacerse objetivos de rentabilidad: los medios son empresas y no pretende hacer caridad sino obtener ganancias. Entoces, la información que publica debe vender. De ahí que personajes como Mauricio Montero, Gorgojo o Pilo tenga tan buen cartel en los medios. Son gente que vende bien, cosa que no ocurre con académicos universitarios medio incomodones o escritores de verbo atrevido e innovador. Pero también hay objetivos más amplios y estratégicos: aquellos que atienden a los grandes intereses económicos, políticos y religiosos que rigen a la sociedad costarricense. Ello determinó que, por ejemplo, esos medios se sesgaran de forma descarada a favor de la aprobación del TLC con Estados Unidos. Un ejemplo más actual de ello lo encontramos en la fanfarria con que esos medios recibieron el informe de los “notables”, con completa exclusión de cualquier punto de vista crítico o alternativo. Los medios –actores al fin del poder- usualmente se acomodan a los intereses estratégicos de ese poder.

Dicho lo anterior, creo que queda claro que la libertad de expresión existe tan solo como una libertad administrada y dosificada a partir de la libertad empresarial para manejar la prensa. Eso es así, puesto que a su vez esta última administra y dosifica la información según los objetivos que la mueven. Entonces, hay puntos de vista que se expresan ampliamente; otros de forma solo parcial; y otros del todo no aparecen. Y, correspondientemente, hay gente (organizaciones, sectores sociales, etc.) que tiene amplio espacio y cobertura; otros que tienen un poco; otros que no tienen ninguno.

La pureza de la democracia es posiblemente la mentirita más maltratada, a la que más difícil se le hace vestirse de verdad y fingirse como tal. Y por mucho que políticos y políticas, partidos, iglesias, prensa y hasta plutócratas repitan incansables sus loas a la democracia costarricense, la gente de a pie no se ahorra un rictus de escepticismo, que, más y más, se vuelve amargo y torvo. Pero hay una variante de la mentirita que conserva intacto su poderoso embrujo: se manifiesta cuando se hacen comparaciones con otros países. Hable usted de Venezuela o Nicaragua y lo comprobará. Las élites del poder lo saben y lo explotan: las violentas peroratas contra los regímenes políticos en esos países, permiten mantener viva la por demás desfalleciente mentirita de la pureza de la democracia en Costa Rica. Pero aún así, no hay cómo limpiar la mancha que imprime el show mediático y despilfarrador a que han sido reducidos los torneos electorales, y, sobre todo, la desconfianza que emana de las promesas mil veces incumplidas y de los juegos corruptos mil veces repetidos.

La mentirita de los derechos laborales conserva vigencia no obstante que contradice la realidad cotidiana de miles y miles de trabajadores y trabajadoras ¿Será –se me ocurre- como el efecto de una especie de “síndrome de Estocolmo”? Recordemos que ese concepto designa la situación sicológica de una persona que, habiendo sido secuestrada, y encontrándose en una situación de extrema indefensión, termina por identificarse emocionalmente con el secuestrador. Quizá algo similar ocurre con las clases trabajadoras de Costa Rica: puesto que su estabilidad laboral y económica depende de las empresas que les emplean, y se encuentran en situación de desorganización y completa vulnerabilidad, terminan por aceptar como buenas las situaciones laborales en que se desenvuelven, incluyendo los frecuentes atropellos a los derechos laborales legalmente estatuidos.

La mentirita de la eficiencia de la empresa privada está muy vinculada con la anterior. De hecho, lo que en Costa Rica se designa como “eficiencia” a menudo es simple y desnuda explotación. La “eficiencia” lograda a punta del sudor y el agotamiento de las personas asalariadas, es cosa fácil pero espuria. Hace innecesaria la investigación para el desarrollo tecnológico, la innovación administrativa y gerencial, la capacitación y calificación del personal, el desarrollo de nuevas opciones productivas, las ofertas imaginativas. El estrés laboral sustituye todo eso. No generalizo ni digo que sea el caso de todas las empresas privadas, pero si de muchas más de lo que sería deseable. Y, por otra parte, este es un buen instrumento de propaganda ideológica: cuando se vende como eficiencia lo que es explotación inmisericorde, resulta fácil atacar por ineficiente al sector público, cuando éste no aplica criterios de explotación comparables.

Estas son algunas de las mentiritas-mágicamente-devenidas-verdades, en que ese sistema de poder se sostiene y desde las cuales se justifica y legitima. Seguramente hay otras, incluso de estatuto más complejo, como podrían ser la mentirita sobre la familia y la mentirita sobre los derechos humanos. Por ahora, concluyo aquí mi recuento de mentiritas, bien enterado de que, en todo caso, tales mentiritas seguirán siendo consideradas verdades.

Comentarios

comments