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Primera pareja del mismo sexo reconocida en Costa Rica: el júbilo y el dolor

Publicado el: Viernes, 12 de junio del 2015

Por: Luis Paulino Vargas Solís
Artículo publicado en Amauta con permiso del autor
Fuente: Soñar con los pies en la tierra

Cuando dos años atrás el entonces diputado José María Villalta logró introducir en la ley de la persona joven una norma que prohibía la discriminación por orientación sexual en relación con el reconocimiento de las uniones de hecho, mi primera impresión fue de escepticismo. La redacción de la norma abría el asunto a la interpretación de los jueces y, por lo tanto, lo subordinaba al poder de la cultura patriarcal y diversifóbica que prevalece en la institucionalidad pública, lo que hacía improbable llegar a resultados concretos significativos.

gay2Me equivoqué, y celebro que así haya sido. Pero no me equivoqué del todo. De hecho, han sido rechazadas varias solicitudes previas de reconocimiento de parejas del mismo sexo. Y aunque es un hito de enorme significación el que ahora tengamos una pareja que sí recibió ese beneficio, aún es un proceso pendiente de consolidación. Esto todavía no sienta jurisprudencia e inevitablemente ha de esperarse por nuevas resoluciones. Aún no podemos descartar que otros jueces pudieran dictaminar negativamente.

Motivo de júbilo

Creo que aquí hay dos hechos que merecen ser festejados. El primero en relación con su innegable trascendencia: por primera vez en la historia de Costa Rica, una pareja del mismo sexo recibe reconocimiento legal y, por lo tanto, la protección y apoyo que la institucionalidad costarricense debería conceder a todos sus ciudadanos y ciudadanas sin distingo alguno. Esto supone una resquebrajadura importante en la estructura de poder del patriarcado, un reconocimiento de la legitimidad moral de diversas formas de familia y, en fin, un gesto de respeto frente a las múltiples posibilidades de la sexualidad y la afectividad humanas. Imposible exagerar la importancia de todo esto y la amplitud de sus potenciales implicaciones. La sociedad se vuelve un poquito más justa, nuestra convivencia un poquito más respetuosa y la democracia algo más real.

Pero además hay que celebrar el hecho de dos seres humanos han salido del terreno de la exclusión hacia uno de inclusividad. Aunque solo en cuanto que como pareja y familia –que lo han sido por más de 10 años- reciben ahora un reconocimiento jurídico e institucional del que carecían. Claro está, ello no impide que otras formas de violencia y discriminación puedan seguir perjudicándoles.

primer pareja del mismo sexo reconocidaResumo: cada ser humano que accede a un derecho que le era negado, es razón suficiente para celebrar.

Sin embargo, hay quienes descalifican este tipo de logros como una concesión a instituciones tradicionales opresivas y conservadoras –en particular el matrimonio – aduciendo, adicionalmente, que esto comporta una adecuarse a determinada normatividad dominante (la del patriarcado; la de la heteronormatividad; la del orden burgués). Dos errores creo encontrar aquí: primero, porque estas posiciones incurren justo en lo que critican, ya que su planteamiento formula un nueva normatividad a la que se exige adecuarse y someterse, la cual, no por nueva, resulta menos imperativa y, por lo tanto, opresiva. Y, segundo, porque se insiste en ignorar que la realidad no puede transformarse sino desde sí misma; o sea, que no puede hacerse tabula rasa del pasado para entonces fundar un mundo totalmente nuevo e inédito. Intentarlo exigiría suprimir todo lo existente, incluidos los propios seres humanos, puesto que en nuestra psiquis llevamos una historia escrita a lo largo de generaciones. Aparte inviable y absurda, es una idea sumamente peligrosa. De Stalin a Hitler y Pinochet, la historia nos da ejemplos extremos de lo que ello puede significar.

Los pendientes de la exclusión

Con todo y lo meritorio que hay en esto –y espero haber dejado en claro la elevada valoración que le doy- hay sin embargo muchos otros aspectos por resolver. Y no me refiero a asuntos que trascienden esta ley –por ejemplo, la extrema violencia contra las personas trans; la devastación que el sida sigue ocasionando entre la población gay; el hecho mismo de que esta ley es un asunto aún pendiente de consolidación- sino en relación propiamente con los alcances de esta normativa, y las implicaciones que ello tiene.

