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El caribe y sus gentes: los grandes amores del Gabo universal que se fue

Por: Rogelio Cedeño Castro

Publicado el: Martes, 22 de abril del 2014

Al semejanza de lo acontecido con el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, nativo de la vieja ciudad de Cumaná en el Oriente de Venezuela y autor del poema píntame angelitos negros, Gabriel García Márquez se encontró con la muerte en México, sólo que Gabriel también de cierta manera un exilado, no lo era en el sentido de Andrés Eloy, un militante político perseguido por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, que murió en un accidente de tránsito en la carretera hacia Cuernavaca, en el año de 1955, en tanto que Gabo o Gabriel acaba de morir en su casa de la ciudad de México, dentro de un México que también era suyo o lo había adoptado a fuerza de convivir con su enriquecedora presencia, en muchos ámbitos de la vida cultural.

Su partida después un largo silencio, lleno de rumores acerca de su salud, durante al menos una década después haber publicado la “Memoria de mis putas tristes”, en el año 2004, no fue por ese motivo menos sorpresiva, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que había regresado a su casa para recuperarse de sus dolencias, hace apenas un par de semanas. Su súbita partida ha dado lugar a múltiples evocaciones sobre su presencia y su obra en toda el área continental e incluso en naciones como China, un inmenso país donde su obra era objeto de un gran reconocimiento.

A nosotros nos sucede que ahora que Gabo se ha marchado, hace apenas unos días, sin entregarnos la segunda parte de sus memorias, a las que tituló con gran pasión y con el  acierto que fluía desde su siempre iluminada perspicacia y  aguda conciencia sobre todo aquello que conforma lo esencial de la vida, dentro de una vitalidad plasmada en la imperiosa necesidad de poder “Vivir para contarla”(Grupo Editorial Norma, segunda edición Bogotá DC octubre 2002) y cuando nos enfrentamos al hecho  irrefutable de su partida definitiva, cuya ineludible constatación se nos convierte en algo que nos contagia de un hondo pesar, pero también de la ansiosa y siempre obsesiva necesidad de encontrar, algo así como la mejor manera de reiterarle una nunca suficientemente exteriorizada admiración que le profesamos algunos de nosotros, los de una generación que sigue a la suya, la de nuestros padres nacidos en los ahora lejanos mil novecientos veintes, la que terminó por partir en una sinuosa y a veces silenciosa estampida, con el deceso casi simultáneo del novelista Álvaro Mutis, del músico y compositor Rafael Escalona así como los de los escritores Carlos Fuentes y Carlos Monsivais, además del de Gabriel García Márquez, cuyo desaparición física no siempre esperada nos saca del marasmo obligándonos a hablar en voz alta de estos eventos, como también de la partida casi simultánea de otros no tan famosos pero de honda cercanía y entrañable afecto para todos nosotros, una legión de gentes que han partido en estos años y  cuyos nombres no terminan por acudir del todo a nuestra  efímera, selectiva y casi siempre volátil memoria. Todo este cúmulo de sentimientos e ideas revolviéndose en nuestra cabeza, sobre todo al evocar la larga y rica trayectoria como el ser humano extraordinario que fue este Gabo que ahora nos deja, casi en silencio, no sin dejar de provocar una honda sacudida telúrica, tanto en su Colombia natal – no importa si cachaca, paisa o caribeña- como en el México metropolitano y cosmopolita que terminó por hacerlo suyo, con el paso del tiempo y por toda el área continental latinoamericana y caribeña que hoy lo evoca conmovida y agradecida: los presidentes de México y Colombia en funciones, Enrique Peña Nieto y Juan Manuel Santos le harán guardia de honor y hablarán en el homenaje que se le hará el lunes 21 de abril, en el palacio de bellas artes de la Ciudad de México, no podía ser de otra manera en el caso de este Gabo latinoamericano, con resonancias universales, capaz de sacudir la inmensa modorra cultural que suele apoderarse de nuestro medio, en múltiples ocasiones.

