Colaboraciones

Un fin de semana de espanto

Publicado el: Martes, 17 de junio del 2014

Por: Alfonso J. Palacios Echeverría.
Fotografia principal tomada de ticovision.com

Un fin de semana que nos ha dejado a todos asombrados. Una buena noticia: la selección nacional de fútbol ganó su primer partido frente a una que había sido dos veces campeón mundial. ¡No es poca cosa! Y todos los que viven drogados por la fiebre de este deporte han caído en trance. Lo que me recordó la escultura de Bernini de Santa Teresa en éxtasis. Una mala noticia, aunque la recibimos con la resignación propia de quienes aceptamos que la vida es corta, y que en cualquier momento somos llamados a formar parte del infinito: murió Don Beto Cañas a los 94 años de edad, por una complicación respiratoria luego de una intervención quirúrgica. Una figura emblemática, profunda, inigualable, a quienes los costarricenses deberán o deberían recordar en el futuro. ¡El hombre que decía las cosas claras, gustasen o no!

Esto último, la muerte de Don Beto, me llevó a la consideración de lo poco que vivimos la verdad en nuestras vidas. La verdad debería ser uno de los principales valores positivos de nuestra sociedad. Un valor positivo es algo que hemos convenido en considerar que está bien o es bueno. Hablamos de verdad en términos de honestidad, sinceridad y buena fe. Es decir, decir la verdad, hablar con la verdad o actuar en base a la verdad.

La ausencia de la verdad, en este sentido, genera básicamente la falta de confianza entre las personas.  El ser humano es un ente social que necesita de la relación con los otros y en esa relación es imprescindible creer en lo que el otro me dice o hace para sentirme seguro, confiado y hasta querido.

La manera básica en que se expresa la ausencia de verdad es la mentira, la cual es considerada entonces como un valor negativo. Pero también el secreto es una forma de omitir la verdad. Cuando se sospecha de mentira o secreto en el ambiente familiar, por ejemplo, suele surgir la tensión o el malestar que genera la desconfianza en los seres que más amamos y deberían ser nuestra principal fuente de tranquilidad. Cuando este malestar se enfrenta y surge “la verdad”, aunque a veces puede ser dolorosa (como dice la frase popular) deviene un bienestar, un alivio, una tranquilidad.

En nuestra vida política la verdad se perdió hace ya mucho tiempo, y Don Beto se encargaba de recordárnosla con su característica forma de expresarse.

Ahora bien, ¿por qué mentimos las personas? Las causas pueden ser múltiples, pero en el fondo se encuentra el temor a ser castigado, rechazado o excluido por decir la verdad.  La verdad entonces tiene muchas veces un “precio” emocional alto. Comencemos por pensar qué tan sinceros somos con nosotros mismos y con los demás. Qué difícil se nos hace a veces reconocer algunas de nuestras verdades. ¿Seremos capaces de vivir sin algunas “mentiras” que nos sirven como defensa para sobrevivir emocionalmente? ¿Es posible vivir en la absoluta verdad?, al juzgar una mentira no podemos dejar de lado la etapa de desarrollo mental y moral de la persona.

Lamentablemente vivimos en una sociedad de doble moral, que muchas veces premia la mentira y demás valores negativos.  Es complejo fomentar la verdad en este contexto.  Sólo podemos hacerlo siendo ejemplo y mediante el diálogo abierto y sincero. También debemos estar dispuestos a escuchar y a tratar de comprender los retos morales a los que se enfrenta la nueva generación, marcados por la globalización y los avances tecnológicos. Y su principal característica: la relatividad.

Mario E. Fumero, en un artículo de su autoría dice: en un mundo dominado por la mentira y el engaño, el decir la verdad tiene un precio, y muchas veces es bastante alto. Por decir la verdad Jesucristo fue crucificado ya que los líderes judíos no querían escuchar sus reproches. Es imposible en el mundo que vivimos  poder decir la verdad sin que suframos las consecuencias negativas del medio.

Es por esta razón que la gran mayoría de las personas honestas prefieren callar antes de decir algo que tiende a crearles problemas. Estos problemas causados por decir la verdad nos puede llevar al ostracismo social, o el desprecio de aquellos que viven en base del engaño, o el rechazo de los que no aceptan ser confrontados con la verdad, y en algunas ocasiones nos pude conducir hasta la muerte.