Recordemos: la norma aprobada forma parte de la ley de la persona joven. Por lo tanto aplica solamente a personas jóvenes menores de 35 años. Lo cual le da a esto un carácter paradójico: incluye y excluye en un mismo movimiento. Incluye (al menos potencialmente) a las parejas del mismo sexo donde al menos uno de los miembros cumple con la definición legal de “joven”. Excluye a todas las demás parejas del mismo sexo. Así, mi pareja y yo (46 y 57 años respectivamente) de pronto descubrimos que, tras 15 años  de convivencia, nos despertamos víctimas de una nueva e insospechada forma de exclusión.

gay1Potencialmente esto genera una brecha al interior del colectivo sexualmente diverso: los mayores tendríamos que seguir luchando por un derecho que a los más jóvenes se les habría garantizado (supuesto que se llegue a consolidar, tal cual deseamos que suceda).

Aparte el desbalance jurídico y la obvia asimetría de derechos que esto plantea, hay aquí una faceta, a la vez humana y generacional, la cual probablemente resulte de difícil comprensión (y no es su culpa) para las personas más jóvenes.

Lo ilustraré sintéticamente haciendo referencia mi caso personal. Quizá algún día quiera contar la historia en detalle, siendo que por ahora solo mencionaré lo que sigue. Crecí en Zarcero, un bello pueblito rural. Mi niñez transcurrió en los años sesenta y la adolescencia hasta la entrada a la joven adultez en los setenta. Aquella etapa inicial de mi vida transcurrió en un ambiente conservador, donde la homosexualidad era denigrada, estigmatizada y reprimida de forma implacable. Al entrar a la universidad y luego al iniciar mi vida profesional, pude descubrir las relativas ventajas que daba al anonimato del ambiente urbano. Pero aún entonces –decenio de los ochentas- el grado de represión era extremo y la invisibilidad –en lo profundo del ropero- seguía siendo norma obligatoria de sobrevivencia. Con la llegada del sida –mediados de los ochentas- el nivel de violencia homofóbica creció exponencialmente, cuando, por otra parte, esa enfermedad causaba terror y devastación en el colectivo homosexual masculino. Con las primeras organizaciones que buscaban dar acompañamiento y apoyo a los enfermos, comenzaba a surgir un primer germen de conciencia colectiva. La lucha por los antirretrovirales en los noventas sumó al proceso de politización, que fue adquiriendo contornos más claros hacia finales de ese decenio y con el inicio del nuevo siglo. Diversos hitos en el primer lustro de esta centuria hicieron eclosionar el debate. En el último decenio el proceso se aceleró espectacularmente: gais y lesbianas finalmente hemos salido del ropero y hemos dado la cara.

Hay un abanico generacional –entre los 45 y los 80 años aproximadamente- que dio un aporte fundamental a todo esto. Algunos han muerto –con muertes a menudo propiciadas por la homofobia social- y otros muchos seguimos aquí. Resistimos cuando los niveles de represión y violencia alcanzaban cotas que las más jóvenes generaciones ni siquiera imaginan. Vencimos nuestros propios fantasmas y desde la oscuridad subterránea adonde se nos condenaba a estar, salimos para gritar: aquí estamos y venimos a reclamar la dosis de dignidad que nos ha sido negada.

Es música para mi alma ver que una joven pareja gay recibe reconocimiento jurídico. Y con el mismo júbilo celebraré cada nueva pareja gay o lésbica que, ojalá en el futuro inmediato, reciba el mismo beneficio.

Y, sin embargo, duele profundamente constatar que quienes más hemos esperado, deberemos seguir esperando. Si hasta insultante resulta la frase: “a mediano plazo también ustedes tendrán ese derecho”. Decir eso, olvida un detalle esencial: cada día en que un derecho es negado, es un día de indignidad. No creo que ningún ser humano se lo merezca. Y, al cabo, no lo digo tanto por mí, sino por amigos que frisan los 80. Quizá yo pueda “seguir esperando” no obstante lo injusto que ello resulta. Pero, por favor, que nadie cometa el atropello de decirle éso a alguien que ya ha llegado a sus 80 años.

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