Su inmenso amor por las tierras y las gentes de su Caribe  natal fue algo que se expresó siempre, a la manera melodiosa y sensible de los vallenatos de Rafael Escalona(Adiós morenita, te vas a quedar muy sola… porque  anoche dijo el radio que abrieron el liceo…como es estudiante ya se va Escalona, pero de recuerdo te deja un paseo, que te habla de aquel inmenso amor… que llevo dentro del corazón…) y otros cantores de aquella tierra tan árida de la Guajira (con sus pueblos de Fonseca y de Maicao) o de la caribeña Santa Marta, tan próximas y siempre en un fuerte contraste con el  Nevado de Santa Marta, que se alza en pleno trópico y frente al imponente Mar Caribe, en la siempre dramática confrontación entre naturaleza, paisaje y ser humano, donde este último termina por ser derrotado, en medio de la ruda lucha entre el sol inclemente, el pantano, el agitado mar, la lluvia y los bananales surgidos a la orilla de un viejo ferrocarril, construido para uso de la United Fruit Company. Ese Gabo, escribidor de múltiples páginas para El Espectador de Bogotá y El Heraldo de Barranquilla que ahora nos deja para siempre, aunque pensamos que nunca lo hará en realidad, para permanecer anclado dentro de los interminables confines de esta tierra del olvido, de la memoria y la desmemoria fantástica y fantasmal de los tiempos lejanos, seguirá siendo además el extraordinario narrador y recreador de mitos, evocando siempre a Chema Gómez y a Francisco el Hombre(los acordeones de más renombre), a lo largo del nuevo siglo en que nos hemos venido internando, muchas veces a tientas y casi siempre de  una manera sigilosa, algo que no logra evitar que no podamos hacer otra cosa que lamentarnos, de una manera un tanto egoísta e indisimulada, de no poder continuar con aquella lectura frenética en la que el autor logró sumergirnos hace unos diez años, cuando apareció la entonces primera parte del texto de “Vivir para Contarla”, dentro de aquella apasionada  y absorbente complicidad que se entabla entre el lector y el autor, pero que se quedó anclada en nuestra memoria cuando Gabo o Gabriel debió partir hacia la capital francesa, en 1957, en calidad de corresponsal del diario bogotano El Espectador, donde por cierto había publicado sus primeros cuentos en una fecha tan temprana como el año de 1947, el que fue cerrado algunos meses después de su partida por el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla(1953-1957), quien con su experimento populista intentó frenar sin éxito aquella violencia homicida que habían desatado los regímenes conservadores de Mariano Ospina y Laureano Gómez(1946-1953), sobre todo este último que buscaba instaurar una dictadura fascista a la manera sanguinaria y brutal del fascismo católico del dictador español Francisco Franco, asesinando para ello a miles de liberales gaitanistas, a quienes los godos o conservadores calificaban como el chusmero liberal, quienes se vieron obligados a irse a pelear al monte, después del asesinato de su líder en las calles del centro histórico de Bogotá, en aquel infausto 9 de abril de 1948, un hecho del que con tanta pasión, nostalgia e interrogantes sobre los ejecutores de esa magnicidio nos habla Gabo en las páginas de “Vivir para contarla”,  como resultado de sus vivencias de cuando era un estudiante de derecho que recorría las calles de la fría urbe cachaca o rola(esa Bogotá tierra de los rolos, sus hijos nativos), después de haber dejado sus cálidas tierras del caribe para ir a terminar su secundaria en un colegio de la fría Zipaquirá y no en alguno de los  de la cálida Santa Marta donde (esa cosa que le llaman tren se mete a Santa Marta… después de pasar por toda la zona) como en el vallenato de Rafael Escalona, poco antes de vivir su primer intermezzo bogotano, un hecho que marcó profundamente toda su vida ulterior al igual que las innumerables y valiosas lecturas que realizó durante esos años anteriores al bogotazo, cuya violencia desatada marcó su regreso a las cálidas tierras del caribe colombiano.

Es en ese texto que leímos con pasión y con un inagotable interés que Gabo nos cuenta cómo y de qué manera experimentó la gran influencia que tuvo sobre su producción literaria, la obra del escritor estadounidense William Faulkner, también Premio Nobel de Literatura, con la que tuvo contacto a través de las ediciones bonaerenses de la Editorial Losada y otras, como  un resultado de sus lecturas del universo faulkneriano, a través de novelas como Mientras Agonizo, Sartoris y Luz de agosto que giran alrededor del mítico condado de Yonakpatawpha, en el estado de Misisipi, cuyas descripciones, paisajes y poblados provisionales le parecieron tan similares a los campamentos de la zona bananera del Caribe Colombiano con sus pueblos de Ciénaga, Fundación y su Aracataca natal que será evocada, de muchas maneras, en Cien Años de Soledad y El coronel no tiene quien le escriba, obra que aseguró haber escrito en París mientras esperaba un cheque que pareció no terminar de llegar nunca. Adiós Gabo, te despedimos a ritmo de vallenato con aquella casa en el aire (el que no vuela no sube, a la inmensidad de la nube) del siempre inspirado Rafael Escalona, quien emprendió su viaje final hace unos pocos años.

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