Dice Bertolt Brecht: “Para mucha gente es evidente que el escritor (y parafraseamos, los que escriben artículos de opinión) deba escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos (político, económicos, religiosos, aclaro) y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir (en el “pecado de la honestidad en los periodistas, por ejemplo), es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita valor.” Así, con la simpleza de quien sabe lo que dice, Brecht avanza en el sentido de desvelar el conflicto que todo escritor tiene -máxime cuando su verbo pretende estar a la par de lo contingente- de los problemas reales que viven en el hombre y la mujer de a pie, en el tuteo cotidiano con las cuestiones vitales de la vida.

Así es la vida, una mezcla de alegrías y de tristezas. Pero estoy seguro que para este pueblo masificado por la antiquísima costumbre romana de “da populus panem et circensem”, la alegría del gane futbolero pesará más que la pena de la pérdida de un gran hombre.

Lo único que no nos miente nunca es el espejo: en ese cristal azogado siempre encontraremos la verdad que muchas veces no encontramos incluso en los mejores amigos. Porque decir la verdad puede traernos consecuencias nada gratas. La verdad es un arma de doble filo: puede ayudar, puede perjudicar. Pero cuando alguien se acerque a decirnos “te estoy diciendo la verdad”, lo mejor es desconfiar, porque quien realmente dice la verdad no tiene por qué asegurar que está diciéndola. Es como si yo que soy un hombre dijera a mis amigos “soy un hombre”, cuando a simple vista se ve que no soy un ciervo. Por eso, sin pecar de desconfiados, hay que poner como escudo protector ante lo que nos dicen aquellas palabras históricas del gran Marx (¿Carlos o Groucho?): “lo único cierto es la duda”…

No hay que exagerar, por supuesto. Pero si meditamos sobre las consecuencias de decir siempre la verdad podemos encontrarnos ante situaciones muy desagradables. ¿Ha oído a alguien llamar a alguna amiga, compañera, vecina, o a otra persona con la que se relaciona con frecuencia algo así como “oye, feúcha, te quedó bien el peinado”? Claro que no. A cualquier persona se le dice “guapa”, aunque esa persona sea un adefesio. ¿Mentira piadosa? ¿Regla de buena educación? ¿Comportamiento social adecuado? Bien, pero eso no quita que en ese llamado no estemos diciendo la verdad. Y ejemplos como éste hay por toneladas. Tampoco se le dice a alguien que sabemos que miente que está mintiendo, en su cara, aunque después, con otra persona lo proclamemos con enfado. Pudiera citar numerosos ejemplos del diario mentir, pues el ser humano miente casi por costumbre, aunque en la mayoría de las veces sin mala intención, sin deseos de hacer daño, como sí sucede en algunas ocasiones.

Decía Ernest Hemingway que para triunfar con las mujeres había que mentirles, engañarlas, porque a todo el mundo (aunque él sólo se refería a las mujeres) le gusta que le digan cosas agradables y bonitas, eso siempre se agradece y quien las dice siempre cae bien, es aceptado y siembra simpatía en quien recibe la alabanza. Sucede lo mismo con los hombres en general: nadie aceptaría de buena gana que le dijéramos algo que tan evidente resulta, como “oye, Juan, eres un engreído, presumes de lo que no eres, caes mal, viejo, y por favor, lávate con más frecuencia”. Y no me digan que eso sería una grosería, que lo es, pero la sinceridad muchas veces se conjuga como grosería. Porque la verdad casi siempre resulta grosera.

¿Qué hacer entonces? Pues tenemos dos opciones: ser sinceros y correr el riesgo de caer mal a las personas que tratamos, o ser… digamos diplomáticos, y engañar a esas personas a la vez que nos engañamos nosotros mismos, pues si no somos sinceros quizás ganaremos simpatía en los demás, pero también podremos pecar de hipócritas, pues no todas las personas prefieren que las engañemos con alabanzas que suenan tan falsas que provocan risa… o quizás rabia.

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